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Platón fue, en su juventud, un poeta. Y debió ser el conocimiento de Sócrates, su irresistible personalidad, lo que le empujó a la filosofía. Padeció, por tanto, el necesario proceso de conversión porque la filosofía como la poesía afectan al ser entero del hombre, lo conmueven y lo transforman.
No le fue fácil, al joven Platón, abandonar la poesía aunque quemara sus poemas y sus tragedias recién escritas, echando al fuego con ellas buena parte de su ser mismo. A lo largo de su obra se va gestando una enemistad radical con la poesía, con los poetas, con Homero. Esa enemistad se entretejió como ocurre tantas veces, de amor, de afecto hacia lo que había sido y tal vez no pudiera dejar de ser también su vocación. Por eso Platón escribió el Fedro o el Banquete.
Sin embargo, el primer escrito sobre la poesía del filósofo fue el Ion, cuando las cenizas de aquella hoguera juvenil aun humeaban.. Y seguramente ese humo fuera para él, inspirador, tal vez le retuviera aun en su vocación primera. Como el humo que la Pitia aspiraba en Delfos con el laurel de Apolo, la divinidad del canto.
Así Platón acierta plenamente en Ion cuando habla del poeta: “el poeta es una cosa ligera, alada, sagrada”. A él también y a pesar de sí mismo, se le presentó parte de la verdad del poeta justo antes de que ese impulso se hundiera en la ironía socrática.
Ligeros, alados, son los copos de nieve que Pablo Guerrero nos presenta en este libro. No están sometidos al pensamiento ni a lo útil; ni es la mirada objetiva que pretende saber. La poesía ronda lo sagrado porque es inocencia; es un despertar que nombra. Y porque no busca lo profundo no es tampoco superficial. Mantiene la inocencia del puro nombrar, del canto.
El poeta, por eso mismo, se sabe uno con el universo: “me he abierto a las estrellas” (en Cuerdas de Luz). Un universo, una totalidad, viva: “Todo fluye en tu Ser. Todo logra que vibres” (en Llámame copa). Todo es parte de lo Uno: “dejadme que pueda atar las palmeras a los astros” (en Noche en el barco)
Así, la poesía de Pablo Guerrero resulta como toda verdadera poesía, afirmativa; porque al principio era la inocencia, el sí, la alegría de lo que hay en su fragilidad, en su transitoriedad, como copos de nieve: “El acorde de la tierra, las uvas de la alegría/ quiero lo que ciñe el blanco, lo que alcanza el origen” (en El sonido transparente).
La poesía obra, por tanto, el milagro de la vuelta al origen, de su rememorización. Se resquebraja el sentido común, la realidad torpe que parece rodearnos y nos reconcilia con el milagro del ser. Aprendemos de nuevo a ver. Por ello el poeta frente al sentido común parece un mago: “Yo pido/ la peña de donde brota la alegría de las flores” (en La Primera Palabra).
Por eso la poesía verdadera transfigura la realidad que, paradójicamente, sigue siendo la que es pero con otra mirada. La mirada que realmente la muestra: “Se ha dado la señal, tierra celeste, tiempo extendido/ planeta luminoso entre astillas de estrellas/ contengo vuestro origen” (en Tierra Celeste).
Sobre los hombros del joven Platón se había encaramado para siempre, burlón, el espíritu de Sócrates. Y se burla, en Ion, del rapsoda, del cantor porque al cantar no sabe lo que dice. El poeta, nos dirá, está tomado por los dioses, por lo divino, por la inspiración. Es lo divino lo que habla a través de él. No habla él mismo.
La poesía de Pablo Guerrero como toda poesía verdadera, no sabe. Anuncia y canta. Celebra. No necesita saber; está más acá del conocimiento que por sí mismo es dominio, voluntad. Por eso la poesía es alada, divina; porque escapa a la necesidad y a las vicisitudes de la ratio. Escapa de la ramplonería de lo útil tanto como de la futilidad del mero adorno, de lo que a veces se llama “literatura”. Y no aspira a la supuesta profundidad del conocimiento, a la supuesta seriedad del saber; un saber, por cierto, que nunca hablará al hombre de su ser mismo.
No es la menor de sus paradojas que sea, que pueda ser, la palabra poética precisamente, la fundante de lo humano. Algo que Platón, cegado por su voluntad de dominio sobre el gobierno de la ciudad, no pudo ni siquiera entrever.
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