RETORNO A LA POESÍA por Dominic
Retorno a la poesía
  RELATO CORTO (IV)  

Rememorando su niñez, Elena se para en un episodio de cuando tenía 5 ó 6 años.
Fue su primera desilusión. Ella, cuando iba a la era de sus padres, miraba a menudo el teso de la Horca, sobre todo cuando había nubes blancas y espesas, esas que parecen de algodón. Le atraían de una forma especial. Quería subir hasta la cima, pero nunca la dejaban. Aquel día pensó:

-Me encantaría subirme a esas nubes tan mulliditas, se debe estar muy bien allí.

Y aprovechando un descuido de su padre, ni corta ni perezosa se encaminó al teso.
Las nubes eran tan bonitas… y se veían tan cerca…
A medida que subía, las nubes se iban alejando, cosa que Elena no comprendía. Llegó a la cima del teso de la Horca y las nubes seguían estando a la misma distancia que en la era. La desilusión fue tremenda. Cansada, bajó como pudo, medio narigando y no dijo nada a nadie de su excursión, pero comprendió que nunca podría sentarse en una nube, estaban demasiado altas.

Recuerda otra vez, de muy pequeña, cuando encontró en la cocina una sopa de vino y se la dió a las gallinas, sin pensar en las consecuencias. Las gallinas picotearon ávidamente la sopa hasta acabarla. Al cabo de un rato empezó el espectáculo. Se pusieron a cacarear de una forma rara, abriendo las alas y tambaleándose, como si planearan. La madre cuando las vió se asustó mucho.

-Dios mio! Qué le pasa a las gallinas?. Han cogido una enfermedad rara, se morirán todas!.

Elena estaba tan asombrada como su madre de las cabriolas que hacían. Claro, ella nunca había visto gallinas borrachas. Eso les duró todo el día. Al día siguiente estaban como siempre, para tranquilidad de todos. Ni qué decir tiene que Elena no dijo nunca lo que había hecho. En el fondo presentía que era por la sopa, pero chitón.

También recuerda que un día su madre trajo unos huevos más grandes de lo normal. Dijo que eran de pata. Y se los puso debajo a una gallina “clueca” para que los incubara.
Elena había observado otras veces que su madre, de vez en cuando cogía los huevos y les daba pequeños golpecitos y los ponía al oído. Ella hizo lo mismo, pero los meneó tan fuerte que al final del periodo de incubación, en lugar de salir seis patitos, solo salió uno; los otros habían muerto. Ese patito, bueno, era patita, fue el mejor juguete que había tenido nunca. La observaba, le daba de comer, jugaba con ella, y cuando iba a lavar los cacharros al regato, le hacía una poza más grande y ponía la patita a nadar y buscar lombrices. Cuando la patita creció, Elena la cogía por las noches y la llevaba, asida por el cuerpo y las patas y con la cabeza libre, al corral, a comer cucarachas. Le gustaban tanto, que se llenaba el zurrón. Luego Elena se lo tocaba y notaba el movimiento de las pobres cucarachas aún vivas.
Cuando la patita se hizo adulta y empezó a poner huevos, Elena no los comía. Le daban asco porque pensaba que estaban hechos de cucarachas.
Y cuando, por último, se hizo viejecita y le llegó la hora, Elena se negó en redondo a comer ese día, llorando como una descosida.
Dominic
Mayo de 2009

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