EL GABACHO
 
Mi padre, y lo padres o madres de mis amigos forasteros de El Maderal, habían emigrado a la ciudad entre los años 50 y 60. Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia, León… habían sido el destino de familias que vieron lejos del pueblo mejor futuro para sus hijos. Algunos, los menos, incluso traspasaron la frontera norte y decidieron recalar en Alemania y Francia. De Susi el alemán ya tendré ocasión de hablar, porque el que ahora nos ocupa era hijo de un emigrante a Francia, no se muy bien a que ciudad. Tampoco se su nombre, porque el chaval jamás se trató con nosotros. Veíamos en él casi a un enemigo, y no precisamente por su aspecto, porque el gabacho tenía porte de enfermo. Extremadamente delgado, cabeza enorme, con el pelo rubio y los ojos claros como la piel, lechosa, casi cerúlea. De estatura media, no pesaría más de 35 kilos a los doce años que tenía. Pero el angelito era de armas tomar. No hablaba una palabra de español, aunque lo de gabacho lo comprendía perfectamente. David se lo llamaba cada vez que le veía, era el más cruel con él. El amigo francés respondía huyendo cuando le convenía y a tiros, literalmente, cuando podía. Tenía una escopeta de perdigones que usó contra mi y contra David un día que nos lo encontramos en medio del campo, haciendo un recorrido de los nuestros en bici. Aquel día, como otros, David le regaló su mote-insulto preferido ¡gabachooooo! ¡Bang, bang! Fue la respuesta del cabronazo. Corrimos, desde luego. Ya le pillaríamos en el pueblo, ya.
 
Y en el pueblo vimos no a él, sino a su coche, o mejor dicho, al coche de su padre: un Peugeot 504 de color blanco, faros amarillos y matrícula gabacha, claro. Lo tenía aparcado a la puerta de su casa, que estaba en la cuesta de la iglesia. David y yo, Starsky y Hutch, como le gustaba llamarnos a su madre, cabalgábamos nuestras bicis sin rumbo fijo cuando vimos el vehículo. Paramos en lo alto de la cuesta, al lado de una piedra, o más bien una roca porque era enorme. Contemplamos el Peugeot y nuestras perturbadas cabezas empezaron a dar vueltas alrededor de la idea de hacer una putada a la familia de emigrantes españoles a Francia. No se nos ocurría nada original cuando de nuevo reparamos en la gran piedra en la que estábamos apoyados. Era grande, pero su forma un poco puntiaguda la hacía inestable. Debimos pensar lo mismo David y yo (que raro) porque casi sin cruzar palabra comenzamos a empujar la gran piedra en dirección a la cuesta, intentando desequilibrarla y que rodara cuesta abajo hacia al coche. No es broma, lo hicimos de verdad. E incluso conseguimos que rodara. El primer giro lo hizo pesada y lentamente, pero en la dirección correcta: cogió la parte de la calle más inclinada. Así, el segundo giro lo hizo más rápido, y el tercero un poco más, hasta que el enorme pedrusco enfiló cuesta abajo directa al coche del gabacho. David y yo esperamos a ver que pasaba, deseando que la roca de un metro de diámetro y formas irregulares rodara más deprisa y aplastara el elegante Peugeot 504 francés. No nos asustamos ni arrepentimos, ni teníamos sensación de peligro, ni siquiera salimos corriendo por si alguien llegaba. La idea nos pareció buenísima, además de original: aplastar el coche del gabacho con una piedra. De hecho, cuando ésta se paro a pocos metros del coche nos cabreamos bastante, porque la distancia a la que quedó no era suficiente para volver a empujarla y que cogiera inercia como para destrozarlo, y una oportunidad como esa no se presentaría fácilmente de nuevo. ¡Que mala suerte!
 
Por la noche, contamos la ocurrencia y el final infeliz a toda la tropa, que alucinaba. Lo hicimos mientras caminábamos en dirección al cementerio en uno de esos paseos-excursiones que solíamos hacer cuando no se nos ocurría nada mejor y las chicas decidían acompañarnos (con ellas no había manera de hacer gamberradas como es debido) Cuando llegamos enfrente de la que hoy es la casa de Diego, vimos a unos diez metros el cartel que anunciaba las obras que iban a acometer en la carretera, o mejor dicho, camino, que unía El Maderal con Argujillo. Lo habían plantado a la derecha, en el cauce del arroyo y representaba un blanco perfecto. Éramos doce o trece y comenzamos a apedrear el cartel con piedras cada ver más gordas. Cada uno tiramos por lo menos diez o doce pedradas, que no todas impactaban contra el cartel. Cuando lo hacían sonaba como las campanadas de la iglesia: ¡taaaang!, ¡taaaang!, ¡taaaang!... y cuando no, pasaban por arriba o por debajo y acababan en el agua o contra los árboles. Dejamos el camino-carretera sin una puta piedra. Así la lapidación del cartel cesó por falta de munición. La pausa en las hostilidades nos animó a observar los resultados de tanta pedrada cuando, al acercarnos, absolutamente pálido y cagado de miedo, con la boca abierta y sin perdernos de vista vemos como el gabacho sale de detrás del cartel con paso lento, como pisando sin querer pisar, con una linterna en la mano. Nos miramos durante un rato, nosotros avanzando por el camino y el quieto, virando hacia nosotros para no darnos la espalda. El tío se había escondido detrás del letrero del MOPU jugando al escondite con sus dos primos (que era con los únicos que se trataba) y se encontró con la tercera guerra mundial a base de pedradas. Ni habiéndolo planeado nos habría salido mejor. Cuando le dejamos definitivamente atrás comenzamos a reírnos y a hacer comentarios sobre la magnífica jugada que acababa de producirse. Cualquiera sabe lo que el pobre gabacho contaría a sus amigos franceses del trato que en ese pequeño y hostil pueblo castellano le daban los españoles. Ríete tu de Asterix y Obelix.
 
Roberto Matías
Marzo de 2009
 

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