A Manolo “el Perigüelo”, que encierra vino para todo el mundo.
Hay, en la majestuosa Villa de El Maderal, una montaña que surge del
centro del pueblo, como una grandiosa obra de arte; repleta en su interior
de magníficos vinos blancos y tintos, de albillo y de moscatel, está destinada
a perpetuar una estirpe de borrachos y artistas, que no tenemos otra
ocupación que la de penetrar en las entrañas de la gigantesca piedra, y
sustraerle el viejo néctar, a costa de reúmas incurables y privación de luz
en noches que se hacen eternas.
Yo he oído de los más antiguos patriarcas ebrios del lugar, que en
pasadizos aún sin explorar por miedo a lo desconocido, vivía un extraño
monstruo, que aparecía sólo cuando las bodegas estaban deshabitadas, y
desde tiempo inmemorial, en las gigantescas cubas, que sirven para
conservar y dejar correr el mosto en los gaznates más avispados, menguaba
el contenido en una pequeña proporción, a contar desde el fermento de las
uvas; ¡ah!, mas los habitantes de La Villa consideraban esto propiciatorio,
y respetaban la fechoría, que de algún modo era para ellos sagrada.
Hasta que un día, un hijo de Baco desconfiado, y que veía rateros hasta en sueños;
un hombre cansado ya de que le desapareciese el vino, desde las primeras
noches de octubre de un año de excelente cosecha, se encerró voluntariamente
en una cuba, con el propósito de observar si aquel monstruo del vino,
era un ser humano de carne y hueso o no.
Para estar más seguro de la comprobación que se proponía hacer, llevaba
un puñal que más parecía una daga mora, que un cuchillo de desollar
cerdos. Los puñales forjados artísticamente, con una hoja liviana y una
empuñadura en la que aparece esculpido un animal grotesco, el busto de
una mujer o el rostro de un demonio, están hechos para la poesía, y los
crímenes que con él se cometen son del más puro arte. Pues acompañado
de esa alhaja de puñal una noche fría, húmeda, rencorosa y hospiciana,
que se encontraba velando el moscatel, lo sorprendió un ruido similar al
mugido de un toro. Puso más atención la segunda y la tercera vez que lo
escuchó, y ya no le cabía ninguna duda, era un toro.
Esperó pacientemente en la cuba, a que se presentara por cualquier parte,
mientras las pisadas y los mugidos del feroz animal, se oían cada vez más
cerca. De improviso, una pared de piedras que comunicaba con otras bodegas,
y no se derribaba fácilmente, fue apartada en un santiamén.
El mágico usurero descubrió por el agujero de la canilla a un ser de
proporciones extraordinarias; tenía la mitad del cuerpo de un hombre,
pero era muy superior en masa y en fuerza; la cabeza, que parecía una
máscara, era la de un astado. Al minotauro le brillaban los ojos,
seguramente del acopio de vinos que había hecho en otras bodegas; se
desplazaba pesadamente, y a veces caía toda su grandeza por el suelo,
desposeída de todo el poder que habitualmente caracteriza a la
sobriedad. Una de estas veces, y después de haber acometido con un
bufido el moscatel blanco del viejo sátrapa, se desplomó como una
inmensa torre, hecha con la mitad de un fiero animal y la otra mitad
de un hombre, quedando profundamente dormido de la borrachera que
tenía encima.
Acto seguido, y habiéndose asegurado el nuevo Teseo que
el minotauro dormía, cayó sobre él, puñal en mano, asestándole
estocadas mortales por ambas partes de su descomunal cuerpo.
La sangre comenzó a brotar, cual si una cuba rebosante de vino hubiese
sido espetada por muchos sitios. Ante el asombro del viejo criminal,
con el puñal clavado en su espalda, el monstruo hizo un esfuerzo
extraordinario, se puso en pie, y después de apartar al viejo loco de
un manotazo, herido de muerte se perdió en la oscuridad de la cueva,
profiriendo bramidos de dolor, que hacían temblar toda la montaña.
Desde que tuviera lugar aquel acontecimiento tan sangriento, me
contaron los alegres dionisíacos, nunca más volvió a faltar vino;
únicamente el beodo asesino, hasta los últimos días de su vida, cada
vez que iba a la bodega encontraba las cubas vacías.
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