Cuando era pequeño me gustaba correr tanto como ahora. En el pueblo
tuve mis primeros circuitos, que eran una mezcla de calles sin asfaltar,
calles asfaltadas, caminos y senderos. Mis amigos, sobre todo David,
fueron compañeros de carreras, de caídas y, como no, de huidas. Mi bici
representaba la mejor de las diversiones, mi cómplice y mi juguete más
querido. Corría siempre todo lo que podía: cuesta arriba, cuesta abajo, en
el pueblo o por los caminos. Las antiguas bicis de hierro pesaban un
montón, no tenían cambio de marchas y nosotros íbamos con apenas un
pantalón corto y unas zapatillas de deporte. Cualquier caída daba lugar a
una tremenda abrasión en brazos y/o piernas, normalmente producidas
lejos de casa, en algún camino seco y polvoriento. Nunca llevábamos
agua, ni comida, ni nada (salvo cuando hacíamos una excursión a
merendar en algún pinar) así es que la herida o heridas permanecían
sucias y sangrantes hasta que bastante rato después aparecíamos por
casa. Para mi lo importante era siempre el rato de montar en bici.
Muchas veces íbamos a algún sitio concreto a ver algo, como a la gente
del pueblo trillar, a algún amigo cambiar el riego en La Vega o al frontón.
Yo procuraba disfrutar al máximo del trayecto. Por ejemplo, cuando
volvía del frontón hacia mi casa tenía grabada la cuesta de bajada hacia
el centro del pueblo, era una de mis zonas favoritas.
Todo empezaba empujando la bici. Con diez o doce años me resultaba
imposible subir por el camino que salía del frontón montado en ella, así
es que la empujaba pensando en la bajada que venía después. Hacerla
como algunos la hacíamos, dando todos los pedales posibles y sin tocar
el freno abajo en la curva era una temeridad. Yo en cuanto podía me
subía a la bici y comenzaba la carrerilla. En seguida notaba el viento y la
velocidad. Sentía la mezcla letal que formaban la arenilla con el hormigón
de la calle. En aquella época había incluso isletas de tierra incrustadas en
el suelo, sobre el cemento y resbalaba muchísimo. Pero a mi me daba
igual. Yo aceleraba hasta que no podía más, y a la altura de la casa de
Vicente Macamé (es así cómo el pronunciaba ¡Vaca ven! y por eso el
sobrenombre) ya iba a tope. A esa calle-tobogán llegaba por la derecha
una bocacalle que llevaba a la casa de Óscar y, más abajo, justo antes del
primer puente, otra, más concurrida y más susceptible de traer algún
carro, tractor o viandante. Pero a mi eso no me importaba tampoco. Nada
podía hacerme tocar el freno y perder velocidad. Mi velocímetro mental
marcaba la velocidad máxima y ahí quería permanecer el máximo tiempo
posible. El primer puente me regalaba un pequeño salto. Pero eso no era
nada comparado con el regalo que venía en el segundo: había que girar a
la izquierda tomando la travesía que cruzaba el pueblo. Para lograrlo sin
tocar el freno había que trazar la curva con mucha finura aprovechando
toda la calle de un lado y de otro hasta casi tocar la fachada de la casa
de los abuelos de Javi y Carlos. Muchas veces tenía que frenar porque no
lograba dar con la trayectoria buena o porque alguien estorbaba, pero
también en otras ocasiones lograba trazar bien, sin gente, sin coches,
con sólo algunos espectadores en los chopos, y entonces sentía esa
mezcla resbaladiza de tierra con el cemento, ese desnivel del puente
sobre el Talanda, esa pared que se acercaba por mi derecha, esa bici
pesada que no quería girar y esa acera mínima que me ayudaba in
extremis sirviendo de pequeño peralte. No eran pocas las veces que me
ganaba algún juramento de algún adulto o conductor de tractor, pero yo
no hacía caso, procuraba volver a pedalear para aprovechar a tope la
inercia y así llegar más lejos sin esfuerzo camino de mi casa.
También recuerdo un día que nos adentramos en La Vega sin saber
adonde íbamos. David y yo pedaleamos por esos caminos llenos de
charcos que atravesaban unos campos que nada tenían que ver con el
resto del paisaje del pueblo. Estaban verdes y olían mucho a humedad. A
veces, cuando íbamos por allí, muertos de sed, teníamos una sensación
de tortura, todo lleno de agua y nosotros sin poder beber. Los
aspersores lanzaban el agua con una fuerza terrible y las tuberías,
aunque no eran herméticas, no dejaban espacio entre ellas y el suelo y
coger agua era imposible. Aquel día, cuando ya estábamos hartos de dar
pedales, sin buscarla, apareció una cuesta abajo alucinante. Ni siquiera el
pesar de tener que subirla después para volver evitó que nos lanzáramos
por ella a toda leche. Entonces los caminos eran caminos de verdad, no
como las pistas forestales de ahora. Tenían sus baches y hierbas y eran
estrechos y con curvas. Éste, aunque guardaba la anchura habitual,
bajaba recto con un desnivel de montaña rusa hacia un pequeño valle. Me
adelanté en la bajada porque bajar a la par era imposible por el peligro.
Agoté la posibilidad de dar pedales y me centré en llevar la bici por la
zona menos bacheada. La bajada era más impresionante de lo que
parecía. ¡Que velocidad! Me lloraban los ojos del viento. Poco a poco fue
perdiendo inclinación el descenso cuando sin saber cómo me veo volando
por los aires apenas agarrado al manillar de la bici. El hostión era
inminente, ya me veía medio muerto entre la remolacha y los charcos.
Sin embargo, increíblemente, caigo de nuevo sobre la bici justo encima
de los pedales en una postura inverosímil e imposible, los pies
arrastrando, las manos fuertes en el manillar, la bici directa hacia la
remolacha. Por suerte, la velocidad también decae y al alcanzar el campo
ya casi voy parado, de modo que no hay hostión. Paro y recapitulo, a la
vez que David me alcanza, flipando. Resulta que el campo de la izquierda
era del mismo dueño que el de la derecha y usaba el mismo pozo para el
riego. Así, una tubería gorda y dura atravesaba el camino, puesta allí por
un melón negligente. A mi me fue invisible, no a David, que pudo frenar.
Al pasar sobre ella la bici voló conmigo encima y volvió a aterrizar sin
caer. Un daño horrible en las manos, los brazos y el pecho me dejó k.o. y
aún hoy me duelen mis partes pudendas al recordarlo
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