Antes de nacer como lo hacemos ahora, los humanos, más cerca de los dioses que de los animales, nacíamos de la cabeza, a través de la boca o por el pecho de una divinidad, y ese alumbramiento confería a nuestro ser un estatus, en función de cómo se había producido, siendo nombrada Duque, Marqués o Conde la dignidad que se nos suponía, luego el espíritu se embruteció, y los nacimientos comenzaron a parecerse a los de las bestias, aunque aún perduran los títulos que designaban la antigua grandeza, que pasan de padres a hijos, como si La Sabiduría se pudiese heredar.
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