Últimos días del invierno, es tiempo de trabajo en las viñas, unos rematando la poda, otros recogiendo vides y amontonándolas fuera de la viña, los menos, trenzándolas y colocándolas en mederas para luego en invierno atizar el fogón o preparar un buen asado en verano, otros dándole las primeras labores de arada, abonado o alumbre.
Pero en los tiempos modernos, sobre todo desde la llegada del butano, el valor de las vides se ha devaluado como materia energética y han traído un nuevo trabajo a realizar en la viña, que requiere permiso oficial y mucho cuidado: el quemado de las vides, para evitar que estorben y sean refugio de conejos, topillos o alimañas.
He de reconocer que esta labor tiene, al menos para mí, un algo especial, primero por ese no se qué misterioso, que en el hombre causa el fuego, y además porque (y esto lo explicaría mucho mejor mi buen amigo Carlos "El Filipino") parece que se rinde culto al vino, a su dios, Baco, y reduce a cenizas todo el trabajo, sacrificios y esperanzas que esas vides supusieron en la cosecha anterior.
Primero el humo, luego las llamas, se alzan al cielo y desaparecen en busca de Baco, aquí nos han dejado unos buenos caldos, que han de durarnos hasta la próxima quema, alegrando nuestras vidas y nuestras mesas.
Aquí os dejo unas secuencias de mi quema de este año:
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P.D.: Si al final alguno piensa también en un buen chuletón de ternera sayaguesa y una botellita de vino de la viña, coincide conmigo.
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