Para mi abuela Teresa, que se le encorvó el cuerpo de tanto trabajar,
mas a mi me parecía el Arco Iris viéndola caminar, asistiendo durante toda su
larga vida los partos de La Villa de El Maderal.
Semejaba que estaba pariendo la luna, según brillaban las blancas nalgas de
Ruara, sobre un colosal yunque de plata, rodeado de oscuras tinieblas; dos
misteriosas manos le hendían el vientre, buscando con paciencia los tesoros
que allí hubiera; hasta que los grandiosos y huesudos dedos, entre sudor de
gritos y sangre, extrajeron del cuerpo de la madre un puñado de estrellas,
que se movían inquietas; el único espectador de honor, no pudo evitar decir:
-Ya somos padres de un trozo del universo.
Los esposos se besaron, y la anciana comadrona puso en brazos de la reciente
madre, tres niñas de llanto maravilloso.
-Estaban tan calentitas, que no querían abandonar el horno.
-Es usted una santa, señora Zaa, y Dios ha querido que ayude a venir a este
mundo a los perezosos; mi mujer, mis hijas y yo, rezaremos por usted.
Zaa habitaba sola un torreón, que se erguía omnipotente de piedras, en lo alto
del Monte de El Maderal. Despidió orgullosa a la favorecida familia gitana,
que había errado por muchos caminos buscando la merced de sus manos, y acostó
el avejentado cuerpo sobre un catre de madera; a pesar de lo cansada que
estaba, el sueño no hacía mella en sus párpados, que se mantenían excesivamente
abiertos; y es que la llamada era demasiado profunda, para ser desatendida;
un tirón del corazón le traspasó el alma, y Zaa, acostumbrada a interminables
noches de tristeza, en ese momento sintió alegría.
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