Hemos vivido unas navidades en “La Villa” bastante “niebladas” y escarchadas.
Los días sólo estaban para braseros, lumbre de hogar o calefacción.
Ha sido la juventud, como siempre, la que ha tirado del carro de la alegría,
lo comprobé en Nochevieja, en un pueblo, que por desgracia, le empieza a ver, seriamente, las
orejas al lobo de la despoblación que comenzó en los sesenta. ¿Sabéis por qué? Porque la
mayoría de los hijos de los hijos de los primeros emigrantes ya no se han criado en el pueblo,
puesto que no hay nada como la infancia para echar raíces, de hecho se dice que es la única
patria de “Hombre”, La Infancia. Los últimos versos de un poeta universal, como es Machado, en
su trágico destierro de Coillure (Francia) son estos (Según la película “Soldados de Salamina”),
versos grandiosos y sintéticos, quizá de su último poema, inacabado:
“Estos días azules,
y este sol de la infancia.”
Pero retomando lo de los braseros, hay que decir que en El Maderal tenemos
más sitios para ir, sino de bares como antes, sí de bar, y lo que es más importante, podemos
decir… “Vamos a la bodega a merendar”, o simplemente… “Vamos a echar una pinta a la bodega”,
cosa que aquí en Madrid no le he oído decir a nadie, y eso que tienen de todo (dinero por
supuesto, que sirve para lo que todos sabemos) además de ideas geniales, pero hermanos y
hermanas, creédmelo, no tienen bodegas los madrileños. La bodega es el monstruo sagrado de “La
Villa”, el día que caiga, habrá caído la esencia del Maderal y podremos hablar del fin de una
civilización.
Hace un año os conté historias de Carlos “El de las Borlas”, ahora voy a
hablaros de Enrique “Tateles”, primo carnal de mi abuelo Miguel “El Potaje”, y tabernero mayor
en La Calle Larga, donde ésta termina.
Fue famoso Tateles por la manera de llevar su taberna, la cual se encontraba
en el segundo piso de la casa, en la llamada alcoba grande, acondicionada a tal efecto. Era su
menester, como no podía ser de otro modo, satisfacer la sed de sus clientes, pero esto lo hacía
con una impronta peculiar, que consistía en que por cada copa que tomaba el cliente, él, se
tomaba otra. Quiero dedicarle unos versos a este lejano familiar mío, digno hijo de Baco:
Tateles, tocayo,
Nunca me vieron tus ojos
Empapado en alcohol,
Al piano de un sábado,
Vencido por una mujer.
Porque riela absurdo el amor
Entre el viento y la niebla,
Porque mi mano no tiembla
Cuando oigo una voz
Que desde el pasado me dice:
Agárrate a la pasión.
Enrique “Tateles” murió trágicamente arrollado por un coche en Salamanca,
donde fue emigrante. Dicen que salía de un local y atravesó la calle sin mirar. Pero antes,
algún tiempo antes, cuando aún era habitante del Maderal, le gastaron una broma, ingeniosa,
sino fuese por la crueldad que lleva intrínseca. No sé si con taberna o sin ella, con posada o
sin posada que me dicen también tuvo, esta vez en “La Calle de la Manteca”.
Tenía Tateles una pareja de vacas, a una de las cuales llamaba él
“Ventanera”, de cuyo cuello colgaba un cencerro, que producía un sonido que el dueño de la vaca
reconocía al instante.
En aquellos tiempos no existía la luz eléctrica. Eran tiempos de candil o
farol. Ellos, los burladores, para divertirse, entraron en la cuadra a media noche, le quitaron
el cencerro a “La Ventanera” y se fueron a tocarlo donde fuera oído desde la cama por Enrique
“Tateles”, quien cuando percibió el tolón-tolón, se tiró rápido de la cama, encendió el candil,
y se terminaba de vestir cuando su mujer lo increpó:
-¡Estarás tonto! ¿Dónde vas a estas horas con el frío que hace?
-¿Es que no oyes? “La Ventanera” se ha escapado de la cuadra.
Ya en la calle, estuvo Tateles, de La Ceca a La Meca y viceversa, siguiendo
al cencerro que sonaba aquí y allá, el tiempo que quisieron los usurpadores de la identidad de
“La Ventanera”, quienes no paraban de reír, mientras el burlado repetía por enésima vez sin
pausa…:
-“Ventanera” maja, ven “Ventanera”.
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