Otra noche mágica en la cima del Teso de La Horca, un 26 del Mes del Sol, El Octavo,
en el año 2006, con La Luna de El Maderal creciendo arqueada y sutil, lanzando sus
imperiosos dardos a sabe Dios quién desde El Cielo de Remancebos, que se mezclaban con
las nubes ardiendo por doquier y quince comensales llenos de conocimientos y de pasión,
dispuestos a chuparse los dedos bañados en oro, esperando que El Caballero José El Negro
comenzase ahuyentando las malas artes de quienes no nos estiman, con una salva de
poderosos cohetes a la pata coja, nefasto obsequio de un bravo toro de Argujillo, y
detrás vinieron las sabias manos del Sargento Lucas o los malabarismos del Hábil
Despiezador David Pozo, capaces de poner en el aire al Diablo, haciéndolo explosionar
con impredecible grandeza, recordando a los presentes que somos dioses aunque de
encarnadura mortal todavía, como El Nene, cuya grandiosidad es natural de Hispalis, La
Ciudad que bebe de los misterios del Betis, unido por el corazón a La Bella Tatiana, o
Alfonso El Familiar que acompañaba con golpes de piel de cabra a la guitarra española de
Carlos Vaquero, entre palmas del trianero Javi, que vive en La Plaza del Señor Juan
Moreno El Huevero; Juanra El de Cibeles los miraba extasiado, con una privilegiada
cabeza que diseña mansiones voladoras, hermanado por el nombre y la amistad a Juanra El
de La Senda del Río Nervión, nieto del Señor Ramón y La Señora Fabri, de quienes se
tiene gran memoria en La Villa de El Maderal, que no dudó en frotar las brillantes
sienes de su cuñado Sergio, el marido de La Hermosa Lorena, nacido a los pies del Monte
Archanda, para que alumbraran la enriquecida mesa de ébano, con el deseo de que el
retoño de ambos de nombre Ekaitz, que significa Tormenta, posea un espíritu inalcanzable
y soberano, mientras otro comensal con nombre de héroe troyano, Héctor, retrataba en su
alma de plata, que es cual enigmático espejo donde se acumulan sueños, nuestros
embelesados rostros; el de Javi Vaquero que tenía semblante de gladiador curtido en un
mundo global que forja para nosotros; la blanca cara de Jose Resti, reflejo de las
santas que visten sus imaginativas manos, o la divina expresión de Quique, que aportaba
magnanimidad a las tinieblas de nuestros corazones, y el mío es el más oscuro de todos,
porque yo soy El Caballero de La Espada, el décimo quinto comensal.