Hace años, cuando todos los trabajos se hacían a mano, había dos fraguas en “La Villa”, un potro donde herrar los animales de labranza, y mucha miseria, sin embargo, en la escuela de los chicos estábamos cuarenta, y la de ellas contaba con cuarenta chicas. Había baile todos los domingos.
Ahora no hay fraguas, ni animales que herrar, ni miseria, pero no hay niños, y sí abundan jubilados y ancianos que conocieron la siega a mano, el dolor de riñones de sol a sol bajo un sol de ley, y unos durísimos trabajos que hoy parecerían surrealistas o propios de esclavos. Mucho le debemos a aquellos maderalinos y maderalinas, tanto a los que se quedaron como a los que emigraron a buscar mejores condiciones de vida, porque todos lucharon con su trabajo y sacrificio por darnos un futuro mejor.
Podía hablar, por ejemplo, de la trilla con nostalgia feliz, pero no sería la visión de quien vuelta tras vuelta faenaba monótono entre fuego toda la tarde, y, sí sería la visión de un niño que portaba alegre la merienda a la era: pimientos fritos, ensalada de tomate con cebolla y un trozo de longaniza o jamón ¡Qué rico sabía aquello a la sombra!
|
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
|