No se puede conocer qué enclave de La Villa de El Maderal posee más magia, porque
cada divinidad que tiene bajo su protección uno de esos maravillosos lugares, hace lo
imposible por engrandecerlo, Bel en Las Belliscas, Obi en Valdeobispo o Riga en La
Reguera, pero este es el momento del Teso de La Horca, cuyo nombre evoca al Demonio
Mediterráneo de Los Muertos Orco, o al revés, El Lúgubre Barquero de Las Divinas Aguas
Caro, ambos guías sempiternos de nuestros corazones por la oscuridad del Tiempo, que La
Noche del 23 de Agosto del año 2008, estaban homenajeando a ese tenebroso rey en la
cumbre de su ceniciento altar, donde por sexta vez 14 comensales configurábamos un
misterioso cenáculo, con Jose El Negro blandiendo 12 varillas envainadas en 12 bombas,
cual si fuesen lanzas de fuego agujereando El Cielo, que sangraba de plateado brillo
sobre las iluminadas cabezas; la de David Pozo, con dos redondeadas puntas azabaches
adornando su ceja derecha; Los Hermanos Vaquero, uno versado en los resplandores del
Firmamento y el otro en el tuteo con las cartas; El Euskaldún Juanra, con las trazas
del Agua recorriendo un ensombrecido monte del norte de España; Los Primos Roberto El
Perigüelo y Jose Alfonso, el primero semejando el cenit del mediodía y el segundo la
grandeza de un toro abriéndose paso a través del Alba; Héctor, más héroe que nunca
cabalgando un azulado rayo; Francisco y Raúl, que este año clavaron un gigantesco y
deslumbrante álamo entre las casas de El Maderal, la noche amaneciente al primer día
de Mayo, como señal de su incipiente hombría y sapiencia; Javi El Lucas, cuyo apodo
quiere decir Luz, El de Los Espejos Que Atesoran El Espíritu del Sol; Rubén, que este
verano se ha enamorado de una tierra de Valdeladrones, hasta el extremo de utilizar su
bendito sudor, para que le nazca exuberante maíz de las entrañas; Javi Romo, que es de
tan noble e inmensa alma, que se siente alagado si la profanas, y yo mismo, El Filipino,
que significa Nacido de La Cabeza; todos abrazados apasionadamente a los duendes que
nos mantenían en vela, cantando a coro en ese enigmático lugar, donde a pesar de
nuestras profundas heridas, nos hacíamos cada vez más divinos.