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Cuando Elena terminaba todos sus quehaceres, le pedía a su madre que la dejara salir a jugar. Casi nunca le daba permiso, por lo que ella, en un descuido de la madre, se escapaba, saltando las puertas carreteras y se reunía con sus amigas en el corral concejo para contar historias, o se iban a troche, en el buen tiempo, a la fuentita La Mora. Eso tenía el sabor de lo prohibido. Pero había un peligro: se olvidaba del tiempo y casi nunca estaba a la hora de recoger la cabra. El cabrero, cuando llegaba a la plaza, se iba a su casa y cada cual se espabilaba con su cabra. La de Elena, al ver que nadie la recogía, se sentía libre y se iba al campo otra vez. Y cuando llegaba Elena y no estaba en la plaza, la tenía que buscar por todos los confines del pueblo. A veces tenía suerte y la encontraba enseguida, otras tenían que ir los padres o hermanos a buscarla, lo que le valía un castigo o una buena reprimenda.
- Esta chica es una malmierca!, no sé qué voy a hacer con ella .
Y Elena:
- Es que la iba a coger y se me ha escapao!
- No me vengas con maturrangas! Eres una engarañá! Siempre estás pensando en Las Batuecas!
Y ese día se iba a casa llorando, sabiendo que al día siguiente no iba a poder escaparse porque candarían bien la puerta.
A Elena le gustaba jugar también con los chicos. Eran más brutos, pero los juegos eran más interesantes. Había uno que crucificaba a las ranas. Le metía un junco por el culo y le salía por la boca. Otro junco por un costado y le salía por el otro lado Y las dejaba así, en hilera.
Ahora de mayor, Elena lo piensa y siente escalofríos. Cómo era posible que fueran tan crueles!. Cuando ahora no se atreve a matar una mosca!. Bueno, moscas y mosquitos si, pero nada más.
Lo que le hacía gracia a Elena era cuando dos chicos se enfadaban, el cruce de insultos:
- Eres un mastuerzo!
- Y tu un mameluco!
- Y tu un bujarrón!
- Y tu un tarambana!
Seguramente no sabían el significado, pero como lo decían enfadados, sonaba tremendo.
Elena era buena chica, pero a veces se reviraba, dependiendo de con quién fuera. Alguna vez, con su hermana, que era una indina, picaban con los nudillos a las puertas y se escondían.
- Quién anda ahí?
- Quién es?
Repetían. Y ellas escondidas, y con el pulso acelerado esperaban a que se calmaran para salir de su escondite. A veces tiraban cantos en el portal y hacían salir a los dueños con el puño amenazante.
- Demonio de críos!. Como os coja os doy un testón!
Una vez a Elena le dio un arrechucho. Se encontraba tan mal que no tenía ni ganas de salir a jugar. Posiblemente era de comer lambruciadas o porquerías. Cuando se le pasó, y se puso buena, su madre, en compensación le dijo:
- Hija, como te has portado bien y has estado malita, hoy te dejo salir a jugar
Elena salió esta vez por la puerta, sin saltar y toda orgullosa porque tenía permiso. Estaba jugando a las alfileres con sus amigas, tan ricamente, cuando se presenta su hermana, mayor que ella y le dice:
- Otra vez te has escapao?
- No, esta vez me ha dejao mi madre.
- Que no, no te creo. Vamos!
Y cogió a Elena por las trenzas y casi a rastras la llevó a casa de nuevo.
De nada servían las protestas de Elena y los lloriqueos.
Cuando llegaron a casa, la madre le dijo que era verdad, que la había dejado.
Elena juró vengarse de la afrenta, pero con el tiempo se le olvidó.
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