LUISITO
 
Luisito era un chaval especial. Yo le conocí una tarde de agosto, y desde el principio me dejó flipado. Le vi pasar cerca de casa cargado con varias latas de conserva de tamaño industrial más un tambor de detergente Colón vacío. En el cinto llevaba una bolsa atada que contenía varios palos de varios tamaños, que le estorbaban para andar. Salí a la puerta a ver adonde iba y vi que paraba detrás de mi casa, justo al lado de las escuelas, en un pequeño talud. Observé oculto un rato a ver que hacía. Lo primero que hizo fue plantar los tres palos más largos a medio metro uno de otro como haciendo un círculo. Pinchadas en ellos puso las latas de conserva, de forma que cayeran inclinadas hacia el interior del círculo. Aprovechando el desnivel del talud se sentó frente a las latas y las golpeó con los otros dos palos más cortos que le quedaban. Al ruido natural de las latas vacías se unía el que Luisito hacía con su boca, imitando el sonido de los platos de una batería. Pshhh, pssuhhuus, phasssss. Con cara de éxtasis probó las distancias a los platos ajustándolos a su medida, de modo que pudiera llegar a golpear con facilidad con sus baquetas. Cuando tenía las latas a la distancia adecuada puso en el suelo el tambor de detergente. Con la tapa puesta lo golpeó con gran pasión, haciendo movimientos rítmicos con hombros y cabeza. El tambor quedaba entre sus piernas, con él sentado a lo indio. Sin más dilación golpeó y golpeó tambor, platos y de nuevo el tambor, al tiempo que hacía sus ruidos guturales para terminar de imitar el sonido de su instrumento preferido.
 
A esas alturas yo miraba con la boca abierta absorto con la actuación del chaval, cuando en uno de sus gestos más característicos: hombros encogidos, cabeza girada a derechas, ojos semi cerrados y morros en posición de soplar, me descubrió. Lejos de sentirse avergonzado o mostrar sorpresa, siguió tocando a lo Phil Collins con todo el ímpetu del mundo. Me acerqué despacio mientras el seguía dale que dale, tambor, platos, platos, tambor, chistando con la boca, reforzando el bombo con sonidos de ventrílocuo y actuando con gran concentración.
 
Cuando llegué a su altura paró. Se presentó sin levantarse como Luisito y me dijo que esta vez había hecho una batería de tres platos y que los palos eran a medida. Me invitó a probarla, así es que me senté donde él y golpee el bombo y las latas. Lejos de sonar como un instrumento, más bien parecía un rebaño de ovejas con pastor. Evidentemente faltaba el acompañamiento en plan hombre orquesta, que yo estaba lejos de lograr comparado con la destreza de mi nuevo amigo.
 
A mi la idea de hacerme una batería me alucinaba. Toda la vida ha sido mi instrumento favorito, así es que corrí a casa en busca de unas latas y un tambor de detergente. Los conseguí con facilidad, porque mi abuelo guardaba de todo en la bodega. Llegué con ellos y Luisito, tan entusiasmado como yo, me ayudó a localizar los palos para sostener los platos y para hacer de baquetas. En menos de diez minutos ya nos encontrábamos los dos percutiendo latas y tambor con gran excitación. Estuvimos dándole caña una hora larga. Creo que interpretamos todo el repertorio de los Rolling Stones, que ya por aquella época era largo.
 
Cuando ya nos dolían los brazos de tanto tocar Luis decidió irse. No se molestó en recoger las latas, ya que tenía pensado pasarse al día siguiente para ensayar un poco más. Pero tampoco le apetecía volver andando a su casa, de modo que como imitando a un perdiguero bien enseñado comenzó a recorrer el campo y la parte delantera de las escuelas buscando y buscando. Yo, fascinado con el personaje que acababa de conocer, le seguía con la mirada sin atreverme a preguntarle nada. Tras un rato de búsqueda halló una rama seca en forma de i griega, parecida a los instrumentos de los mahoríes. La cogió por los extremos y decidió que era válida. Arrancó un trozo de papel del tambor de detergente y lo pinchó en la parte de la rama que quedaba justo delante de él. Acto seguido soltó como una especie de coz al suelo e hizo el sonido de un motor de dos tiempos, pepe peppe ppepeperrrrr ppepepepeerrrrrpepppee. Joder, se había hecho una moto con una rama seca, e incluso le había puesto cuentakilómetros (de imitación eso sí) con el papel del tambor de detergente. Me saludó con la cabeza (no podía soltar el puño del gas, no fuera a calarse la moto) aceleró a fondo y salió corriendo calle abajo por Santana en dirección a su casa.
 
Roberto Matías
Marzo de 2009
 

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