EL CARRO DE AMADO
 
En esta historia recuerdo que participamos al menos cuatro amiguetes de la época: Jerónimo, Óscar, Susi el alemán y yo mismo; además del sufridor de la trastada, Jandri (hoy con 40 años ya, seguramente, Alejandro). Pero antes de dar mi versión de los hechos (del todo increíbles) quisiera pedir a Jerónimo y a Óscar -e incluso a Alejandro si el rencor ya no le reconcome-, y a cualquier otro de los colegas que pudiera haber participado y mi memoria haya olvidado, que se anime a contar el asunto desde su perspectiva. Y lo pido porque para mi, igual que para Óscar que me lo confesó hace poco, la noche de la aventura con el carro de Amado fue uno de los momentos en los que más me he reído en toda mi vida, y porque, por lo increíble de la historia, a veces dudo si fue real o lo soñé en mi entonces piltra con colchón de lana y sábanas de Portugal.
 
Resulta que aquel verano nuestra peña tenía su sede en una bodega cercana a la iglesia. La verdad es que no recuerdo de quien era, pero sí que nos obligaba a alejarnos más de la cuenta del centro del pueblo y a transitar zonas poco frecuentas por nosotros, y menos de noche. Aquella no era una noche especialmente divertida, ni tampoco señalada. No había baile, no había toros, no había nada. Las fiestas aún no habían comenzado, aunque quedaba poco. Mi memoria no es tan precisa en los detalles como otras veces, y creo que el motivo es por el impacto tan fuerte de los acontecimientos que provocaron en mi y en mis compañeros una risa absolutamente enferma y cruel que acabó con nosotros en el suelo sin poder controlarnos ni levantarnos y con un dolor de barriga propio de un cólico o un empacho. Lo cierto es que ya era muy tarde, seguro que más de las cuatro de la mañana. Andábamos sentados en la puerta de la bodega al menos Óscar, Susi, Jerónimo y yo pensando en irnos ya a casa. La limonada había hecho ya sus efectos en algunos de nosotros, yo no solía beber, y aunque nos resistíamos a terminar con la noche el cuerpo nos pedía lo contrario.
 
Estábamos en esas cuando reparamos en un carro que se encontraba muy cerca de la puerta de la bodega. Alguien dijo que Jandri estaba en él tumbado y durmiendo. El Ceju, como todos le llamábamos, solía ser el centro de alguna que otra broma y a esas horas empezamos a fraguar la idea de gastarle una de cinco estrellas. Para situar un poco más la escena hay que recordar que la parte de detrás de la iglesia es una cuesta bastante pronunciada (mejor dicho: una cuesta acojonante) que enlaza con la calle que tras una curva cerrada que rodea la iglesia llega hasta la plaza. Jerónimo, que no tenía entonces ni una sola idea buena y animado por el grupo, se levantó y se acercó al carro para empujarlo cuesta abajo con Jandri a bordo. Nosotros, que creímos leerle el pensamiento, fuimos detrás. El carro parecía un barco varado, con el mástil apuntando al cielo negro, que lucía un millón de estrellas. Hacía bastante frío a esas horas, aunque estábamos en pleno julio. Jerónimo saltaba para alcanzar el mástil del carro mientras Susi y yo ya empezábamos a empujarlo para orientarlo cuesta abajo. El Ceju, dormido como un tronco, no daba señales de enterarse. A todo esto, Óscar, el más formal de todos con bastante diferencia, situado como a un metro de la escena, narraba los hechos entre incrédulo y eufórico, a saber: "¿pero que hacéis?" "¿no iréis a tirar a Jandri por la cuesta?" "chicos, ¿estáis locos?", "¡No!", "¡No!", y las primeras risas, "ja, ja, ja, ja, ja". El carro, animado por la cuesta tan pronunciada, comenzó a moverse poco a poco pero ya de forma inexorable, imposible pararlo. Jandri, tumbado en el carro como estaba, despertó y asomó la gaita como pudo para ver nuestra caras descompuestas por la euforia y la risa, que estalló como lo hace un globo de agua contra el suelo en cuanto le vimos mirarnos con esa faz soñolienta y esa única ceja que en aquellos tiempo le valió el sobrenombre de Ceju, por cejudo. No podíamos ni hablar de la risa. Un carro comenzaba a ganar velocidad rozando su viga contra el suelo y haciendo un ruido de madera arrastrada. En él, un crío de doce o trece años con cara de caricatura se sujeta como puede no creyendo lo que estaba pasando. Otros tres o cuatro, autores de de la... no se ni cómo llamarla, corren tras el carro riendo a vida o muerte, casi tropezando, a veces lamentando el hecho y ya imaginando la magnitud de la trastada que, sin lugar a dudas, iba a marcar un hito en aquel verano de los ochenta. A todo esto la cuesta se iba haciendo poco a poco más pronunciada y el carro corría más y más: como nuestra risa. Gritos, carreras y poco a poco el miedo: ¿dónde iba a parar el carro? ¿contra que iba a chocar? ¿qué iba a romper?
 
El carro, que ya había alcanzado su velocidad de crucero, rebotaba en los baches de la calle/camino, y los rebotes hacían que viéramos a Jandri dar tripazos. Nos daba una pena... Una ligera curva a izquierdas hizo que virara ligeramente pero de forma suficiente como para apuntar hacia el exterior de la calle, donde había una especie de valla de las de entonces (palos y alambres puestos de cualquier manera y piedras a modo de muro) Estaba claro que el choque era inminente. ¡¡¡Bouumm!!! Y silencio. El golpe hizo que el carro quedase como lo encontramos al principio, con el mástil apuntando al cielo. ¿Y el ocupante/viajero? Fueron unos segundos que se hicieron largos, la verdad, pero que valieron la pena. No nos atrevíamos ni a acercarnos. Paso a paso oteamos con la risa a flor de piel. Y, de pronto, el amigo Jandri aparece entre el carro y la valla, se pone de pié y con las manos en los riñones estira la espalda hasta combarla y mira al cielo, como el mástil. A su lado, como una aparición, vemos a otro de los colegas de entonces aparecer: el gallego. Todo un personaje, por cierto. El amigo estaba con él en el carro, pero el tío se había agarrado de tal forma que no habíamos podido ni verlo. La escena podía catalogarse de absolutamente surrealista porque, además, ninguno de los dos se enfadó. Nos vieron reírnos tirados por el suelo y les contagiamos la risa, inconscientes ellos y nosotros de la que podíamos haber armado. Había que estar “colgao” para lanzar cuesta abajo y sin control un carro de al menos 500 kg con dos chavales en él y a las cuatro de la mañana. Y nosotros estábamos pero que muy “colgaos”, indudablemente.
 
El resto de la noche, incluidos los minutos previos a quedarme dormido en mi cama, la pasé, pasamos, riendo como putas. Era imposible parar. Aún hoy, recordándolo al escribirlo, me río y mi mujer me mira, pero yo, incapaz de contarle la historia, disimulo y le digo que es por una gracia del Luisma, el de “Aída”, la serie de Tele 5. Me acuerdo de Óscar y de sus sonoras carcajadas, de Jerónimo haciendo comentarios de los suyos muy preocupado por el estado del gallego y de Jandri: “¿Qué hacíais en el carro? ¿Te estaba tapando el agujerooo?, y venga reír, y de Susi, con su acento medio andaluz, medio alemán, enfatizando en el golpe del carro contra el muro y en la cara de sus pobres ocupantes.
 
Al día siguiente, Amado, el dueño del carro, se acercó a nosotros, que tomábamos el aperitivo en “La Bodeguilla”, y sin saber a quien dirigirse, muy serio y haciéndose el enfadado va y dice: “Quiero ver el carro donde estaba”. En eso estábamos pensando precisamente, en empujar el carro cuesta arriba hasta su “parking” inicial, no te jode.
 
Roberto Matías
Noviembre de 2010
 

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