LA INVITACIÓN QUE NUNCA LLEGÓ
 
Don Tomás de procesión en El Maderal / Foto cedida por Vicente Vaquero. FLORENTINO PÉREZ VAQUERO.
Hay noticias que te hielan la sangre. Esta mañana he recibido una llamada telefónica que me ha dejado sin aliento. Era Roberto Castaño, uno de los tres curas de la ciudad de Toro, para comunicarme que Tomás de la Iglesia -don Tomás, como cariñosamente le llamábamos- había fallecido en la pasada madrugada.
Durante casi tres decenios, don Tomás había sido el párroco de El Cubo del Vino, Mayalde y de El Maderal. En estos pueblos llegó a ser toda una institución. Y no sólo de cara a sus feligreses, sino también dentro del mundo del peregrinaje a Santiago de Compostela. Desde hacía ya bastantes años, había transformado una de las salas parroquiales de El Cubo en un socorrido albergue de peregrinos que por la Vía de la Plata se dirigían hacia la tumba del Apóstol. Recuerdo que en cualquier rincón de su casa te podías encontrar una postal enviada desde Suiza, Alemania, Francia, Australia... agradeciéndole la hospitalidad demostrada. Pero si en alguna parte del mundo recordarán a don Tomás con cariño sincero y agradecido, eso es en el presbiterio de Zamora. Para quien no lo sepa, este cura no sólo acogió en su casa a peregrinos, presos y mendigos, sino también a seminaristas mayores que realizaban con él las prácticas de pastoral durante los fines de semana. Somos muchos los que hemos pasado por él y ahora servirnos a las gentes de nuestra Iglesia como curas en otras comunidades.
Yo todavía no soy cura, sino diácono, pero el próximo 26 de octubre, junto con mis hermanos Luis Santamaría y Fernando Lorenzo, seré ordenado sacerdote por nuestro obispo D. Gregorio. Entre todos los preparativos de la ordenación, hay una cosa que realizamos con mucha ilusión: entregar a cada cura de Zamora una sencilla invitación comunicándole la fecha, el lugar y la hora de este acontecimiento tan importante para nuestras vidas. La de don Tomás se la iba a entregar yo. La tenía preparada en un sobre, y hasta le había puesto unas letras de agradecimiento por los cinco años que pasé a su lado. Todo era poco para transmitirle el afecto y cariño que le tengo.
Por desgracia, esa invitación nunca se la podré entregar. Sin embargo, puedo decir convencido -aunque con lágrimas en los ojos- que el día que me ordene sacerdote y esté tumbado en el suelo de la Catedral, mientras se cantan las letanías para pedir la intercesión de los santos, don Tomás estará allí intercediendo ante Dios por los tres nuevos curas.
 
La Opinión de Zamora, 2 de octubre de 2008 
 

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