| Cristales rotos |
Mientras Court se daba la vuelta inconscientemente en la cama, comenzó a sonar el despertador. Tuvo que retornar a la misma posición de la que procedía, para así llegar al pitorro del siempre inoportuno ruido y aplanarlo a oscuras, pero esta vez lo hizo con más fastidio que de costumbre. “El maldito cacharro que acaba con la buena vida”, como Court llamaba al despertador y opinaba de él, siempre estaba puesto en hora para que, ya con la luz de la habitación encendida, el funcionario disfrutara un ratito más de cama antes de entrar en el servicio, afeitarse y ducharse con tranquilidad, sin embargo, aquella mañana no dio la luz y le ocurrió lo que más temía, se adormiló. Cuando se quiso dar cuenta, andaba con el tiempo más que justo para llegar a la oficina, donde iba a haber bronca segura dado el carácter estricto de su jefe inmediato.
Retiró sábanas y mantas con precipitación y se incorporó en la cama, sentándose sobre su borde a la velocidad de la luz. A la misma velocidad se quitó pijama y calzoncillos, tirándolos en cualquier sitio de cualquier manera, y se puso calcetines y ropa interior limpia sobre su cuerpo sin duchar, cosa que nunca hacía, pues era hombre de ducha diaria. Una vez en el servicio, se percató de que los sobacos le podían oler mal en el trabajo. A trancas y barrancas se metió por entre el cuello de la camisa y de la camiseta el tubo de desodorante de bola y se la restregó concienzudamente. También se pasó la bola por su pecho peludo. Luego se afeitó, se lavó la cara y se encalcó medio frasco de colonia por cara y ropa exterior.
Iba a coger el maletín, y largarse sin desayunar para ganarle más tiempo a un tiempo ya de por sí escaso, cuando a Court le entraron unas irreprimibles ganas de orinar. Entró de nuevo en el servicio. Aquella micción era interminable, eterna, no paraba de salir líquido dorado oscuro, era imposible que él hubiera bebido con sus compañeros tanto la noche anterior en la habitual cena de antes de navidad. A pesar de que el funcionario dormilón apretaba y apretaba con ganas, el pozo no se secaba. Cuando al final la manguera cesó de bombear, Court tuvo la impresión de que había perdido un tiempo de oro precioso en orinar, quizá un minuto, o dos a lo sumo, pero en esas circunstancias de ansiedad y de precipitación en las que se hallaba, a él le pareció mucho más tiempo del que en realidad había sido.
Cuando entró en la oficina, diez minutos más tarde de la hora, algunos compañeros y compañeras le lanzaron una mirada tímida y resacosa mientras lo saludaban con una mano desganada, incluso hubo quien gesticuló con desagrado indicándole el despacho de don José con la cabeza, pero Court sólo se fijó en Laura. Ambos esbozaron una sonrisa cómplice, eso era lo único que le importaba, la cara complaciente de Laura, todo lo demás le era aledaño.
-Señor Ramírez, le ruego que se pase por mi despacho sin dilación- le comunicó con autoridad el jefe de sección.
-Dejo el maletín en mi mesa y me paso inmediatamente, don José- se le oyó decir con fastidio a Court.
Después de aguantar la ventolera de don José, esa que le lanzaba muy crispado a los funcionarios de su sección que llegaban tarde, Court se sentó en su mesa ensimismado, pensando sólo en el beso que al fin había podido darle a Laura la noche pasada. Era viernes. A nadie le había gustado la idea de celebrar la cena de navidad un jueves, pero de no haber sido así, Marta y Francisco no podrían haber asistido, y sin ellos, la reunión hubiera perdido muchos puntos.
Court intentaba por todos los medios cruzar su mirada con la de Laura, pero ésta estaba muy centrada en su trabajo, o al menos eso aparentaba. Al cabo de un buen rato, como si se sintiera atravesada por Court, no pudo contenerse más y enfiló sus hermosos y grandes ojos negros hacia los de él. Court sintió cómo le daba una vuelta completa el corazón y notó más que nunca la presión de su chorreo, pero se serenó cuando observó en su rostro la misma sonrisa cómplice de antes. Paradójicamente, en el descanso habitual de media hora, Court y Laura hablaron de todo menos de lo ocurrido la noche anterior, pero quedaron para ir a comer juntos a un restaurante una vez terminado el trabajo. En la comida se decidieron a alquilar una habitación de hotel, aunque era una tontería, porque Court vivía sólo en un piso de cuatro habitaciones y eso suponía un gasto evitable. Visto desde la perspectiva de Court, era un gasto necesario, si se piensa que el piso del funcionario era un desastre, aunque no de limpieza, sí de desorden y trapos sucios: unos calzoncillos por aquí, camisetas y calcetines usados por allá, y un sinfín de prendas desparramadas por el servicio y por la habitación donde dormía, en definitiva, un espectáculo nada romántico que seguro que le avergonzaba que viera Laura. La tarde la pasaron paseando por unas calles vestidas de navidad. Era un día típico de los diciembres de Madrid, con su neblina continua revoloteando entre la luz de los neones, con su hormigueo constante de gente por la Puerta del Sol y calles adyacentes, con sus mimos en la Calle Mayor.... Ellos también pasaron aquella tarde inolvidable visitando la Plaza Mayor y entrando en los bares, la pasaron hablando de las cosas más dispares, pero siempre embebidos en esa atmósfera mágica con que la vida envuelve las palabras de los enamorados, en esa atmósfera que hace que siempre recordemos esos momentos por encima de cualquiera otros como los únicamente verdaderamente felices en esta vida, la mayoría de las veces, inhóspita y cruel.
El hotel simularía una noche de bodas con sábanas limpias, champagne, y todo un mundo ajeno, pero en principio, ordenado y óptimo. No era el momento de reparar en gastos, por eso Court eligió la habitación en un hotel céntrico de cuatro estrellas, porque quería a Laura y esa era otra forma de demostrárselo. Nada más entrar en la habitación y cerrar la puerta comenzaron las caricias, los besos apasionados y las manos indiscretas. A los cinco minutos estaban completamente desnudos sobre la inmensa cama, gimiendo, enloqueciendo y consumiendo un tiempo feliz que ambos en sus fantasías se habían imaginado. Los sueños se estaban haciendo realidad. La mañana los sorprendió igual de entrelazados y juguetones que la noche pasada, aunque sin el morbo de quitarse mutuamente la ropa, que yacía dispersa por el suelo enmoquetado de la habitación del hotel, dispuesta en un reguero sinuoso que llegaba hasta la cama y que reflejaba el recorrido de desprendimiento llevado a cabo desde las prendas más exteriores a las más intimas, ahora el camino había que hacerlo al revés y estar vestidos antes de que llegaran las señoras de la limpieza, sin embargo, parecían dos lapas que no quisieran separarse nunca, piel contra piel, pero el destino, con el paso de unos años, les tenía guardada una trágica sorpresa.
Una vez vestidos para abandonar la habitación, Court cogió la botella de champagne que permanecía intacta sumergida en el agua del hielo derretido. Según la sacaba del agua se le despegó la etiqueta, que se quedó flotando, y luego, mientras secaba el verde vidrio con un paño, le dijo a Laura:
-Es igual, con etiqueta o sin ella, me la llevo. Ésta está pagada, ¡y a buen precio! Daremos cuenta de ella en Nochevieja...si tenemos tiempo- añadió-, porque anoche no lo tuvimos. Y remató diciendo..."Estuvimos ocupados en otros negocios más interesantes".
...Ambos salieron de la habitación riendo y más felices, si cabe, que cuando entraron en ella con la pasión a flor de piel.
En realidad, Court, estaba licenciado en Filología hispánica. Si había trabajado en Hacienda como funcionario que había ganado una plaza por oposición, era porque se había interesado en profundidad, de forma paralela a las letras hispánicas, por el mundo de la informática, desde que ésta estaba en pañales, actualizando los conocimientos de la nueva tecnología a medida que estos se producían.
Cuando salieron unas oposiciones de Hacienda al cuerpo de técnicos informáticos, el verano que las aprobó, andaba de jarana y juerga todos los días, es más, se aproximaban las ferias y fiestas de su ciudad, un poblachón manchego de nombre pintoresco, y estaba más pendiente de dichas fiestas y de las chicas, que de presentarse a las oposiciones. Fueron sus padres los que lo sacaron del ambiente festivo, lo metieron en la ducha, lo pusieron a dormir y lo mandaron a donde se celebraban las pruebas todavía casi adormilado y atolondrado. Unos dicen que fue por enchufe, otros que porque León Fernández es muy inteligente, otros que de chiripa, en fin, el resultado final es que acabó de funcionario en Hacienda de Madrid.
A León siempre le gustó mucho leer, pero mucho más escribir, de ahí que el llamarlo todos Court, proceda de su gusto por escribir y del seudónimo que usó en un concurso literario de renombre, en el que quedó finalista con una novela corta que le publicaron y que no vendió nada, pero el éxito rotundo, sin paliativos y definitivo le había llegado con una novela titulada “Apunte a la frente”, novela traducida a todos los idiomas posibles de la que en España se agotaban las ediciones nada más salir de la imprenta.
El primer premio de aquel concurso de aquella ya olvidada novela corta, se lo dieron a un sudamericano que planteó una historia simple, pero de argumento complejo, cuya ubicación espacial se situaba en mitad de una calle de una ciudad populosa a donde iba llegando y arremolinándose gente alrededor de dos individuos que hablaban, o mejor, discutían:
-Yo a usted lo conozco- decía uno.
-Yo a usted no, es más, no lo he visto en toda mi vida- le contestaba el otro.
-Usted está casado con Laura, tiene dos hijos, niño y niña, por este orden, ya que si la niña hubiera sido niño, ustedes, su esposa y usted, hubieran optado por ir a buscar la niña. Los niños se llevan un año, no más… ¿Quiere que siga?
-Eso no tiene importancia. Usted puede haber obtenido los datos del Registro Civil o vete tú a saber de dónde. Tengo prisa. Permítame. Llego tarde al trabajo.
-¿A qué trabajo? No sea usted cínico. Es importante lo que le tengo que decir…-lo retuvo “Uno” agarrándolo por la manga de la chaqueta, lo que irritó a “Otro”.
-Si me vuelve a agarrar y persiste en esta actitud sin sentido, llamaré a la policía- le dijo Otro a Uno muy enfurecido.
Era una calle peatonal muy céntrica y muy ancha, y el círculo de gente estrechaba cada vez más a Uno y a Otro, quienes discutían ya en apenas un metro y medio de diámetro. De forma oral, lo que se decía por los contrincantes en el centro del círculo, era transmitido al último anillo de dicho círculo humano, como si Uno y Otro fueran Saturno y la gente que los rodeaba sus anillos. De pronto, soltando la manga de la chaqueta de Otro, Uno dijo:
-Muy bien. Como usted quiera. En realidad a usted le gusta mucho escribir y parece ser que ha tenido mucho éxito. Fue usted funcionario. Lo que trato es de salvarle la vida. Para que vea que no le miento le diré que su esposa también fue funcionaria y que comparte con usted solo un secreto, no lo comparte con nadie más, se trata de aquel cura que la retuvo de niña en la sacristía…¿quiere que siga?
-¡Basta, basta! ¡Por Dios, basta! ¿Cómo sabe usted eso?
-Yo lo sé todo, de usted y de su esposa. Soy como la voz de sus conciencias, y sé de algo terrible que va a pasar. Si usted no le pone remedio, pasará, y no podrá arrepentirse porque estará muerto. Su esposa aún lo quiere, y usted, en el fondo, también la quiere. Cambie hoy mismo al levantarse y no vaya a ninguna reunión por importante que sea, pues nada es tan importante como su vida…
-Pero si ya estoy levantado y hoy no tengo que ir a ninguna reunión. Lo único que hay de cierto es que con este maletín es con el que iba a mi antiguo empleo de funcionario. Ahora lo único que hacía era pasear con él, pues me trae muy buenos recuerdos.
-Se lo repito, cambie hoy mismo al levantarse y no se separe de su familia, porque esto de aparecer por aquí con un maletín de oficinista que va al trabajo, es una disculpa más para meterse una y luego otra raya de cocaína y continuar la vorágine de alcohol de todos los días. Pero yo estoy aquí para avisarlo y prevenirlo, para decirle que si no regresa a casa ahora mismo, le pide perdón a su esposa y cambia radical, hoy será el último día de su vida. Y sobre todo no asista a ninguna reunión.
-Usted está loco. Eso es mentira, yo ya no me drogo ni bebo. Déjeme en paz y no me vuelva a agarrar, por la cuenta que le tiene.
Otro se zafó de Uno, quien intentó retenerlo para hacerlo reflexionar, pero Uno ya estaba en otra dimensión, ésa que da el éxito cuando éste supera a quien lo tiene.
Court se despertó de pronto sobresaltado y a la velocidad de la luz se sentó en el borde de la cama. Al otro lado de la cama su esposa Laura permanecía dormida. La miró tiernamente mientras intentaba cuadrar la fichas del rompecabezas de la pesadilla que lo acababa de hacer despertar, en ella huía de un hombre que le predecía el futuro y luego era manteado por una multitud que le gritaba al unísono: “Cambia, cambia, cambia, cambia… pero sobre todo, no vayas, no vayas, no vayas” .
Eran las once de la mañana de un sábado. A penas hacía cinco horas que había llegado a casa, algo bebido, como de costumbre, y se había atiborrado de rayas de coca, como siempre. Quizá había regresado de una de esas fiestas con editores, periodistas y mujeres serviciales y de buenas caderas, a las que acostumbraba a asistir. Entró en la habitación de sus hijos y los miró mientras dormían... largo rato. Los besó en la frente, y se metió en la ducha. Luego, intentaba desayunar un poco de café con leche cuando Laura entró en la cocina en bata:
-Court, no lo aguanto más, o dejas esa vida de burbuja de cristales rotos donde vives, tú solo, o no tendré más remedio que pedir el divorcio.
-No creo que te falte de nada, Laura. Tenemos dinero, dos hijos preciosos y yo te quiero.
-Me falta todo, porque he perdido al Court que tanto quise. Me encuentro vacía y sola en casa. Para lo único que sirvo es para llevar y traer a los niños del colegio y hablar con verduleras.
-No sigas, Laura. Yo no sería capaz de vivir sin ti y sin los niños. Te prometo que cambiaré y volveré a ser el mismo.
Laura ya se había hecho a la idea y planeaba, si su esposo no cambiaba radical, plantearle el divorcio y pedir la guardia y custodia del niño y la niña que dormían plácidos en una habitación del chalet. Llevaban casados cinco años, y el éxito de la novela y el dinero habían hecho que Court se sintiera el ombligo del mundo, no había sabido encajar el éxito y la fama que conlleva éste, incluso había perdido a sus mejores amigos, hartos ya de sus aires de superioridad. Sólo Francisco permaneció a su lado a pesar de los desplantes de Court, pero incluso sin que Francisco supiera nunca nada, Court, en su delirio, había intentado acostarse con Marta, la mujer de Francisco, su mejor amigo. Marta nunca le había dicho nada a Francisco ni a Laura, con quien la unía una gran amistad desde sus tiempos de funcionarias. Ni siquiera cuando se divorciaron le contó nada Marta a Francisco. Marta dejo de frecuentar la amistad y la casa de Laura, cosa que a ésta le dolió al no darle explicaciones convincentes ni de ningún tipo, y terminó por volverse a casar nada menos que con don José, ahora flamante director adjunto del Director General de Hacienda de Madrid: ¡Ver para creer!
Court estaba dispuesto a llevar sus buenos propósitos a la práctica. Aquella mañana desempolvó su viejo maletín de funcionario ante el asombro de Laura. “Nada”, le dijo a ésta, “quiero sentir el olvidado contorno de su asa y recorrer las mismas calles, para que me haga recordar aquellos días felices, cuando me enamoré de ti”. Volveré para comer y nos iremos los cuatro a un restaurante. Luego, si te apetece, llevaremos a los críos a la Warner. Necesito estar con ellos y contigo ¡Hace tanto tiempo que perdí las buenas costumbres! Estas navidades dejamos a los niños con tus padres y no vamos a Venecia unos días a hacer las paces, luego los recogemos y los llevamos al Disneyland de Orlando. ¿Qué te parece mi plan?
¿Qué le iba a parecer a Laura el plan de Court? Es lo que había estado esperando que ocurriera durante cuatro largos años. No era una oportunidad lo que le daba a Court, porque aún lo quería, pero no quería a cualquier Court, por muy famoso que fuera, sino a aquel muchacho con sueños del que se había enamorado.
Cuando Court volvió de dar su romántico paseo se encontró con la noticia de la existencia de una reunión. Su editor, al no localizarlo en el móvil, que había dejado apagado de intención en casa antes de salir, había llamado al fijo. Laura había descolgado el teléfono en mala hora y ahora lo ponía al corriente de una reunión importantísima con dos editores, el español, y uno argentino que le prometía el oro y el moro.
-Esta tarde asistiré a la última reunión con mi editor y a la última fiesta. Tengo que asistir porque estará un editor argentino que relanzará mi novela en toda Sudamérica. Será una reunión algo familiar. Invitaré también a Francisco, le pediré disculpas e intentaré recuperar a mis amigos de siempre, pues yo también me encuentro vacío sin el mundo que he dejado irse al garete. Podéis venir tú y los niños también, iremos los cuatro en el cuatro por cuatro y regresaremos pronto.
En la reunión, que comenzaba a las nueve de la noche en el lujoso chalet que el editor español poseía en un lugar privilegiado de la Sierra de Guadarrama, Court no bebió más que una copa y se olvidó de las rayas, pero las cosas se complicaron, dado que el vuelo del editor argentino llegaba con retraso. Con bastante retraso.
-Bueno,- le dijo Court al editor patrio a eso de las doce- los niños se adormilan. Tengo que llevar a mi familia a casa. Para mí también se está haciendo muy tarde.
-No, tienes que esperar al editor argentino. Es imprescindible que hables con él. No quiero malentendidos luego.
Francisco que ya estaba también a punto de irse, se ofreció a llevar a los niños y a Laura en su coche, para que Court hablara con el editor sudamericano y regresara a casa en el cuatro por cuatro. El editor se presentó a la una treinta. Court continuaba en sus trece, sin beber más de lo debido ni meterse una raya siquiera, lo que sorprendía a quienes lo conocían. Cuando ató los pormenores de la reedición de su novela con los dos editores, se despidió amablemente de la gente que conocía, se subió en el cuatro por cuatro y se dirigió a su casa, que distaba unos cuarenta kilómetros del punto de reunión en la sierra. Nunca llegó. A pocos kilómetros, bajando el puerto y tratando de esquivar un caballo cruzado en mitad de la carretera, Caballo escapado de una finca cercana que al final se llevó por delante y destripó, remató dando una vuelta completa de campana y estrellándose de frente contra un inmenso pino de la ladera izquierda. La vuelta de campana había roto todos los cristales del vehículo. Court no iba bebido, no iba a gran velocidad, llevaba puesto el cinturón, y aunque el airbag saltó y lo protegió, una rama gruesa, puntiaguda y afilada del pino que frenó su caída libre por la ladera de la Sierra de Guadarrama, se le había clavado en la frente, matándolo en el acto. Al caballo hubo que sacrificarlo, aun permanecía vivo al amanecer, pero destrozado.
Cuando Laura recibió la noticia, se volvió loca, y sólo quería morirse. Fue Francisco quien con el tiempo consiguió sacarla de tan espeluznante atolladero. Pasados cuatro años, ambos decidieron casarse y Laura volvió a quedar embarazada, pero Court, siempre siempre, permaneció en lo más hondo de su corazón.
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Alfonso Toribio Julio 2009 |
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