Señor Consejero del Sacyl:
Le comuniqué muy castellanamente a un subordinado suyo, al Señor Director de Atención Primaria Regional, en quien usted delegó mi caso, que a mí no me hacían comulgar ustedes con una piedra de molino, y que si ustedes querían hacerlo, allá su ética y su conciencia.
Mi nombre es Alfonso Toribio Toribio, mi madre se llamaba Florencia Toribio Sevillano. Ella era de El Maderal (Zamora).
Este fin de semana he estado en mi pueblo, “donde tanto quería”. Me han allí contado, que una señora del Maderal está ingresada en el “Virgen de la Concha” a causa de un derrame cerebral. Estuvo diagnosticada esta señora de vértigo durante tres días por galenos del mismo centro médico y gracias a una enfermera amiga suya, que vio la tragedia que no vieron los médicos, hoy puede vivir para contarlo. Uno de ellos, uno de esos médicos que es archiconocido en El Maderal, le diagnosticó cólico a mi madre, luego era un infarto.
Ese templo de Hipócrates, intachable y disciplinado, paradigma de medicina de calidad, tuvo a mi madre infartando tres días hasta que ya no hubo remedio. Bueno, reconozco que todos nos tenemos que morir, pero si te dejan morir los que se supone que entienden, te mueres antes. Señores míos, un derrame cerebral no es un resfriado, como creo que no tampoco lo es un infarto. Lo raro es que haya tanto cólico y tanto vértigo en el mismo centro médico en tan poco tiempo. Casi es para mosquearse, pero quédense tranquilos en sus despachos hasta que deje de pasar El Pisuerga por Valladolid. Yo lo animo a usted, Señor Consejero, y animo a sus subordinados, a seguir mirando para otro lado en ese centro médico, sito en Fuentesaúco (Zamora), pero también continuaré animando a mis paisanos del Maderal a que llamen al 112, cuando tengan algún problema de salud por nimio que éste sea, y que nunca lo hagan a ese laboratorio saucano del Doctor Jeckill que ustedes protegen desde sus investigaciones internas, donde todo es epistemología médica y refinada deontología, eso sí, que pueden acabar matando. Pero tranquilos, tranquilos, estén tranquilos, que en las guerras hay más heridos y más muertos.
Sigan, sigan comulgando con piedras de molino y mirando para otro lado, porque la gente, se queja de vicio, se lo aseguro, y encima es medio tonta. Yo mismamente soy un tonto más que también se queja de vicio.
De todas formas, le mandaré otra carta de denuncia al Presidente de la Junta, e intentaré contactar de nuevo con “El Norte de Castilla” y con la “Tribuna de Salamanca” en mi lucha contra los molinos de viento. Aunque no sé, con tanto calor como hace aquí en Madrid, quizá no quiera seguir perdiendo el tiempo, y lea “El enfermo imaginario” de Jean B. Poquelin. Perdón, no me daba cuenta que el teatro no se lee, se ve representado. Mejor releeré “El árbol de la ciencia”, del maestro Baroja.
Atentamente,
Alfonso Toribio
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