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Elena se acuerda de aquel gatito que le gustaba dormir el en azafate y al que su madre siempre echaba con cajas destempladas
- Sape!. Demonio de gato!. Elena, mételo en el corral y echa la tranca Y quítate ese vestido de tu hermana, que pareces un antruejo. Ponlo dentro del escaño, donde estaba, que he de coserlo.
Un día, Elena quiso comprobar por sí misma lo que había oído de los cucos. Empezó a subir la escalera de troncos que daba al pajar, mirando de soslayo a las vacas, y cuando ya estaba por más de la mitad, la vaca Ligera le pegó un empellón con la testuz que le hizo subir cinco escalones de golpe. La pobre Elena, cuando aterrizó, escarranchada, entre la paja, se notó mojadas sus prendas íntimas del susto. Cuando se le pasó, encontró el nido del cuco y metió la mano para ver lo que había allí. Pero la mamá abubilla, en defensa de su prole, segregó su mejor fluido y obsequió a Elena con una buena dosis de su particular aroma.
- Aghss, qué asco!
Bajó como pudo y se lavucó varias veces en la palangana, pero tuvo el olorcito casi una semana.
- Te está bien, por simplona, le dijo su madre.
- A quién se le ocurre tocar el nido?. Anda, lleva la barrila con agua fresca a la era, que tu padre la espera.
Elena siempre estaba comiendo cosas raras, aunque tuviera que ir hasta la raya a buscarlas. Gamonitas, guindillas de pastor, acederas, o se metía en la boca un puñado de aleluyas, la flor del negrillo, o bruños, con su sabor áspero; también pelaba pámpanos de zarzas y se los comía. Por supuesto, todo eso a espaldas de su madre, para evitar un soplamocos.
A veces, iba con sus amigas a jugar a deslizarse con una tabla por las laderas de los tesos, con el peligro que suponía caer en una zarzera de las muchas que había en el pueblo. Le gustaba ver las comemeriendas , las flores que nacen directamente de la tierra , o se ponía espernacada en un árbol, como un chicote, haciendo equilibrios .
Los hermanos de Elena a veces capturaban murciélagos, con las boinas, o se aparranaban en el suelo y ellos se metían allí buscando cobijo. Les hacían fumar a los pobres bichos. Si ella trataba de impedirlo, le gritaban:
- Vete de aquí, andrón, eres una crica! ….y otras lindezas.
- Elena, lleva un manojo a la lumbre, que voy a poner el puchero, y pon las estrébedes para asar los nícalos
- Si, madre
Y Elena, que era buena chica, obedecía siempre.
(continuará...)
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