| El pielero sacrílego |
Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.
Miguel Hernández
Dedicado a todas aquellas víctimas de un poder caníbal, como ocurre hoy en día.
Alfonso
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Emilio el Torero, José Corporales, Emeterio “Camuñas”, Bertol, y, Eulogio el Chalico de gañán, formaban inicialmente la cuadrilla que el día anterior, después de terminarle la siega de la cebada a un tal Pedro el Cascajo de Palencia de Negrilla, se ajustó en Negrilla de Palencia, en principio, sólo para segarle el trigo a un pariente flacucho del tal Pedro el Cascajo. Al final, de la cuadrilla de cinco que partió de la zamorana Villa de El Maderal, quedaron sólo tres, porque a los cinco días de ajustarse para segar el trigo, José Corporales recibió la noticia de que su hermano mayor se había puesto enfermo y hacía falta en casa. Caso aparte fue el de Emeterio Camuñas, quien tuvo una iluminación al tercer día de ajustarse, pues observando con detenimiento cómo levantaba Febo sus rubicundos cabellos por el horizintal horizonte de las planicies de la Armuña salmantina, tiró los dedales y la hoz de segar en el corte y tomó el oficio de “pielero”, mientras, clavada su mirada en ningún sitio, declamó en aquel inmenso escenario appianiano:
-¡Me cago en Dios y en los putos curas! ¡Quién fuera cura para no dar golpe y vivir del cuento entre la frescura de las piedras de la iglesia confesando beatas! Además, “El cura, como no tiene mujer, alguien se la tiene que poner”. De todas formas, creo que se gana más comprando y vendiendo pieles, que doblando los riñones de sol a sol por una paga mísera y peor manutención. Este tío “escuchimizao” nos metió el camelo del chorizo y de la carne de oveja por los oídos, que no por la boca, pues todavía tengo el asqueroso gusto de la brata en el paladar y me parece estar viendo flotar a los difuntos gusanos en aquel repugnante guisado de carne podrida de vaca vieja.
Lo de “peor manutención” y lo de "difuntos gusanos" venía a cuento por lo acontecido el día anterior en una pota de barro cochambrosa, negra por el hollín secular y por fuera y por dentro rodeada de más roña que la rodilla de un mendigo. Camuñas metió la cuchara allí para llevársela cargada a la boca y saborear lo que debería ser un guiso de carne fresca, sin embargo, notó que algo sólido rondaba y rodaba su paladar dando vueltas y más vueltas sin atreverse él a dentarlo, ni menos todavía atreverse a tragar aquel objeto que ya le amargaba y que resultó ser de un azabache completo o más negro que la noche cerrada y titilante del bandolero y el cuerno largo de la hoguera. Decidiose al fin Camuñas a sacar tan rodante y compacta solidez de su boca, donde, como ya se ha indicado, le empezaba a amargar, y púsosela en la palma de la mano, observando él y los otros segadores, comensales todos en plena tierra de faena, allí, a la sombra de unos simples haces, bajo un sol que derretía, que se trataba de una “brata”, como la denominó Camuñas:
-¡Me cago en el Virgón! ¡Si es una brata!-
Se trataba de una "barata", espécimen más conocido en la mayoría de los lugares de Iberia simplemente como “cucaracha”. Entonces, lleno de repugnancia, Camuñas decidió investigar minuciosamente el resto del condumio que la mujer del empleador, tapada su cara por un pañuelo y sólo enseñando unos bellos ojos furtivos a la forma mora, les había llevado en burra al ato donde la cuadrilla maderalina segaba trigo candeal. La cosa se puso peor cuando Camuñas observó gusanos muertos por la cocción, muy gordos, los cuales había soltado la carne y que ahora se encontraban flotando en aquel mejunje. Cuando los otros comensales diéronse cuenta de los gusanos, estos se le subieron al gusto del paladar sin probarlos, y… todos los segadores sintieron náuseas, pero José Corporales, no sólo vomitó el desayuno, sino también la bilis. Se formó una especie de orquesta desafinada que tenía su origen en la oficina del estómago y terminaba en el surtidor de la boca. En el momento en que Corporales se repuso un poco, cogió la pota con sus fuertes manos y la despidió por el aire todo lo lejos del ato que sus fuerzas y su rabia le permitieron, haciéndose mil pedazos su forma de barro ennegrecido, barro noble de la tierra, un día quzá torneado por una mano diestra de Pereruela. La pota, al caer y hacerse añicos, desparramó su fauna muerta por la rica tierra sedienta. Aquel día no comieron a la hora ni tampoco segaron más. Toda la cuadrilla se encaminó enfurecida a la casa del patrón, un hombre pequeño, enjuto, tan seco de cara y cuerpo que semejaba espectro humano o hueso rugoso al sol. Le contaron la historia de la brata, que no flotaba solitaria, sino en compañía de otros finados:
- Queremos la cuenta, porque esto no hay Dios que lo aguante- le exigió Corporales al amo.
- Calma, calma. Lo de la mala manutención se acabó. Esa carne había que gastarla y yo no sabía que estaba en tan mal estado. Ha calentedo de más estos días.
- Y las bratas también había que gastarlas, ¿Noo?... Mire usted, señor patrón, “Me cago en Dios y en la virgen de las bratas”. Este tío, que soy yo, no siega más, ¡por mis santos cojones!- repuso un más que encolerizado Camuñas.
- No blasfeme usted tanto, buen hombre, que ni Dios ni la Virgen tienen culpa de nada.
Lo que ha ocurrido es que en mi despensa todos los gatos son pardos, porque está a oscuras y por ende la mujer no ve bien ni con velas. Bueno, no ve bien… ni a plena luz del día. Necesita gafas. De ahora en adelante supervisaré yo la comida, pues yo sí que veo un alfiler en un pajar...
- ...No queramos disculpas. Queremos la cuenta, antes de vernos en los huesos como usted. Segar sin comer, no lo aguanta ni Dios- insistió Corporales.
- Déjalo que hable, José. ¡A ver!, ¿qué ha querido decir usted con eso de que “la mala manutención se acabó?- terció Emilio el Torero.
- Esta misma tarde voy a matar una oveja que compré ayer. También he comprado en salamanca abundantes viandas y una hoja ibérica con beta de tocino nuevo, comestibles de los que podéis empezar a dar cuenta ahora mismo, porque me supongo que no habréis comido.
- Supone usted bien. Pero entre en casa y déjenos a solas que deliberamos en asamblea ante esta nueva situación que se nos plantea- propuso Emilio el Torero.
Toda la conversación había tenido lugar en el pajar casi sin paja del armuñés menudo, lugar donde había dormido por la noche la cuadrilla. Era la primera noche y el primer día de siega que andaban ajustados a destajo y mantenidos para aquel hombre chupado y pariente del Cascajo, el cual, ni padecía la tisis, ni ninguna otra enfermedad que le produjera consunción. Era aquella su constitución natural, que paradójicamente le proporcionaba una fuerza descomunal, además de una ausencia total de cansancio, como les demostraría a unos segadores sorprendidos unos días después de aquella culinaria charla, cuando comenzó el acarreo de los haces de trigo candeal para su trilla. Pero Camuñas ya no estaría para ver a aquel pequeño envoltorio de huesos darle, de tres en tres, haces a la esposa cegatosa, quien subida en el carro de bueyes, apenas tenía tiempo de colocarlos. La cegatosa era mujer muy guapa, como permitía ver cuando se quitaba el sombrero y el pañuelo para limpiarse el sudor de la cara y decirle al marido con gracia y desparpajo que no la entoñara, que ella no era una máquina de clavar haces en los estacones del carro.
- A ti te clavaba yo bien clavada- se le escapó una vez al Torero después de escucharle decir a la joven esposa lo de clavar los haces en los estacones.
Aunque no sólo era guapa, sino que aquella mujer dejaba entrever, a pesar de los faldumentos que usaba, una figura femenina con curvas de vértigo, curvas que sólo recorría aquel hombre pequeño y semiseco, pero de bríos y de categoría innegables, quien además poseía una humanidad e inteligencia innatas. De hecho, cuando terminó la cuadrilla la siega, continuaron trabajando en aquella casa los tres que quedaban de los cinco que la formaban al principio, pues supieron de boca del marido que aquella hermosa mujer estaba embarazada y ya no podía hacer los grandes esfuerzos que requieren las faenas del campo en verano. Al final del verano hubo un verdadero banquete de despedida, pero sobretodo de celebración:
- Voy a ser padre, y quiero compartir mi alegría con vosotros, que habéis segado, acarreado, trillado y limpiado conmigo como jabatos. Espero veros por aquí la próxima campaña- dijo un futuro progenitor feliz en la mesa donde se daba cuenta de longaniza y de un guisado caprino.
Sin embargo, era aquel un tiempo turbio que recorría los años cincuenta, y parejas con ellos, continuaban corriendo la necesidad y el hambre, así como una miseria devoradora de ilusiones y sueños que procuraba incultura, desesperanza, pobreza...
Emeterio Camuñas era una víctima más de aquella decrépita España de la posguerra, más hética que el caballo que montara el Buscón llamado Pablos por aquella calle del mercado, cuando su cuerpo, caído del equino extremo en delgadez, fue a dar encima de la coronilla de una “privada”, despachurrándola. Batalla nabal hubo en aquella calle del mercado y batalla de sudor mantenían los hombres doblando la espalda cerro a cerro en Castilla.
Es muy fácil que Emeterio Camuñas no supiera leer ni escribir, aunque sí sabía blasfemar, y ese menester, lo bordaba. Es más, nuestro futuro e indómito pielero era una autoridad en blasfemias. Además, mantenía una aversión más que notoria hacia el mundo de la sotana, del que pensaba que sabía blasfemar mejor que él, pero lo hacía “a la chitacallando”, pues sus altos mandos habían arrimado su sardina al ascua del poderoso y del oligarca, quizá porque, como dijera el poeta, la pobreza tiene la cara de hereje, y porque, a la sombra de quien hace de piedras pan sin ser el Dios verdadero se vive más a gusto, o porque, como decía el propio Emeterio Camuñas, sea mejor ser amigo de los ricos que de los pobres, puesto que el rico, si no te diera nada, al menos tampoco te va a pedir nada, mientras que si eres amigo de un pobre, es seguro que ése sí te va a pedir algo.
La aversión de Emeterio Camuñas hacia los curas y hacia el clero en general, era grande, muy grande, como ya ha puesto de manifiesto su lengua sin pelos. Así, un domingo de un día soleado de febrero, algunos años después de tirar la hoz en el corte, andaba nuestro ya asentado comerciante de pieles con un haz de ellas sobre el hombro por aquel mismo pueblo, o sea, por Negrilla de Pelencia. Había llegado muy de mañana con su burro, y apostado en la barra de madera carcomida de la taberna del pueblo, había tragado una copa tras otra de ese aguardiente que se nota arder mientras pasa.
Cuando le pareció bien, se marchó a recolectar pieles por el pueblo, y ese era el bagaje que llevaba sobre su hombro izquierdo, cuando, viendo la iglesia abierta, entró en ella sin más. El cura, desde el púlpito, dictaba el sermón; él fue el primero que se percató de la presencia en el templo del pielero y sus pieles. Ambos cruzaron una mirada insidiosa, pero fue Camuñas el primero en romper el hielo:
-Ese bocazas que se calle- gritó llamando la atención de todos sobre su figura.
En efecto, toda la iglesia volvió la cabeza hacia el nuevo sermonero con un movimiento unísono y casi militar, muy acorde con la potra percherona de la época. Camuñas, impertérrito, continuó fijando sus penetrantes ojos en los del cura, quien ahora, ya en silencio, como poseído por un vahído, muy pálido, miraba atónito al pielero, agarrándose fuertemente con las manos al borde del púlpito, a punto de desmayarse. Era aquél, cura novato, y esa era su primera misa oficial en el pueblo, en donde había llegado acompañado de su madre y de una "su sobrina dudosa". Allí arriba se estaba explayando en la conquista de los parroquianos con su primer sermón cuando ocurrieron aquellos fabulosos e increíbles hechos.
-Sí, sí, me habéis oído bien todos… ese bocazas, que se calle. Que sólo sabe que decir mentiras.
Camuñas, desprendiendo sus ojos de los del aterrorizado cura, recorrió con su mirada a los también atónitos feligreses, esbozó una sonrisa entre cordial y maliciosa, se santuguó irreverentemente, y enseguida se dio media vuelta mientras efectuaba un golpe de hombro para resituar su preciada carga y marcharse por el mismo camino por el que había venido. Luego cargó la carga de su hombro en el burro que amablemente le había dejado guardar en su cuadra el dueño de la taberna, se montó en él, y se dirigió al pueblo de al lado a comprar más pieles, pero cuando llegó, en Palencia de Negrilla ya habían salido de misa y los posibles vendedores de pieles se encontraban en sus casas, con lo que triplicó la compra.
La Guardia Civil, alertada e informada de aquel insólito hecho diabólico, pedaleó sin cesar los caminos, envuelta en sus capas mugrientas, pero no dio con el pielero sacrílego, aunque sí con un esquilador de ovejas al que confundió con un famoso delincuente. No hubo quien hiciera desistir a los números de la Benemérita de que aquel pobre muchacho era un simple esquilador al que conocían muchos, dado que no cesaban de darle una buena somanta de golpes para que cantara, incluidos rodillazos en el estómago que lo retorcían de dolor.
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Alfonso Toribio Junio de 2012 |
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