Otra vez el hombre, vertiginoso volcán sangriento,
es quien socava la acera y la calle donde juega el niño,
esparciendo sus sesos a los pies de la madre
que ya no lo oirá llorar.
Ni reír jamás.
Otra vez más, y otra, otra más…
y no será la última lluvia de miembros,
de manos
que ya nunca acariciarán,
ni cogerán la fruta madura
del árbol.
Es inútil,
aunque se pida una y mil veces la voz y la palabra.
Siempre hubo dos hombres sobre la tierra:
el hombre de la lanza,
y El Hombre de la paz.
Hay un hombre que vive
en la ancestral caverna del vientre de la bomba.
Hay otro Hombre que vive en la flor de la vida…
y para la vida.
Pero puede más la granada que deja ciego,
o mudo para siempre;
pero puede más esa flor
de racimos
de hierro mutilador,
que la espadaña con pájaros
del cañaveral milenario,
que a orillas del Tigris,
mueve el viento del primer poema.
Nunca sabremos si aquella primera paloma del verso
llevaba en su pico la rama del olivo,
o portaba el infierno de la daga que se clava en la garganta
y deja sin voz el pecho.
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