EL escrito EL NIÑO Y LA BURRA, ambos peregrinos testifica sobre los últimos años de la década de 1940. Se trata de un viaje que hace un niño con su burra “Maniviesa” desde Corrales a la parada de Topas. El escrito es bastante largo y en el desarrollo del itinerario se sitúa, en la ida, a El Tonto Mayalde por los parajes de San Cristóbal. Todo el Excurso sobre Manolo se desarrolla en la Cocina de la casa principal o —como se decía entonces— de los señores de la Hacienda.
(Llegada al caserío de la dehesa de San Cristóbal. Después de un gran chaparrón con el que el niño queda empapado, él busca ayuda en el caserío)
Al momento mismo
de entrar a la casa
la mujer le ofrece,
de lana una manta
con olor a oveja,
tomillos y jaras...
olores y aromas
propios de majadas.
— Toma, tápate con ella...
y ¡anda!,
¡pasa!
Ven pa’ la cocina
pa’ que te calientes
y puedas secarte a la lumbre
pues que arde buen roble
y con buena llama.
Había dos hombres
y otras dos mujeres
todos ocupados
en sus menesteres:
Uno, del hogar cuidaba
atizando gruesos leños;
y con los chisporroteos
de aquellas ascuas fulgentes
se alumbraba la amplia estancia
de chimenea campana
cuanto más soplaba el fuelle.
Otro más joven, aparte,
destazaba sobre el tajo
muy grande y graso carnero.
La más moza, junto al joven
retiraba los pedazos
que otra mujer recibía
y los hacía tasajos
para aliñar de uno en uno
con sal, pimentón y ajos.
Desde el fondo del cañón
de la vasta chimenea,
un par de hollinosos llares
mantienen sobre el fogón,
como bruñidos por dentro
dos relucientes calderos
más de a medias de tasajos
que la señora remueve
con un tenedor muy largo.
Se sienten tales olores
al asado, a su aderezo
y a especias de aquellos montes
con tomillos y romeros,
que excitan el apetito
causando grande contento.
Con algo de aventurero,
como un Sancho sin Quijote
o cual Quijote sin Sancho,
allí palpaba el muchacho
lo que en la escuela leía,
lo que novela creía,
cuanto Cervantes decía
de las bodas de Camacho.
(....................)
El que atiende el fuego
interrumpe al niño
y así ha preguntado:
— Pero dinos, chaval:
¿A donde caminas?
¿al Cubo, o a Topas?
¿o hacia Forfoleda?
¿o... hacia que otro lado?
— A Topas camino,
hasta La Parada
del señor Fernando.
— ¡ah, sí... que ya caigo
—comenta el del tajo—
Fernando el Chalán...
el que compra y vende...
Tiene buen ganao.
¡Vaya garañones...!
¡Menudos!
¡Anda que... caballos!
(....................)
XI Aquellas gentes de dehesas,
de lugares solitarios,
por entonces no tenían
ni conocían la radio.
En medio de los trabajos
cuando el caso se ofrecía
el cantar era un alivio
y en los pesares descanso.
El corrillo se ha animado,
la bota de vino corre
corre la bota de vino
sin parar de mano en mano
dando su lugar al niño.
La mujer con rango de ama,
recordando tiempos idos
con nostalgia de soltera,
suelta cantares de charra
con adornos y con trinos:
“Dicen que no me quieres
porque no tengo
vacas en la majada,
bueis en rodeo”.
Así cantó varias letras
mientras todos los demás,
sentados en taburetes
en mitad de la cocina,
regaban a cortos tragos
con la bota sus papilas,
coreando alguna copla
cuando la copla sabían.
En una pausa del canto
que ya fin se presumía,
tercia la moza y pregunta,
la pregunta repetía:
“¿No es de Mayalde Manolo...?”
Le responde la mujer:
— Pues claro que es de Mayalde,
¿qué te preocupa saber?
—Es que cuando llega aquí...
no corre detrás de nadie,
sólo corre tras de mí.
El niño, que por el cante
y casi por un mandato,
lo que iba a decir no dijo
sobre el Tonto de Mayalde,
como si faltara tiempo
tomó palabra al instante:
— No es el Manolo tan tonto
ni corre por descarriao,
(si es el mismo que conozco)
que yo lo he visto correr
tras las mozas y muchachas
y a veces corriendo solo.
Cuando estamos en recreo
o por las eras jugando,
también yo y los otros niños
corremos tras de las niñas
como juego divertido
mientras decimos cantando
“corre corre que te pillo”.
Recuerdo yo una coplica
—el niño continuó—
de las muchas que aprendí
que mi papá me enseñó
y, con el perdón de ustedes,
ya que me vino a la mente,
la traigo aquí a colación.
De nuevo volvió a cantar
mientras esbozaba risa
el monaguillo cantor:
“Tengo un perro chiquitín
cazador de codornices,
cuando ve una niña guapa
se le arrugan las narices”.
De la inocente ilación
entre el juego de escolares,
la pregunta de la moza
sobre el “Tonto de Mayalde”
y la copla del cantor,
los del corro de inmediato
tomándola como pulla,
aunque sin mala intención,
sueltan cinco carcajadas
que sonaron a la vez,
unas cortas, otras largas,
de esquilita de cencerro y cascabel.
Ante aquella algarabía,
el monaguillo cantor
pensó que aquella coplica
más risa dio por graciosa
que el venir a colación.
— ¡Caray con el monaguillo!—,
dice la moza, sin ver
que el mozo baja los ojos,
como que no va con él.
— ¡Qué ocurrencias tiene el chico!
—exclama la otra mujer—.
—Pues pue’ que tenga razón,
—dijo el del fuelle a su vez—
que el Manolo no es tan tonto,
mejorando la opinión.
Se levanta, se echa un trago,
e inicia una relación:
“Yo lo vide un día subido,
todo orondo a su manera
en aquella medio henera...
la que está junto el camino.
Cuando pasaba de enfrente
yo con otro de los míos,
él cantaba con voz fuerte
pero no se le entendía,
porque en vez de castellano
como latín parecía.
Algo sonaba a la iglesia
cuando cantan las epístolas
el cura y los sacristanes
que parecen retahílas...
Casi casi que me acuerdo...
Recuerdo que repetía:
“Cabrín Cabratis...
Lobo Lobatis...”
Poco más o poco menos,
algo así es lo que le oía.
— Por lo que dijo la moza
y por lo que usted ha dicho,
está claro que se trata
de Manuel o Manuelico.
Pues esa larga canción
—prosiguió diciendo el niño—
de “Estaba Cabrín Cabrate
en la peña peñascate”
me la sé de carrerilla
de tanto habérsela oído.
Pero eso, apenas es nada,
pues ¡sabe más Manuelico...!
Desde que estaba en la escuela
cuando él era chavalico
él aprendía muy pronto;
y por eso, ¡ni lo crean!
Manuel ni fue ni es un tonto,
más bien se pasa de listo.
Él sabe geografía
historia, cabos y ríos.
Sabe sumar y restar
y cinco por una es cinco.
Trabajó como zagal,
sabe también ser cabrero,
que cuidaba sus ovejas,
cabritillas y corderos.
Mas cuando llegó a ser mozo
sin nadie saber por qué,
se escapaba de la casa
solamente... por correr.
Poco a poco se notaba
que a veces él actuaba
con la cabeza al revés.
— Pero ¿cómo sabes tanto
de la vida de Manuel?
— ¿Es que llega hasta Corrales?
— Hasta Corrales y más.
Escuchen lo que les digo:
Por Zamora ha recorrido
los caminos y los pueblos
de Fermoselle a Bermillo.
Yo creo que hasta Alcañices
por tierras de Alba y Aliste.
Toda la Tierra del Vino:
de Toro a Fuentesaúco
por tierras de la Guareña.
El Maderal y El Piñero...
Bóveda y Fuentelapeña.
También por la Salamanca
va recorriendo caminos:
conoce La Armuña entera,
y desde Almeida a Ledesma
se llegó al pueblo del “Viti”
que llaman Vitigudino.
Yo quisiera conocer
tanto como Manuelico;
haber recorrido tanto,
haber estado allí mismo;
pues lo que sé de estos pueblos
es por mapas de la escuela,
pero yo no los he visto.
Así que de bobo, nada;
que lo que quiere Manolo,
es andar por los caminos
porque le gusta ser libre,
libre como un pajarillo.
Él quiere recorrer mundo
y se le escapa a mi abuela,
como quien hace novillos
si no le gusta la escuela.
— ¿Qué tiene que ver tu abuela
con Manolo el... de Mayalde?
— Pues que mi abuela es su madre
— Entonces... tú eres sobrino...
— ¡Claro que sí, y él, mi tío!
Siempre dice mi mamá
que mozo, pero cual niño
o niño pero cual mozo
se comporta Manolico,
porque a los cambios de luna
y más si la luna es llena
se le aflojan los tornillos.
Y por si no fuera poco
con esa vida que lleva...
El mozo, pues, animado,
(que siempre estuvo en silencio
menos en parte del canto)
por todo lo que se ha dicho,
por lo que allí se ha escuchado,
toma la palabra y cuenta
lo que él mismo ha presenciado:
“Pasando yo
por monte Izcala
vide dos mozos
podando encinas
y a este Manolo,
que hasta de gratis
les ayudaba.
Yo me detuve
por dar palique,
pues que veía
que descansaban.
Tenían sierro,
tenían hachas,
para la poda
cabe una encina,
más el botijo,
(mejor, barrila
que sin pitorro)
junto a la manta
para beber,
con agua limpia
de fuente clara.
Manolo “¡el Tonto!”
tenía pupas,
pupas costrosas
de calenturas
en los sus labios,
en la su boca.
El de Mayalde,
por tener sed,
coge el botijo
o la barrila
para beber.
En eso un mozo
pa’ detenerlo
que beba agua
de la botija
(por los reparos
de aquellas pupas
por un contagio,
o más por asco),
le dice al Tonto
para engañarlo:
— “No bebas de esa,
no de esa agua,
¡que no Manolo!
que es pa’ los sierros,
y pa’ las hachas,
porque está turbia
que es de la charca;
mejor de aquella
la del regato
que corre clara”.
Casi en los labios
con el botijo,
mientras miraba
muy de reojo
con risa y ojos
de picarazo,
dice el Manolo:
“¡Con que de Charca!
¡La que me gusta!”
Que pa’ los pies y la cara.
voy al regato;
y pa’l sierro y pa’ las hachas
si hace falta.”
— ¡Pues claro!
—dice y añade
la mujer del aliñado—
Aquí se quiere a Manolo...
pues más es un pobrecillo
que tonto destornillao.
Y si alguien por estas tierras
de Zamora y Salamanca
acordándose de un tonto
por un decir lo nombrara,
nunca a Manolo se nombra.
Pues todo el mundo se acuerda,
cuando llega la ocasión,
del dicho que se acostumbra
y así es como se menciona,
cuando sin parar en mientes
se hace una comparación:
“Es tonto de capirote”
o “Parece el Tonto Coria”.
Con estas y otras razones
sobre el mozo de Mayalde
continúa la tertulia
del niño y los anfitriones
con anécdotas y cuentos
intercalando canciones.
Razón tenía la doña
en la su disertación.
También al niño y al mozo
y al del fuelle y el fogón,
en todo lo que contaron
y dieron la su opinión
no les faltaba un adarme,
pues les sobraba razón.
Esta mítica leyenda
sobre El tonto de Mayalde,
del botijo y de la charca,
también en prosa se narra
con alguna diferencia
en Dichos y Frases Hechas.
En el libro está Manolo
tratado con mucha holganza
superando al Tonto Coria
aunque este tiene gran fama.
(Es por demás conocida
la expesión ”Tonto de Coria”.
Por lo visto se refiere
a un proverbial personaje,
bien irreal o existente,
de Coria, pueblo andaluz
que está cerca de Sevilla.
Mas un pintor sevillano
hace casi cuatro siglos
Diego Rodríguez de Silva,
el renombrado Velázquez,
al Bobo inmortalizó,
—o al tonto, que es sinonimia—
con artístico retrato,
joya que se guarda hoy día
en alguna galería
del gran museo del Prado).
Pasados años, pasados...
cuando menos treinta y cinco,
se despidió de este mundo
el célebre Manolico,
sin que nadie de los suyos,
de haciendas y caseríos
estuviese allí presente
para al menos despedirlo.
Él se encontraba en Palencia
donde, mediando el sobrino
a comienzos del sesenta
del que es ya pasado siglo,
vino a encontrar residencia
que trocó su libertad
por mejorar su existencia
en un riguroso asilo.
Mas poco tiempo pasó
para que hablaran los libros
de su personalidad
marcada por el destino.
Y hasta en Internet también
se ha ganado un rinconcito,
aquel que al dejar Mayalde
víctima de abandono
del hogar, el pobrecillo,
libre buscó acogimiento
penando por los caminos.
En el pueblo El Maderal,
por tierras de La Guareña
cerca del Cubo del Vino,
Don Calos López Matías
por su alias “El Filipino”
ha colgado en un portal
de internet, por estos días,
un breve cuento y retrato
que enaltece y magnifica
del Tonto la humanidad,
su persona y su ser raro.
Y aunque don Carlos lo prosa,
Por mor de seguir mi estilo
en verso y casi a la letra,
fielmente se lo transcribo:
Así dice de Manolo,
nuestro amigo:
Todo un señor.
Su corazón rebosante de magia
vestía la elegancia
aun con harapos.
Pretende simular que él es don nadie,
y no es cualquiera...
que él es el personaje con el alias
de El Tonto de Mayalde.
* * *
Chapotea entre risa y regocijo
en el alma aterida del Talanda
y deja que los niños se diviertan
arrojándole piedras
a su extraña figura
de ser rey destronado en su apariencia.
(............................)
XII La doña o el ama
porque el medio día
ya estaba pasado
y el resto del guiso
se había parado,
que tiene que estar terminado
hacia media tarde
para que el señor
dueño de la Hacienda
con sus invitados
tengan ya la mesa
al gusto y encargo,
exhorta a los cuatro
para que terminen
con lo comenzado.
El niño que advierte
también el retraso,
aunque le divierte
pasarse las horas
con aquella gente,
(.....................)
Y el niño y la burra prosiguen su marcha hacia Topas.
(....................)
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