Si de algo disfruté yo de pequeño en El Maderal fue de la bici. Mi vida ha estado siempre ligada al mundo de las ruedas y el motor y, sin duda, el principio de todo fueron las excursiones y recorridos que hacía en bici con mis amigos. Cuando apenas contaba once años conocía los caminos, senderos y carreteras del término a la perfección. Con David, mi primer amigo allí, los fui descubriendo todos. Por las mañanas y las tardes después de comer yo le esperaba subido en mi BH azul a la puerta de mi casa, él en la suya roja aparecía embalado por el camino que cruzaba Santana y yo le seguía para enfilar la cuesta que nos llevaba al centro del pueblo. Normalmente en los chopos, después de haber frenado haciendo un derrape lo más largo posible, y sin bajarnos de la bici, decidíamos el rumbo a seguir. De entre todos había uno que nos ponía especialmente: bajar la Pedrera a toda hostia. Sólo había un problema, para bajarla primero había que subirla y ninguno de los dos teníamos la fuerza suficiente para hacerlo a pedales, así es que no había más remedio que empujar durante toda la larga rampa. Los que conozcan el término sabrán que la Pedrera es la cuesta que lleva al pueblo por la entrada digamos norte, o lo que es lo mismo, la contraria a la que lleva a Argujillo. El desnivel no es mucho visto ahora, pero con once años nos parecía un gran tobogán por el que las bicis se embalaban haciendo que los ojos se nos llenaran de lágrimas por el viento. Además, justo en la entrada del pueblo, había (y hay) una curva a derechas que los más valientes tomábamos sin frenar, lo cual era la guinda para un dulce y apetecible pastel.
En conjunto, iniciar el descenso, embalar la bici, coger la máxima velocidad, notar el viento en la cara, ver la curva ciega a derechas, tumbar para trazarla, salir de ella vivo y recorrer los últimos metros hasta el nogal donde frenábamos con un tremendo derrape era toda una aventura que combinaba riesgo, emoción, vértigo, diversión y que pagaba con creces el esfuerzo que costaba subir empujando durante más de media hora.
La fuerza de nuestras pueriles piernas nos permitían alcanzar, como mucho, la curva a derechas, que de subida era a izquierdas, justo enfrente de la casa de Mariángeles. Una vez allí, exhaustos por el esfuerzo y literalmente asados de calor, poníamos pié en tierra para comenzar la lenta y dura ascensión. Una de esas muchas tardes de verano que decidimos darnos el gustazo de bajar la cuesta a toda leche tuvimos un encuentro casual. Habitualmente, nada más pasar la curva, hacíamos comentarios catastrofistas a la vista de la aparentemente interminable ascensión que teníamos por delante. El asfalto alcanzaba temperaturas que literalmente lo licuaban y se producía un efecto visual curioso, pues al mirar la superficie de la carretera esta parecía moverse, como si se estuviera evaporando. Los grillos y las chicharras protagonizaban el sonido del verano en El Maderal, y aquella terrible cuesta parecía especialmente expuesta al sol y al calor, de modo que toda una orquesta de chirridos nos acompañaba. Como si fueran producto de un espejismo, a unos cien metros de la curva a izquierdas, divisamos lo que parecían dos chicas que también subían la cuesta. Ellas no llevaban bici y ni David ni yo acertábamos a explicarnos la razón por la cual esas dos chiquillas habían decidido subir por allí a pleno sol y sin la recompensa de la fenomenal bajada. ¿Quiénes serían? Había que acelerar para alcanzarlas y averiguarlo. Antes de conseguirlo voceamos en plan lugareño para llamar su atención y en cuanto se giraron, las conocimos. Eran Ana y Mariana, primas, alicantina y catalana respectivamente y miembros de una familia numerosa que se integraba en el pueblo en verano en todo su espectro, desde los más mayores a los más pequeños; deberían haberlos nombrados hijos adoptivos.
Encontrarlas por allí fue una casualidad muy agradable, sobre todo para David, pues Ana era su objetivo sentimental desde el principio del verano. Ana era una niña muy guapa, de ojos castaños, pelo moreno con media melena, no muy alta y muy bien proporcionada pues con sólo esos doce años ya mostraba una incipiente pubertad, reflejada en un cuerpo lleno de curvas que prometía en un futuro una mujer de bandera. Su mirada, siempre intencionada, también mostraba que Ana, aún una niña, tenía carácter de mujer. Manejaba perfectamente el lenguaje femenino, sabía como mirar a un amigo, diferente que a un pretendiente, como hablar para mostrar interés, o como provocarlo. Un peligro, vamos.
Mariana, mayor que ella, no era tan agraciada físicamente pero, a cambio, era aún más experta en el trato con el sexo contrario. Voluptuosa, sensual, de piel morena y algo más alta que su prima, arrastraba un acento catalán muy marcado y un tono de voz suave y meloso. Juntas formaban un cóctel explosivo.
Enseguida, nada más saludarnos, Ana captó toda la atención de David. Yo, poco o nada interesado en Mariana, acepté mi papel de entretener a la prima. Por suerte, ésta iba comiendo un bocadillo, y entre bocado y bocado poco podía hablar. Me limité a empujar la bici y a imaginar la bajada que nos esperaba.
Subimos algo más lentos de lo normal. David pelaba la pava sin tapujos con Ana y yo no sabía de que hablar con una chica que me daba mil vueltas en todos los sentidos. Cuando llegamos arriba Ana y Mariana nos dicen que ellas pensaban bajar por el camino que va a las escuelas (y a mi casa) pero que no les importaba bajar con nosotros montadas en la parte trasera de la bici. Yo avisé de que la cuesta era la leche y que podía ser peligroso. Por supuesto, no pensaba perdonar la bajada a tumba abierta después de la paliza de la subida. A ninguna de las dos pareció importarles.
Huelga decir que Ana se acopló en la bici de David y que a mi me tocó acomodar a Mariana. Ella no se había terminado aún el bocata y decidió seguir comiendo mientras iniciábamos la bajada. Incrédulo por semejante ocurrencia la avise de que debía agarrarse a mi o a la bici con fuerza: el asfalto tenía algunos baches, sobre todo uno cerca de la curva a derechas del final, que podían hacerla caer. Ella, muy pagada de si misma, renunció a tirar el bocadillo, quizá pensando que lo que yo pretendía era que me sobara abrazándome para no caerse. Allá tú, pensé.
David, que sí había convencido a Ana de que lo agarrara con fuerza, creo que sin mucha dificultad, arrancó cuesta abajo. Salí tras él sin dilación. Pronto las pedaladas eran inútiles así es que me concentré en el manillar y me agaché ligeramente hacia delante adoptando una posición algo más aerodinámica. El peso de Mariana hacía que la bici rebotara más con los baches. Por el rabillo del ojo me fijé en que la muy temeraria iba sentada en el trasportín sin agarrarse e intentando comer del bocadillo. Hacia arriba era media hora, pero para abajo no llegaba ni al minuto el descenso. Con pasajero la velocidad parecía mayor y también el riesgo, así es que decidí no intentar la curva sin frenar. Poco antes de la misma, un bache no muy bien arreglado por el caminero, con un parche medio derretido, sacudió la bici con violencia. Levanté el culo del sillín para amortiguarlo y al volver a la posición de sentado noté la bici distinta, más ligera. No me hizo falta mirar atrás para saber que Mariana se había caído. Frené a tope muy contrariado primero porque me había jodido la bajada y, después, porque estaba seguro de que el daño había sido terrible.
Retrocedí andando hasta llegar a ella, que ya había conseguido incorporarse y estaba sentada en el asfalto. Se dolía del brazo derecho y de la espalda. Eché un vistazo y quedé aterrado al verle claramente el hueso del codo asomar por una tremenda erosión. Aún hoy me siento culpable de los egoístas pensamientos que tuve, lamentando más haber echado a perder la bajada que la herida que Mariana se había hecho, bien es cierto, por su imprudencia.
Al cabo del rato, David y Ana aparecieron buscándonos. Éramos tan críos que no supimos calibrar la magnitud del desastre y nos sorprendimos casi riéndonos y temiendo por la reprimenda de los padres de Mariana, de nuevo, más que por su pobre codo y su dolor. Con gran sangre fría ella me pidió que la llevara hasta su casa, cerca de Trasoto, en la bici. Esta vez con más delicadeza y cuidado acabamos de bajar la cuesta, cruzamos el pueblo, subimos hacia Trasoto y giramos a la derecha hacia la casa de la tía de Mariana, Filo, donde se hospedaban todos. David y yo esperamos en un segundo plano mirando al suelo, adivinando el rapapolvo. No fue tal. Su madre, educada, templada y tranquila preguntó por el “piloto”, me señalé y ella, con leves movimientos de cabeza, me reprendió a media distancia. ¡Que culpable me hizo sentir! Y que culpable era. Mariana tardo casi un mes en curarse, pero yo aún me acuerdo de aquel día como si hubiera sido ayer.
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