Cuando éramos pequeños solíamos quedar a eso de las diez y media u once en los chopos, la vinícola o el bar de Mercurial.
Nos juntábamos siete u ocho amigos entre forasteros y del pueblo. La noche era un submundo dentro de las vacaciones de verano. Nos transformábamos al son de la clandestinidad.
Prácticamente todo lo que hacíamos parecía estar prohibido, incluido el estar en la calle a esas horas con poco más de once o doce años.
Esa sensación nos inyectaba una dosis de valentía, imprescindible para acometer las más peregrinas de las aventuras.
De las más divertidas recuerdo las de ir a comer sandías a algún melonar previamente ojeado por alguno de los amigos del pueblo.
Ángel, Juan Antonio o el mismo Jose trabajaban con sus padres durante el día y, de paso, ojeaban la fruta madura para atacarla por la noche.
Ninguno de los que éramos forasteros teníamos la más remota idea de adonde íbamos cuando tras una corta conversación el ojeador de la mañana ponía rumbo al melonar.
La marcha transcurría, normalmente, en la más absoluta oscuridad, salvo cuando había luna llena, claro. Entonces el satélite nos iluminaba el camino y la conversación.
Pero las más de las veces caminábamos sin ver ni torta. Media hora, tres cuartos o incluso una hora de caminata por senderos, tierras, alamedas y tesos.
Los del pueblo iban más confiados porque conocían mejor el terreno, pero nosotros los de Madrid, Barcelona o León (Jeromo) caminábamos con una mezcla de miedo, expectación y virilidad que nos hacía aguzar los sentidos a tope.
Una de esas noches íbamos tras Ángel en busca de un melonar al parecer repleto de sandías como balones de fútbol. Poco antes de alcanzarlo y sin previo aviso Ángel hizo un cuerpo a tierra propio de los legionarios.
Los demás, bastante acojonados, le imitamos. Ángel era entonces un chico tranquilo, siempre sonriente, poco hablador y que las mataba callando. No hacía aspavientos jamás, así es que fue verlo tirarse al suelo y una ola de pánico nos invadió a todos.
No era la primera vez que nos sorprendía el dueño de la finca dando buena cuenta de los frutos, y en esa época se hablaba poco y se pegaba mucho, con la mano o con un palo (lo de los cartuchos de sal creo que era una leyenda) así es que todo el grupo cayó al suelo al unísono.
Susurrando Javi acertó a preguntarle: ¿qué pasa?, a lo que Ángel contestó: que está el dueño, ¿no lo ves en mitad de la tierra? Estábamos en lo alto de una pequeña loma, con una vista de la huerta inmejorable, unos árboles flanqueaban la linde y una pequeña charca reflejaba las mil estrellas del cielo.
¡No os mováis, que desde abajo se ve todo el teso y el dueño va con el perro! Dijo Ángel. Estábamos acojonados, pensando que el pueblo quedaba a cien kilómetros y que quizá del dueño podríamos escapar, pero del perro imposible.
Como si la amenaza fuera una brigada de soldados con sus fusiles listos para disparar nos movíamos arrastrando el cuerpo contra los terrones, apenas susurrando para hablarnos y levantando la cabeza lo justo para atisbar una sombra bien definida, plantada entre las matas, quieta y tocada con un sombrero de paja.
Un leve movimiento mecánico al son del viento rompía su quietud. Al perro no se le veía por ningún lado, lo cual lejos de tranquilizarnos nos asustaba aún más, pues todos pensábamos que iba a aparecer de repente por detrás o por un lateral con la boca abierta lista para morder al menos afortunado.
Me entraron unas ganas terribles de mear y me apreté la entrepierna con la mano derecha como tapando la boca de una manguera. El miedo y quizá la leche con pan que me había tomado antes de salir formaron un cóctel explosivo en una situación como aquella.
Con lo que me gustaba a mi mear en el campo, sin tener que apuntar, apurando la meada y disfrutando de la sensación de alivio. Y, de repente, cuando ya estaba yo sopesando seriamente la posibilidad de mearme en los pantalones el cabrón de Ángel se levanta y echa a correr en dirección al melonar derecho al dueño.
Pensábamos que se había vuelto loco cuando al alcanzar al teórico amo de la tierra nos grita descojonándose: ¡Que es un espantapájaros! La madre que lo parió. Me levanté como un resorte y eché una meada inconmensurable mientras una risa nerviosa empezaba a hacerme temblar de hipo.
La broma era cojonuda, sobre todo porque había hecho caer en ella a todos, foráneos y lugareños, siempre, estos últimos, más vivos y espabilados entre la naturaleza que los chicos de la ciudad.
Por supuesto nos cebamos a comer sandía mientras el sombrero del amo-espantapájaros pasó de cabeza en cabeza hasta terminar en la charca que hacía de espejo.
Que “risas” pasamos…
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