LETRAS DE ALFONSO de Alfonso Toribio
Letras de Alfonso
ELEGÍAS
 
Lacrimales secos
   Ante el soplo de vaivén del incienso,
   y mientras el agua lloraba fuera,
   no había ya lágrimas en mis ojos,
   secos de verte secar,
   ¡tanto tiempo!
   
   Ante la madera barnizada del árbol robusto que fuiste,
   me mantuve turbio con dolor inmenso,
   sin poder ver una hoja verde,
   ni un brote siquiera,
   de tu primavera efímera.
   
   Tantos ojos tuve, para llorarte
   mientras te veía decrecer tan pronto
   en tu dolor impotente,
   que había derretido los hielos de los polos
   y una oscura musa de témpano constante
   se asoció conmigo para siempre.
 
A Toyano
   Se completan los círculos de la vida humana como
   converge el viento en su inmemorial grito errante,
   pues sólo el hálito frío de la muerte
   cierra las apasionadas horas donde
   los sueños cantaron el amoroso quehacer cotidiano
   de la existencia.
   
   Fue cotidiana, hermana y hermosa la era,
   con su pimiento frito y su polvo insoportable,
   y la fuentita un mágico pergamino cifrado fue,
   límpido, generoso y cándido en la ternura de los días
   que troquelaba un sol inmisericorde.
   
   Colgaban como alhajas las robadas espigas del bálago
   del acarreo
   por el pasadizo vergel de entre las tupidas ramas
   de la Alameda del Paseo y el arroyuelo.
   
   Había en las viñas de enero
   un amanecido párpado
   de escarcha y lágrima;
   una niebla de futuro sol radiantemente amigo
   en la poda había.
   
   Sonaba el latigoso latido de los aspersores
   en el atardecer del verano
   como divino paraíso son
   de una promesa perfecta.
   
   ...Y ahora,
   anda suicidándose la era,
   y aquella brisa de agua agitada,
   y el pimiento y el tomate,
   lloran vinagre de azufre,
   pero yo, hermano,
   levanto tu recuerdo luchador
   por encima del poderoso alfanje
   que te degolló inmisericorde,
   recuerdo poblado de florecidos frutos
   que el viento escribirá en su errante grito.
 
El beso del tiempo
   Tuvo tu nacimiento
   el orden trágico del viento,
   la esfera violada de la veleta,
   y la madera, impetuoso sastre de alameda,
   crepitó olas de tierra oceánica muerta,
   pues los pajarillos, sin rumbo,
   moribundos en un paraíso acrisolado,
   sin sol ni agua del corazón,
   batieron las alas por las entrañas áridas
   de las vigas verdes,
   como nervios ciáticos presionados,
   como carcoma prematura,
   como horroroso dolor en el vientecillo
   de las copas
   de los árboles.
   
   ¡Pero nadie supo ni sabrá nunca nada!
   
   Abundaba el espejo
   con su ilusión de junio perfecto en la retina
   y un barquillo velero había, que era pura magia
   donde tender
   la impetuosa vida
   plácidamente;
   vida que danzaba, como luz de precioso cielo azul
   recién peinado, al albor de una agua fresca y límpida
   (era entonces) por el arroyuelo de la alameda querida …,
   aunque el aire, infestado de tábanos rojos,
   desdibujaba los labios acartonados y cercenados
   y arrodillados
   cerro a cerro y carro a carro de bálago
   para el pan blanco y escaso,
   sin canción ni poeta.
   
   Se decía, con el verso y su palabra,
   que el sol abrasaba con cruzadas eses incandescentes,
   y era cierto,
   pues tuvo tu nacimiento en abril
   el orden trágico del viento traidor de julio,
   como también
   existe la certeza
   de que los espejos nos devolverán a todos
   las hojas perennes del árbol del olvido
   con que nos cubrirá la muerte,
   y las latas, acabarán, como siempre,
   piando sin rumbo nuestro sarro anidado…
   
   Cantarán, las latas
   de sardinillas, y los botes
   de melocotón en almíbar,
   el anegado silencio metálico
Alfonso Toribio
Noviembre 2010

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