DON NARCISO Y EL BAILE DE LOS NOMBRES
 
      Hay algunos (o algunas) que se obsesionan con la limpieza, no les basta con un aseo cotidiano normal y corriente, sólo están pensando en ducharse, en quitarse esa suciedad imaginaria que a ellos les parece roña eterna incrustada, pues siempre se sienten, en su paranoia, sucios. En el polo opuesto de este síndrome, que se explicita y que se podría llamar “Síndrome de la Piedra Pómez Siempre Míster Próper”, estaría el “Síndrome de Diógenes”, dado que es lógico pensar, que a quien acumula suciedad y basura por doquier como un trofeo, francamente, querida, le importa un bledo su higiene personal. Es de suponer que para estos erráticos seguidores del cínico Diógenes, una gota de agua devenga una amenaza, y sea, dicha gota, como una tormenta de la Boza, o, como una ristra de ajos o un crucifijo para un vampiro, y es de suponer también que las griferías de su cuarto de baño no funcionen por pura dejadez y que sus cañerías desaguadoras estén habitadas y tupidas por la inmundicia de bolsas y bolsas de basura podrida acumulada. Allí criarán hasta los cocodrilos, como se suele decir.
      Tanto un síndrome como el otro, son dos extremismos, son dos vectores opuestos, intratables, son como un plato de comida que está como un perro de “salao”, como dicen o decían en mi pueblo, o soso (de solemnidad) como dicen en todos los sitios.
      Claro que, una persona normal, si tuviera que convivir y pudiera elegir entre cualquiera de los dos modelos, escogería a Míster Próper, ese maniático de la limpieza que hace que todo su mundo sea un espejo, ese maniático compulsivo que cuando se encuentra en la oficina puede empezar a percibir que hay una mota de polvo en un cenicero de su casa, y eso lo trastorna de tal modo, que ya sólo piensa en la monstruosa mota de polvo que tiene que quitar porque rompe su mundo de pulcritud.
      
      Narciso fue otro extremista, y hubiera sido por ese motivo un buen compañero de piso de Piedra Pómez, pues su rostro se reflejaría en cada rincón, para así poder saborear sin cesar su propia belleza.
      En un hermoso pueblecillo de Zamora, cuyo nombre huele a madera, vino a anidar un grandísimo Narciso, quien aunque no fue el único que hubo, sí fue él quien mejor reflejó el mito griego en el lugar. Él, nuestro Narciso particular, era el cura del pueblo en un tiempo en que a su labor espiritual de cura normal y corriente que velaba por la salvación de las almas había que unir una labor más mundana como agente espía del régimen. Entonces los curas le chivaban a los obispos cosas que oían o deducían desde el confesionario o husmeaban en la parroquia, y los obispos, a su vez, se lo chivaban a quien los había nombrado a dedo mitrados, es decir, a Paquito, el Zafio del Pardo, y aunque eso era sacrílego y violaba la dignidad de las personas, a estos personajillos de talla estrecha eso les daba igual, pues entonces los representantes de Dios estaban ocupados en desterrar al diablo del comunismo del suelo patrio. De este modo España no sólo era un cuartel, como afirmaba que era su insigne cruzado salvador, sino un cuartel con iglesia.
      
      Anda por ahí suelto, creo que por Madrid, un autor de relatos que a este cura narcisista lo llama Don Alfrezo. Pues bien, no le hagáis mucho caso a dicho autor, ya que el curita en cuestión se llama Don Alfredo. Pareciera como si este autor tuviera una cierta inclinación a poner apodos, aunque en este caso, yo al menos no entiendo bien a qué viene la bobada de poner un fonema interdental y no el dental que le corresponde. No creo que lo haya hecho para dificultarle su pronunciación a los desdentados que no lleven la dentadura postiza puesta; algún día habrá que preguntarle al listillo de dicho autor el porqué de esta intencionada confusión sonora.
      Se insiste en lo de Don Alfredo y no Don Alfrezo porque el nombre propio “Alfredo” “diviene il cuore di questa novella”*, donde “novella” es aquí sinónimo de cuento o relato corto, retomando así su significado antiguo. El vocablo “novella” es de origen italiano, de él deriva nuestra palabra “novela”, género que se caracteriza, no precisamente por ser poco extenso, porque cuando hablamos de novelas en español, solemos referirnos a grosores importantes.
      El Decamerón de Boccaccio está formado por “novelle”, por cien concretamente. Hay diez personajes que huyen de la peste y que reuniéndose todas las mañanas, aislados y esperando buenas noticias del exterior, para entretenerse, cada personaje cuenta una historia todos los días durante diez jornadas, de ahí el título de la obra, “Decamerone”, obra que está considerada, debido al humanismo que plasma, como iniciadora del Renacimiento, ese glorioso movimiento que dio una visión antropomorfa del universo, en contraste con el teocentrismo hasta entonces imperante.
      La obra maestra del ilustre “fiorentino” fue puesta por el Vaticano inmediatamente en la lista de obras prohibidas, pues describía conductas poco éticas, cuando no lascivas, de monjas y frailes licenciosos. Al parecer luego se cambiaron estos personajes eclesiales por otros de carácter laico, lo que borró de la lista negra a esa obra maestra de la literatura universal. En él, o sea, en el Decamerón, como ya se ha indicado, una serie de personajes cuentan historias para pasar el rato de forma amena.
      
      En el bar de Mariano, local descendiente de la mítica taberna de Mercurial y Agapita, pero que tiene igualmente personalidad propia, entre cerveza y cerveza, también se cuentan historias. Muchas de ellas son interesantes, pero para ser llevadas al papel, tienen que reunir ciertos requisitos. En ocasiones es una intención comunicativa concreta, formada por dos simples proposiciones, como observaría el insigne lingüista Ignacio Bosque, la que se convierte “nel cuore del racconto”*, como ocurre en un relato titulado “El cura pollero”, cuyo autor, si mal no recuerdo, se llama A. T., sí, sí, ése que escribe “Don Alfrezo” y se queda tan fresco.
      “Cállate bobo. ¿O es que vas a saber tú más que el médico?”, como le dijo una viva a un resucitado a quien un galeno borrachín había dado por muerto, es el kernel que rodea toda la operatividad constructiva de ese relato, es la idea central sobre la que se articulan otros núcleos centrales de la historia, entre ellos la de ese tal Don Alfrezo, y es, sobre todo, el anclaje temporal de un tiempo de timonel de palio, quien cual gran Diógenes basurero peninsular ofrecía leche en polvo en las escuelas y cocidos podridos por doquier.
      
      “Bares, ¡qué lugares!, tan gratos para conversar…” reza una canción de los ochenta. Y fue en la taberna de Mariano donde a altas horas de la madrugada del puente del uno de mayo, alguien, que no es otro que quien os narra la historia, intuyó, a duras penas por las voces del bar, de una conversación que mantenía, lo radicalmente narcisista que era Don Alfrezo, perdón, rectifico, Don Alfredo.
      Una de las funciones fundamentales de cualquier cura es y era la de borrarle a las almas que vienen a este mundo, la fatal y horrorosa mancha del Pecado Original. Para ello, mientras el bebé se desgañita llorando cuando siente el agua en su cabecita, el cura dice: “…Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y el Espíritu Santo,…”; en los puntos suspensivos del final debería ir el nombre por el que será conocido el neonato por el resto de los mortales. Aunque a lo mejor el nombre ése debería ir en los puntos suspensivos del principio, es decir, antes del “Yo te bautizo…”, por ejemplo, en este segundo caso Don Alfredo habría dicho: “Alfreda, yo te bautizo, etc, etc”; yo, como la pobre Alfreda, sólo estuve una vez de protagonista, y creedme si os digo, que no me acuerdo de nada, por lo tanto no sé si el cura pone el nombre al principio o al final. Fuere como fuere, Don Alfredo, el primer nombre que puso cuando fue a ejercer al Maderal su turbulento ministerio, fue, y no podía ser de otro modo, el de Alfreda.
      Si por Don Alfredo hubiera sido, a partir de su llegada al pueblo, y hasta su triste marcha, todos los nacidos y nacidas durante su reinado narcisista, se hubiesen llamado Alfredo o Alfreda. Alfredo al menos es un nombre corriente, pero Alfreda es tan inusual como un manantial en el desierto. ¿Cuántas alfredas conocéis?
      Resulta que aquella niña, Alfreda, por desgracia, murió al poco tiempo de ser bautizada, sin embargo, la tozudez por poner su nombre continuó vívida en el bello cura de nombre bello, así al primer niño que bautizó le puso el nombre de Alfredo en la pila bautismal, y por ese nombre se le ha conocido siempre, aunque sorprendentemente no se llama así de forma oficial, porque el nombre bautismal no figura en su DNI y sí el del santo de Asís. Ocurrió que el padre inscribió a su hijo en el ayuntamiento como F., que era el nombre que él le quería poner al retoño. Seguro, o quizá debido a la insistencia de Don Alfredo, terminó el progenitor por ceder a las pretensiones del cura en el bautisterio aunque saliera de él como Galileo del Vaticano diciendo que “Eppure si muove”*, es decir, negando en su interior lo afirmado a la fuerza.
      Don Alfredo, en la paranoia narcisista de querer ponerle su nombre a todo el mundo, llegó al extremo de hacerlo aparecer como componente de otros nombres de pila, así, en alguna ocasión colocó su nombre aunque fuera en tercer lugar, como ocurrió con J. F. A., donde todos son nombres de pila y la “A.” quiere decir, obviamente, “Alfredo”. J. F. A. niega que esto sea cierto, es decir, que uno de los tres acrónimos sea Alfredo, pero de lo que no cabe la menor duda es de que nuestro Narciso, a base de Alfreda y alfredos diversos, intentó perpetuarse en nuestra memoria colectiva a través de su nombre, cosa que como se ve, ha conseguido, como también lo consiguiera el mismísimo coronel Aureliano Buendía, quien tuvo diecisiete hijos de nombre Aureliano todos, aunque todos los aurelianos fueron eliminados, uno a uno, por los enemigos de su insigne padre.
      
*El corazón de este relato.
*El centro de la narración.
*Pero se mueve.
 
Alfonso Toribio
Mayo de 2008
 

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