La jerarquía eclesiástica irrumpe sin complejos en la campaña electoral. El gobierno le advierte que de seguir por esa vía va a revisar los acuerdos Iglesia-Estado vigentes, y eleva una queja al Vaticano por lo que considera una intromisión en política pura y dura intolerable en un estado de derecho como es el nuestro.
La irrupción del comunicado vocalizado por el secretario de la cúpula eclesial española en los principales medios de comunicación trata de hacernos comulgar con una piedra de molino. Este hombre, Martínez Camino, y lo digo a título personal, me parece una especie de bravucón integrista sin complejos, una especie de Acebes mentiroso que piensa que, porque se sepa expresar verbalmente, su oratoria va a llegar a buen puerto. El fin de la oratoria en último extremo es el de la persuasión, es el de tratar de convencer para atraer el máximo de ovejas, o sea, de votos al redil. Y aquí es donde está la incongruencia: el redil es un redil pagano.
Ellos, los que visten hábitos, entre los que hay que incluir al señor Martínez Camino, piensan que puede haber mucha oveja descarriada que debe encarrilarse, no hacia el templo, sino hacia la urna con una papeleta en la boca, cual fiel perro, papeleta-gaviota que diga que los homosexuales son ciudadanos de segunda y sin derechos, que la asignatura de religión tiene que volver a ser evaluada en el currículo junto a Lengua Española, Matemáticas, Sociales o Inglés, que España se rompe, que el gobierno negocia con terroristas… A él, al secretario, luego le oí decir en una entrevista, que no había pedido el voto para nadie. Se puede ser un ignorante, pero este personaje oscuro no lo es, lo que no tiene es vergüenza. Martínez tiene pinta, si te fijas un poco, de ser un seminarista inocente, sin embargo es obispo auxiliar de Madrid. Se dirige Camino con su comunicado político a esa masa de votantes indecisos de centro que ni son socialistas ni son peperos, pero son religiosos. Ahí es donde puede darle votos al PP la desvergüenza de la Conferencia Episcopal Española.
Yo también les podría decir a esos estimados votantes indecisos que más hipócrita y tergiversador que Camino no se puede ser y que debes hacer lo contrario de lo que te diga un mentiroso tan notorio. Ya que entran en política, habrá que tratarlos como políticos. Ahora resulta que buscar la paz social y el fin del terrorismo, es pecado mortal, qué digo, es sacrilegio. Resulta que uno de los mandatos primordiales del Evangelio y que figura entre las Siete Bienaventuranzas (“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”), deviene anatema en la persona de D. José Luis Rodríguez Zapatero. Pero esto que dice el Evangelio, el buscar la paz, sólo tuvieron derecho a hacerlo los anteriores presidentes del gobierno de nuestra democracia. Zapatero es un nuevo Stalin, un anticristo, digámoslo claro, es un enviado del Diablo.
Zapatero es una especie de hereje, es el único que negoció, y éste es el pecado: nada menos que “negoció” con terroristas. Los otros presidentes anteriores sólo fueron a jugar al parchís con los terroristas, a decirle que fueran buenos, y a echar un “parlao” amistoso con ellos, “parlao” que consistía en hablar del sexo de los ángeles, en discernir que, como ya que existe la palabra “puchero”, a lo mejor también debería existir la palabra “puchera” con el significado de “consorte del puchero”, y más cuestiones de éstas con las que entretenerse y pasar el rato. Porque, señores indecisos, Aznar, no negoció, dialogó o conversó, según le he oído hace poco a Esperanza Aguirre. ¿A qué fueron entonces los enviados de Aznar a Zurich? Por cierto, el mediador de esas “conversaciones” fue el entonces obispo de Zamora y ahora obispo de San Sebastián, monseñor Juan María Uriarte, eclesiástico él, dicen que afín al PNV.
¿Son galgos o podencos? ¿Son conversaciones o negociaciones? Para mí, tanto monta Isabel como Fernando, porque a cualquier ser humano de buena fe, crea o no crea, el verse frente a asesinos natos en conversación o en negociación, le repugna. Pero a veces, cuando se tienen responsabilidades de gobierno, hay que hacer de tripas corazón.
Yo una vez le escuché decir a un compañero de trabajo, persona culta, por cierto, que había que matarle los seres que más quieren a los terroristas (si es que quieren a alguien o a algo de verdad) para que comprendan el daño que causan, no al Estado, gobierne quien gobierne, sino sólo y exclusivamente a quien pierde a un ser querido por las buenas a través de ese justiciero que le pega un tiro en la nuca. Yo le dije que era un bárbaro, que eso estaba fuera de sitio, pero reconozco que si un terrorista supiera que iba a encontrar la horma de su zapato, a lo mejor se lo piensa dos veces el asesinar a otro si supiera que le iban a hacer lo mismo a un ser querido suyo. “Ojo por ojo, y diente por diente”, pero en este caso, no te matan a ti, terrorista, argumentaba mi compañero, matan al ser humano que más quieras, pero te dejan vivo a ti, y encarcelado, por supuesto, para que saborees el plato de alta cocina que tú mismo has cocinado. He dicho el pecado, pero no el pecador. Espero que me perdone mi compañero, pues sé que va a leer esto.
Pero volvamos al ojo por ojo y diente por diente político de nuestros compatriotas clérigos de la cúpula, dejando las cópulas aberrantes que defendió el obispo de Tenerife, pero con menores de trece años, lo que sí es verdaderamente repugnante. Si usted, señor Camino, quiere comprobar si su integrismo tiene de verdad apoyo popular, póngase nombre de partido sin parafernalias lingüísticas y preséntese a las elecciones, y no ande tomando atajos y diciendo tonterías como que “yo no digo eso porque digo Diego donde digo lo que dije, pero no he dicho. Eso lo dicen ustedes”, y retóricas semejantes, que hoy día, me recuerdan una versión moderna de la actitud que tomó el Rouco Valera de turno en la elecciones democráticas de la II República a favor de los poderosos y ricachones de su época. Claro que, el caciquismo, entonces, era más descarado, pues el 80% de la población era analfabeta.
Ahora se ha dado la vuelta la tortilla y el analfabetismo y la miseria brillan por su ausencia, aunque en lo que es cultura con mayúsculas no podamos aún hacer sonar airosamente las campanas. Los españolitos de esta otra España, entre los que me incluyo, discernimos y diseccionamos, gracias a Dios, el acto de habla y la intención comunicativa que salen por la boquita fina de usted, señor seminarista del obispo auxiliar de Madrid. El galimatías de su rebuscado lenguaje, monseñor Martínez, no es menos caciquil que aquél de entonces, y que curiosamente viene a coincidir con el de Esperanza Aguirre, quien dijo el otro día: “Nosotros entonces sólo conversamos con los terroristas, Zapatero negoció”. Si hay algo despreciable es la hipocresía, la suya, señor Camino, y la de la dama de Madrid, que son la misma hipocresía. “Los mismos galgos con distintos collares”, dice el refrán. En un estado de derecho, como es el nuestro, no es de recibo que el báculo del mitrado y la voz del Hemiciclo manifiesten una comunión tan estrecha. El Estado Español es aconfesional, según la Constitución, señor Martínez Camino, pero usted y los otros de la Conferencia Episcopal, parecen gustar del ruedo político; pues cuelguen los hábitos, y tírense a la arena a pecho descubierto, pero no jueguen a medias tintas, que cada español es muy libre de decidir su voto sin su vergonzosa ayuda.
|