EL UNO DE NOVIEMBRE
Nido negro y sin ventanas,
solitario nido de polvo
donde ahora te me escapas.
Y habrá flores para ti
¡mi pequeña!
el uno de noviembre,
porque con lágrimas,
el recuerdo,
la vieja llama enciende.
¡Habrá flores para ti
el uno de noviembre!
Yo mismo las he cuidado
y regado en el verano.
¡Flores para ti,
mi pequeña!
¡Para ti,
que volabas pisando las calles
con la mirada en los labios…
Nido negro y sin ventanas,
solitario nido de polvo
donde ahora te me escapas.
Yo preferiría mejor gritar
en los desfiladeros tenebrosos,
en los anillos de los pozos sin eco
donde la dulzura se parte,
en las imposibles cavidades convexas
donde el amor, aterido, resbala.
Mi pequeña,
yo preferiría
el imposible
de la flor
de tu voz
sobre La Tierra.
SINE DIE (Homenaje a Las Vanguardias)
naturalmente he ahí un horizonte de acurrucado
como si vendiera por el París glorioso
una cresta de barda
y no su hermoso jergón “trísemico” de polvo insigne
que tiñera mil revoluciones inacabadas
no hay rito en el parque donde ya no duermen alondras
pues por unos vasos traspasados de arroyo
caminan cucharas escarbantes de médulas
no hay no y os lo digo entre la bastedad del amor
una esperanza más grande que lo cierto
ni toro-padre hay tan pequeño que no brame
su imperioso amanecer de lujuria y ocaso
quizá volviera a mi lechoso trono de boñigas
si recordara como amables las pajareras
y si los pilones
rotos por los criterios de los romanos
retornaran a su imperio feliz?
sine die le di mi amor apasionado
al estúpido contraste de la cigüeña
al efímero vibrar de las palabras en la garganta
al embuste de todo cuanto tuvo valor de inicio
Sine die para qué la esfera o esta suela de zapatilla
este dolor donde resumo esta estancia sin viga maestra
este recuerdo agradable de corredor de varillas de cohete
ahora enlutado para siempre
BERGANTÍN
Entre la luz de la luna de agosto
el sombrero vertí en la calle
acometido por una riada de los besos.
Era allí el último palpitar de las luces.
Mañana sólo quedará la luz fría de la luna,
efímera fragancia,
quien con los labios como mástiles,
como velas navegantes entre almendros erizados
por la brújula del viento,
añadirá alas tristes al recuerdo.
Pero he de decir que también fue tu cintura
una sentina tormentosa de agua fresca,
una rosa loca abierta a los cuatro vientos,
un milagro imposible de olas gigantescas
donde navegué a veces como un náufrago afortunado
por la mar océana de su piel coralina.
|