HOMENAJE A LOS REPUBLICANOS DE EL MADERAL
 
       Formaron parte del aire puro que le faltó a España durante siglos. Fueron, con muchas ganas y poco pan, un mundo valiente que se agarró a los sueños de cambiar el ámbito viciado por siglos de inmovilismo, porque recordad que entonces,,, España tenía telarañas hasta en la sopa. Se acercaron a la Justicia desde su elección de hombres de espíritu libre, acercáronse a la dignidad de que un hombre es como otro hombre en el tránsito de la vida, intentaron despegarse del sarro reaccionario que anquilosaba el pensamiento.
       No quiero, ni debo dar nombres, aunque tengo datos y sé quienes fueron físicamente. En realidad sólo deseo rendirles un pequeño homenaje por ser defensores del más importante de los intentos, antes de la muerte del gran rebelde asesino, por democratizar y modernizar España en toda su historia, intento que traía consigo una verdadera búsqueda de justicia social.
       Sobre todo pretendo homenajear a aquellos republicanos maderalinos que fueron humillados, y algunos, además, vilmente golpeados por una raza de españoles percherones sin gracia ni estética, repulsivos “astrays”, pemanes de pacotilla, pendones de la muerte a los que ahora yo golpeo con la palabra, encasillándolos como anquilosados, bastos de triunfo, mancos de espíritu y de moral, condimento de ignorancia a secas, simples como los adobes, y por supuesto, gentes provistas de pistola y violencia como marcas de la casa, como marcas de una casa de cerebro de viruta que por desgracia se prodigó con demasiada asiduidad en la historia del país que vio nacer a Don Quijote y a Lázaro de Tormes. No es casual que Don Quijote (Cervantes) diga que, “Amigo Sancho, con la iglesia hemos topado”, o que el anónimo autor del “Lazarillo” no deje precisamente bien paradas ni a la Iglesia ni a la sociedad de su tiempo. Estamos hablando de dos obras maestras de la literatura universal, que ya le tomaron el pulso a España cuando ésta era metrópoli de un imperio que tenía la puerta delantera de su casa atusadita, cristianita y limpita, con un jardincito bonito y arregladito, donde cantaban los pajaritos, pero el patio trasero, donde habitaba el pueblo, era una especie de privada (con perdón) como la que untó a Pablos cuando cayó al suelo junto a aquella caricatura equina, caricatura grotesca, mucho más hética que la de Rocinante, ¡y ya es decir! Hay algún crítico, cuyo nombre no recuerdo intencionadamente, que ha visto en la descripción de aquel patético caballo, así como en la batalla “nabal”, una alegoría de España.
       Pasado el “Siglo de Oro”, que lo fuera para las letras, y no para la oficina del estómago del españolito común, algo tenía que continuar yendo muy mal en este país que dicen de piel de toro, si una pléyade brillante del pensamiento ilustrado español, con Jovellanos a la cabeza, tuvo que beber la hiel del destierro cuando no del exilio. Que sus libros fueran prohibidos porque planteaban cuestiones demasiado progresistas, parece una ironía, o más que una ironía, un sarcasmo.
       “El Deseado”, ese cafre u hombrecillo nefasto de cuadrada cabeza ruin, y su caterva de inmovilistas, le hicieron un daño irreparable a España guillotinando “La Pepa”.

       En realidad, y aquí quiero llegar, el advenimiento de la “II República” es la consecuencia lógica de una injusticia social labrada durante siglos por una oligarquía (en la que paradójicamente se encuentra en el vértice de la pirámide la Iglesia) que no quería perder los privilegios adquiridos desde los tiempos de la Reconquista. No hay que olvidar que “La Inquisición”, organismo creado en el Medievo para controlar al pueblo desde la aquiescencia clerical, no se abolió en España hasta 1843, hace cuatro días, como aquél que dice, pero en todo caso se abolió en época ya muy moderna.
       Los grandes acontecimientos históricos no acaecen nunca porque sí.
       Deseo añadir sus nombres, los de los republicanos del Maderal, y por extensión el de todos los republicanos anónimos, al de esos españoles ilustres, flor y nata del pensamiento de aquella España truncada, que tuvieron que exiliarse ante la barbarie de otros españoles que eran simplemente torpes, crueles y mostrencos. Baste recordar, entre otros muchos, a Rafael Alberti, Francisco Ayala, Sánchez Albornoz, Juan Ramón Jiménez, José Bergamín… y sobre todo a un exiliado interior de lujo, al “Rector”, quien cuando constató una vez más la verdadera faz de la España rebelde, no pudo morderse la lengua, aún a riesgo de jugarse la vida*: “Este es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote […] Venceréis, pero no convenceréis…”,
       Y así fue, pues lamentablemente, su profecía, se cumplió, porque decidme qué futuro se podía esperar de líderes con un talante cuya filosofía es ¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte! Ese talante mostrenco hubiere estremecido al mismísimo Fray Luis de León, quien seguro que se removió en su sepultura de Madrigal de las Altas Torres aquel día aciago, negro como pocos para el Saber de todos los siglos, pasados, y venideros, pues muy lamentable es, que un país, con el inmenso bagaje cultural de España, pueda ser profanado en ese lugar, usando, de modo tan atroz, la lengua del genial manco de Lepanto.

       En fin, dos españas, pero una de ellas, aunque perdedora, convincente y digna de portar el significado del étimo de princesa, también debido al granito aportado por esos maderalinos aliados de la “II República”, vidas de intrahistoria las suyas, como diría el propio Unamuno, a las que yo hoy deseo recordar y colocar en el friso imperecedero de los luchadores por la Justicia y la Libertad, en este 14 DE ABRIL del sexto año del tercer milenio.
       No puedo por menos que gritar en su honor, en nombre de la libertad que a ellos le secuestraron y de la que hoy hago yo alarde, una vez más,¡Viva La República!

       PD: Por lo que respecta a Juan Carlos I, hay que decir, en su honor, que se ganó el cargo que ostenta en la prueba de fuego del 23 F. Ha sido el único Borbón cuyo nombre va parejo al de la palabra libertad con mayúsculas.

                               Alfonso Toribio       

(*) Aquí debajo os dejo, a parte, los ladridos del manco repulsivo y el discurso completo, el último, por desgracia, que pronunciara “El Sabio de Salamanca”, aunque a él no le gustaba que lo llamaran así. Demuestra Unamuno, una humana elocuencia, y una integridad, imposibles de superar y muy difíciles de igualar... pero leed, leed... y opinad, ya que como dice Gracián que dijo el filósofo, te digo yo, “Habla, para que te conozca”:

MUERA LA MUERTE


 
 
El 12 de octubre de 1936 se celebraba en el paraninfo de la universidad de Salamanca el Día de la Raza, aniversario del descubrimiento de América. El general Millán Astray había llegado escoltado por sus legionarios moros. Están presentes el obispo de Salamanca, la mujer de Franco, y también el general Millán Astray. En la presidencia estaba Unamuno, rector de la Universidad. Después de las formalidades iniciales, Millán Astray define a Cataluña y a las provincias vascas de este modo:

       “Son cánceres en el cuerpo de la nación. El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí. La carne sana es la tierra, la enferma su gente. El fascismo y el ejército arrancarán a la gente para restaurar en la tierra el sagrado reino nacional. Cada socialista, cada republicano, y cada uno de ellos sin excepción, y, huelga añadirlo, cada comunista, es un rebelde contra el gobierno nacional, que será pronto reconocido por los estados totalitarios que nos auxilian, a pesar de Francia y la pérfida Inglaterra. Y entonces, o incluso antes, cuando Franco lo quiera y con la ayuda de mis valiente moros, que si bien ayer me destrozaron el cuerpo, hoy merecen la gratitud de mi alma por combatir a los malos españoles... porque dan la vida por la sagrada religión de España, escoltan al caudillo y prenden medallas y sagrados corazones en sus albornoces.”

       Desde el fondo del paraninfo, una voz gritó el lema de Millán Astray: ¡Viva la muerte! Millán Astray lanza el grito de: ¡España!, automáticamente, cierto número de personas contestaron: ¡Una! España, volvió a gritar Millán Astray: ¡Grande!, replicó el auditorio. Y al grito final de ¡España! de Millán Astray, contestaron: ¡Libre! Todos los ojos estaban fijos en Unamuno, que se levantó lentamente y dijo:

       Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. No aprendí a hacerlo en los setenta y tres años de mi vida. Y ahora no quiero aprenderlo. A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia.
       Había dicho que no quería hablar, porque me conozco; pero se me ha tirado de la lengua y debo hacerlo. Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo he hecho otras veces. Pero no, la nuestra sólo es una guerra incivil. Nací arrullado por una guerra civil y sé lo que digo. Vencer no es convencer, y hay que convencer sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión.*

       Quiero hacer algunos comentarios al discurso (por llamarlo de algún modo) del general Millán Astray que se encuentra entre nosotros. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. El obispo, lo quiera o no, es catalán, nacido en Barcelona, enseña la doctrina cristiana, que no queréis conocer. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao, soy vasco y llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis.
       Acabo de oír el necrófilo e insensato grito ¡Viva la muerte! Esto me suena lo mismo que ¡Muera la Vida! Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador, entiendo que fue dirigida a él, si bien de una manera excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de las masas. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor. El general Millán Astray no es uno de los espíritus selectos, aunque sea impopular o, quizá por esta misma razón, porque es impopular. El general Millan Astray quisiera crear una España nueva según su propia imagen. Y por ello, desearía ver a España mutilada, como dio a entender inconscientemente.”

       Millán Astray le interrumpe con el grito de: ¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte! José Mª Pemán, presente allí también, matiza: “¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!”

       Unamuno no se amilanó, y hecho de nuevo el silencio, continuó más contundente si cabe:

       “Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.”

       Este improvisado discurso en Salamanca del “Rector”, ante el feroz y patético Millán Astray, supone la primacía del intelecto, y de la palabra, que no olvidemos, le sirve de soporte, supone, digo, la primacía del intelecto sobre el canto siniestro de la sinrazón y de las armas, manifestando, meridianamente, la humillante derrota de la espada a manos de la pluma. Se sabe que Unamuno se jugó la vida aquel aciago día, y se la jugó justamente por ir en contra de un ideario necrófilo y proclamar la supremacía de ella, de la vida. Pagó un precio muy alto por su temeridad: murió la tarde del último día de diciembre del 36, vigilado y aislado.

       (*) Al hablar de “falta de compasión”, la crítica especializada supone que Unamuno se está refiriendo a la masacre indiscriminada de miles de detenidos y prisioneros extremeños, ordenada por el teniente coronel Yagüe en toda la provincia pacense en general, y en la plaza de toros de Badajoz en particular. Estos acontecimientos de máxima crueldad aleatoria, ocurrieron al comienzo de la guerra, y junto con otras matanzas parecidas que se estaban produciendo en las cunetas salmantinas, sirvieron de acicate para que “El Rector” cambiara su inicial apoyo a los rebeldes.
 
Alfonso Toribio
31 de marzo de 2006
 

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