EL FRONTÓN
 
Allá por los años 80 el frontón de El Maderal revivió. Se limpió, arregló y aseó de modo que pudiera usarse. Al principio sólo era un frontón muy sencillo de una pared. Poco después se convirtió, además, en una cancha de tenis y en un lugar de reunión maravilloso.
 
Las tardes en el frontón eran realmente especiales. Cada uno llevaba su raqueta, un par de bolas y ropa de deporte. Nos juntábamos diez o quince con mucha facilidad. El frontón era un catalizador social, porque en él tenían cabida hombres, mujeres, niños, niñas, del pueblo, de fuera. No había límite en ese sentido. El propio juego del frontón y el tenis congregaban a seres de todas las edades y condiciones que, eso sí, quisieran pasar una buena tarde de deporte y “risas”.
 
Una vez se pintaron las líneas de la cancha de tenis y puesto la red lo normal era jugar al tenis más que al frontón. Al principio de la tarde, a eso de las cuatro y media o cinco, los partidos eran de dobles, para aumentar las posibilidades de participar y aligerar la lista de espera. Había parejas fijas, casi inseparables: Luci-Aure / Javi y yo / Javi - Carlos / mi padre y Toyano… y, como dijo aquel, un largo etcétera.
 
La competitividad era alta, aunque había mucho fair-play, que duda cabe. Siempre existía algún pique que otro, sobre todo entre parientes, que tenían más confianza. Eran realmente buenos los de Javi y Carlos. Javi, más tranquilo y Carlos, más sanguíneo. El nivel de Javi era algo mayor, pero lo que realmente le hacía ganar partidos era su temple. Rara vez se le veía perder la calma y, por tanto, fallar bolas fáciles. Carlos, jugador de saque red, era capaz de dar la vuelta a un juego perdido y, al siguiente, palmar el saque en blanco. Era divertido verles de pareja, pero lo era muchísimo más cuando se enfrentaban en individual o dobles. No había bola a la línea sin discusión de por medio, ni momento durante el juego en que no se echaran cuentas a ver que tanteo era el que realmente era; porque “cero cuarenta es imposible, que he sacado sólo dos veces”, se oía de forma habitual... y a contar.
 
Como en todo, los había más “profesionales” y más “amateurs”. Juanma era de los “profesionales”. Por lo visto, jugaba habitualmente una liguilla en Salamanca, lo cual ya le daba cierta categoría. Además, tenía una Dunlop Maxplay, la misma que McEnroe. Sin duda, era la raqueta del momento. Él, siempre muy presumido, desenfundaba su herramienta las pocas veces que se dejaba ver, pasaba unas cuantas bolas con algún adulto y se iba. Era mejor que cualquiera de los presentes, y la pista tampoco es que fuera una maravilla, así es que la motivación que tenía apenas pasaba de mostrar su flamante Dunlop con cordaje de tripa (regalado por el fabricante, por supuesto, que para eso jugaba en Salamanca)
 
Recuerdo las dejadas de Luisito con su raqueta Adidas, el revés cortado de Toñín el de Amadeo, el look de Luci, clavado a McEnroe, y los tacos terribles de Aure cuando fallaba, yo me partía de risa con eso, casi se hacía de noche cuando juraba.
 
Mi padre, Toyano, Luci, Aure y algunos más de cuyo nombre quisiera, pero no logro acordarme, eran bastante más amateurs. A veces nos dejaban jugar con ellos mezclando las parejas. Para mi hacer pareja con mi padre era lo más. Sentía cierto orgullo de que mi padre estuviera allí, porque no era lo normal, la mayoría de los padres no frecuentaban el frontón. Sin embargo, el mío, no sólo frecuentaba aquel frontón/pista de tenis, sino que, además, durante el resto del año jugaba conmigo al tenis en Madrid los fines de semana. Mi padre tenía muy buen perder, no como yo, y nunca me reñía ni me exigía nada. A veces, para mi, esa era la mayor de las exigencias.
 
Uno de los sobrinos de Filo (creo que era sobrino) sí que sabía jugar bien. Era el mejor de todos los que pisaban por allí, mucho mejor incluso que Juanma, el profesional, y jamás alardeaba. Que pena no recordar su nombre. El tío entrenaba en Alicante y tenía un estilazo tremendo. Ni Juanma, ni los mayores, ni leches. Éste jugaba de verdad. El tenis era y es una pasión para mi, y cuando él podía se quedaba entrenando conmigo un rato al final de la tarde. No ocurrió muchas veces pero nadie sabe lo bien que lo pasé jugando aquellas bolas con ese entonces muchacho. Me aconsejaba alguna cosa, me hacía correcciones, pero, sobre todo, me hacía sentir bien. Todos allí jugábamos de oído, es decir, éramos autodidactas. Algo imposible en el tenis. Aquel muchacho no. Él tenía escuela y técnica. Sentí mucha envidia de la posibilidad que él tenía de entrenar de verdad, de asistir a clases, de corregir errores, de aprender. Le veía pegar a la bola, devolver mis tiros erráticos, bolear para hacerme repetir la derecha, sacar despacito para que yo restara, y era un niño feliz. No me cabe duda que fue él quien me dio el empujón definitivo para buscar la posibilidad de asistir a clases de tenis en Madrid. Cómo me gustaría acordarme de su nombre.
 
Roberto Matías
Diciembre de 2010
 

© Villa de El Maderal (Zamora) - 2002/2012 - www.elmaderal.com