Desde muy antiguo los santuarios de las diosas lunares en Grecia, en Lidia o en Caldea, han estado asistidos por sacerdotisas, cuya hermosura representa a la deseada divinidad, quien es requerida por los devotos, que acuden allí a rogar su protección, la de su familia y la de su ciudad, pagando sus favores carnales a precio de oro, llegando a creerse que poseen a la diosa, servida fielmente por una corte de mujeres, que una vez al año pasean su sagrada imagen en procesión, agitando desnudas las ramas del olivo en su honor.
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