DE PUEBLO EN PUEBLO: EL MADERAL, TIERRA DE BUENOS VINOS Y MEJORES AJOS
 


Vista parcial de la localidad de El Maderal.

Los habitantes de El Maderal viven orgullosos de su pasado porque, según afirman, la madera de la zona se utilizó para construir la Armada Invencible, el pueblo es la cuna del comunero Maldonado y fue la fortificación del conde de El Maderal «que tuvo derecho de pernada». Además, alaban su vino como el mejor de la tierra. Y lo mismo dicen de sus ajos. La agricultura de secano se impone al regadío y el ovino a cualquier otro sector ganadero. Los toros son una pasión festiva en este recogido enclave humano.

Vicente Díez (dcha.) y Antonio Almaraz .

Las naves de la Armada Invencible, que sucumbió con estrépito a los temporales en el Atlántico, se construyeron, en parte, con madera cortada en los bosques del término de El Maderal. Los álamos y los negrillos de la zona llamaban la atención por su grandeza y su solidez. «Es lógico que el nombre tenga que ver con la madera, porque si dijeran mataperros otra sería su razón» afirma Vicente Díez, de 76 años, que como otros jubilados sale a la calle a respirar los aires. Hoy el paisaje ondulante y de vaguadas ofrece un escenario altamente talado y reiteradamente roturado por la actividad agrícola.

Pero El Maderal guarda en su historia otras sorpresas o valores que ponen de manifiesto un enclave señorial y una morada de hombres inusuales, capaces de todo, hasta de levantarse contra el todopoderoso Rey Carlos V como sucedió con el líder comunero Francisco Maldonado, que los maderanos sostienen que vio la luz en este escondido rincón, aunque los documentos lo citan como hijo del pueblo salmantino de Bonilla de la Sierra.

La iglesia de Nuestra Señora de la Magdalena, que parece presidir por su ubicación y su grandeza el núcleo, fue anteriormente una fortaleza donde residió el conde de El Maderal, «un señor con derecho de pernada» al decir del párroco Tomás de la Fuente Santos, que ha ojeado no poca documentación al respecto. La intención del conde había sido enterrar a los hijos en El Maderal, pero el destino alteró tales intenciones y fueron sepultados en Salamanca.

Las gentes hablan de un subsuelo «minado» por los túneles; y se hace alusión a uno trazado desde la iglesia hasta "Tarasoto". Son vías subterráneas construidas en las fortificaciones para escapar de los asedios cuento éstos se tornaban indefendibles.

Llama la atención de los foráneos el espíritu un tanto libertario que estilan algunos personajes de este pueblo, que aparece como camuflado en una vaguada recorrida por el primer curso del río Talanda. «Los hay que tienen un don especial para la música» afirma el propio secretario Miguel Ramos, que resalta el carácter acomodaticio de las gentes.

La agricultura es la actividad principal y se ejerce por un término que ronda las 3.000 hectáreas, la mayoría de secano. El trigo, la cebada y la avena destacan entre los cultivos y, en la zona de regadío, la remolacha y el maíz. Sin embargo, un cultivo goza de todas las bendiciones: el viñedo. El vino gusta por vivir y todo son alabanzas. «Se superarán las 50.000 cepas y se pueden recoger más de 150.000 kilos de uva. El vino es el mejor de la comarca. Tenemos albillo común, moscatel, tinta, malvasía y verdejo» comenta Antonio Almaraz, otro de los paseantes. Empero, algo habitual en los pueblos vinateros, «la mayoría de las bodegas, que antaño se mostraron espléndidas, no tienen uva» y presenta un triste aspecto. Otro producto elogiable son los ajos.
La ganadería resalta como otra de las actividades capitales de los que habitantes en activo. El censo ganadero se cifra en unas 2.500 cabezas de ovino, unas 400 vacas, unas 150 cerdas y 95 perros. 

Un grupo de alumnos de El Maderal en plenos ejercicios escolares.

La escuela, asentada en un montículo que ofrece todas las vistas de una atalaya, está habitada por un colectivo de once escolares, cuyo benjamín en Mario. Es día de inglés y el grupo se subdivide en dos para recibir con más provecho la enseñanza del idioma. Los alumnos muestran una aparente buena disposición para los libros; incluso hacen gala de un orden y una disciplina ejemplar. Juan afirma que quisiera ser «ganadero de toros bravos», Susana «cantante» y el pillo de Tomás «policía», según comenta, para meter en vereda a sus compañeros. El centro mantendrá la población escolar el próximo año, lo cual es una suerte envidiable en el medio rural.

Raimundo Matías Benito que explica la vida en sus años mozos.

Urbanísticamente la remodelación y la actualidad va suplantando todo atisbo de antigüedad en El Maderal. El ladrillo, el cemento y las nuevas formas -como chalés- sustituyen al adobe y al tapial. Raimundo Matías Benito, de 86 años, que disfruta del aire en lo alto de una costanera, ha visto la evolución. «Hice la casa hace 52 años. La gente me ayudó a arrastras las cosas. Me costó 22.300 pesetas, que ahí las tengo apuntadas. Ahora he cambiado el tejado y me costó un millón».
La iglesia de Nuestra Señora de la Magdalena, grande y visible y hoy día mejorada, tiene sobre sí dos fuegos. Uno en plena república «en que se quemó el techo y el altar mayor», y otro cerca de las postrimerías del franquismo que abrasó otros dos altares. Las llamas también se llevaron consigo diversos documentos y sus valiosas referencias históricas.

No necesitaron los moradores alejarse demasiado para conseguir los materiales ni para llevar los oficios adelante. Germán Ramos atendió El Tejar, la fragua estaba en manos de Victoriano López y Dámaso López y hasta el ganado estuvo atendido por "bulleros", que cuidaban de que no penetrara en fincas particulares.

La mejora también ha tocado al curso del río Talanda que se ha canalizado a su paso por el pueblo. Juan José Santos trabaja estos días en la ampliación de un puente para permitir el acceso a una de las viviendas. Socialmente, la despoblación es un fenómeno al que no logrado escapar, pero sin llegar al extremo de otras localidades que parecen morir durante el invierno. Aquí palpitan más de 300 almas, muchas, eso sí, jubiladas; y otro número significativos de solteros. Es gente de buen humor. «Para los solteros que somos bien hay para cargar un autobús de mujeres y que vengan a ver si cuaja algo» comenta uno de los integrantes de tan distinguido gremio. Para mayor gloria, corren libres solteros de todas las edades, incluso septuagenarios y octogenarios. El sector de jubilados suma unos 87 «y el de viudas 25». Está todo contado y requetecontado en El Maderal porque hay tiempo para todo.

Dominica López a punto de cumplir el siglo.

Dominica López Gómez cumple el siglo el próximo día 23 de marzo. Responde con una firmeza chocante una vez que entiende la pregunta. «Le gusta que le den conversación y quiere compañía» afirma un familiar. Es un vivo ejemplo de una persona de avanzada edad que trabajó hasta que se agotaron las fuerzas. Por contra, Inés Sastre, de tres meses, y Jorge Martín, de seis, son los últimos naturales de la localidad.

La guerra civil no dejó en este pueblo el reguero de muerte que en otros del entorno porque a los falangistas se les impidió el asesinato. Sin embargo, «a algunos les metieron la camisa para dentro del cuerpo» al decir de un vecino que menciona, entre los golpeados sin piedad, a José, Chisdenvinto y Nemesio. «Fue a pleno día. Les metieron en un corral y les dieron una paliza de miedo». El alcalde y el secretario intercedieron ante el Gobernador y se aplacaron las ansias. «Eran cuatro sinvergüenzas de Argujillo». En el frente bélico murieron cuatro maderalos.
Durante la guerra a los pocos que se quedaron les tocó trabajar más que nunca. «Cuando vayas a labrar la tierra si la de al lado es de alguien que está en la guerra, lábrala» le decía el padre a Raimundo Matías, «porque había que hacer el oficio a quienes no podían». Afirma Raimundo que durante el fraticidio «nos hicimos al ruido y nos dijimos: lo que haya de ser, será; y todas las noches había baile». Entre los «buenos» músicos se menciona a Lorenzo Romo que tocaba el laúd.

El toro y los festejos taurinos son palabras mayores en este pueblo. Se viven con emoción desbordante y con pasión.
La caza es otro de los alicientes. Unos 75 cazadores -entre escopeteros y galgueros- buscan la suerte por el coto de Santa María Magdalena. Se culpa de las reducidas existencias a las aves rapaces. «Las hay a millón. Son una plaga. En "La Reguera" hay una alameda donde a la postura de la tarde se pueden ver doscientas». ¿Eliminar? ¡Cualquiera las mete mano. Andan los verdes todos los días!
El Maderal, recogido en unas de las vaguadas de la ondulante orografía de Tierra del Vino, reivindica cobertura para los móviles y mejor carretera para vivir la vida con la felicidad debida.

El carpintero Marcial Pérez en su taller.

Marcial Pérez, nacido en Francia, conoce perfectamente el oficio de carpintero porque lo ha vivido durante toda la vida. Su padre Agustín Pérez tomó la iniciativa en este ramo. A los dos años vino a El Maderal pero regresó de nuevo a Francia con 27 años y allí pasó otros tres en contacto con la madera.
Aún conserva aparcada en un trastero la moto, marca "Fondria", que compró -y que vende a quien le interesa- y en la que se desplazó desde Burdeos. «Salí a las cuatro de la mañana y a las once de la noche estaba aquí» recuerda con cierta satisfacción. «Era un vehículo elegante. Con cuatro velocidades» precisa.
Marcial Pérez también compró coche, pero lo dejó en el país vecino «por no pagar la aduana».
Su carpintería ofrece el tipismo de las industrias artesanales y familiares, aunque han quedado aparcados a los anaqueles las herramientas que durante muchos años hicieron su papel y que siguen tan firmes como el primer día gracias a que se hicieron con la mejor madera posible.
Garlopas, machimbro, cepillos, moldaduras, cepillos, guillamen y otras piezas, trabajadas con el puro corazón de encina, siguen ahí sin mácula alguna a pesar de los muchos años y del mucho uso. «Estas las hacían los presos» afirma Marcial Pérez, que las conserva con un evidente aprecio. En la artesanal carpintería se sigue trabajando con fidelidad en la ejecución de puertas, mesas, sillas y demás elementos. Sin perder el ritmo, diente a diente se va afilando la sierra que ha suplantado y dejado atrás al tronzador.

 
La Opinión de Zamora, 6 de marzo 2002 
 

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