El veintiuno de julio, a las tres de la tarde, Cristóforo, su mujer, y una tropa formada por dos niñas y un niño recién destetado, se acercaron al Maderal. Esa tarde de vísperas, más que por el viaje por el disgusto que lo asolaba, Cristóforo no tenía ganas de fiesta.
El día veintidós, después del encierro, la cata de toro, y la comida grande, Cristóforo llamó a su cuñado Miguel a parte del resto de comensales. Ya solos, le expuso la tesitura desesperada y desesperante en la que se hallaba inmerso:
-Por la Virgen, y más que por la Virgen por los virginianos, me veo con la soga al cuello, pues si no le he devuelto al “Cainita” antes del uno de octubre los garbanzos que me prestó más la mitad, o su equivalente en dinero, se queda con la tierra del pozo. No tengo ni una perra gorda en casa. Lo poco que tenía lo invertí en la sementera y en comprar un nuevo sistema de riego que está muerto de risa.
Con lo del sistema de riego quizá me corrí de listo comprándolo demasiado pronto, pero el veinte de marzo no había caído una gota de agua y quién me iba a decir a mí que se iba a aparecer nada menos que la Virgen el veintiuno. Encima, estando ya todo listo para darle de beber a los garbanzos, el motor que no me arranca. Tuve que esperar seis días a que vinieran a arrancármelo de Zamora, y cuando vinieron resulta que la puta máquina estaba mal y tuvieron que llevársela. Una vez que la trajeron arreglada, después de esperar otra semana, ya no había dios que dominara a los devotos del pueblo y pueblos aledaños.
Más que desesperado, el día diez de abril me fui a Zamora y compré una escopeta de estraperlo junto a un arsenal de cartuchos. Aquello era imposible que me estuviera ocurriendo a mí. Fíjate, Miguel, antes de lo de la escopeta, echaba del garbanzal con el perro a cinco… y me aparecían cincuenta no sé de dónde. ¡Un hervidero, aquello era un hervidero!
Una vez que adquirí la escopeta, estuve tres días titubeando si los echaba a tiros o no, pero el día catorce de abril, a escondidas y sin que lo supiera tu hermana, cargué el arma, y fuera de mí, me fui a la tierra dispuesto a expulsar y a poner en la linde a esa manada de imbéciles. Bien, pues eso me costó tres días de cárcel y una multa que todavía no he pagado, además de la retirada de la escopeta y de la vigilancia implacable de la Guardia Civil, que no me permitía mover la mano izquierda sin que lo supiera la derecha. Tan vigilado estaba que no me dejaban ni cagar a gusto.
Bien se podía haber aparecido en los hermosos frutales del barbecho de al lado, y no en el nogalucho de tres años, único árbol que tengo en toda la tierra ¡Maldita la hora en que lo sembré con una nuez que me dio un vecino! El día que fui con la escopeta, tenía también la intención de cortarlo, pero con el barullo que llevaba en la cabeza, se me olvidó la macheta.
Miguel, escuchó, y luego tomó la palabra:
-Tú sabes, Cristóforo, que lo mío es tuyo y de María, pero me coges en una situación más que apretada, acabo de terminar la casa y me he “quedao” a dos velas de dinero. Aquí, como en Casaseca, la cosecha ha “estao” de ruina, y si recojo pan pa´ l´año, no vamos mal. Encima está el racionamiento impuesto por esos cabrones de falangistas y requetés. Dispongo del dinero de la lana cuando la venda, pero no te llega ni con mucho.
Con el dinero de la vendimia no se puede contar, pues empieza metido ya octubre. Ese “Judío” lo que quiere es quedarse con la tierra y va a cumplir el plazo a rajatabla. No serías el primero que jode bien jodido, según me han dicho.
Tengo unos sacos de trigo escondidos entre la paja para venderlos a estraperlo, pero con el año de grano revenido que se ha presentado, me harán falta a mí para sembrar simiente en condiciones.
Podía vender la piara de ovejas que tanto esfuerzo me ha costado sacar adelante; si no queda otro remedio, la venderé, pero ese cabrón no se queda con la tierra. De todas formas, espera, y no desesperes, que las ovejas siempre están ahí, y si hay que venderlas, como te he dicho, se venden.
Además tengo un as en la manga, aunque quienes deberían pagar los garbanzos tuyos son el gobernador y el cura, pues esos dos “pelitordos”, como sabe todo el mundo, se han repartido el dinero de la aparición, que no viene a ser una cantidad nimia. Dicen que acudía gente de casi todos los rincones de España, y que todos dejaban algo.
Pero tú, déjame a mí y no te preocupes más.
Ahora vamos a tomar café a casa el tío Emilio, que quiero presentarte a un amigo muy especial. Tienes que hablar con él, porque ya está “enterao” de todo. Luego iremos a los toros, al baile, cenamos bien, y etc, etc, ¡que estás en La Magdalena, coño!
Sin embargo, Cristóforo ya empezaba a dar síntomas paranoicos:
“Si hubiera puesto el nogal a la vera del pozo, donde yo siempre estaba,- le iba comentando a Miguel y compañía camino de la taberna- y no en la mitad de la tierra, como hice por miedo a las raíces, a lo mejor habría dominado la situación, porque el fatídico día veintiuno yo había visto a las niñas clisadas para la copa del nogal moviendo los labios, pero no le di importancia y me pregunté: “¿Qué mirarán este par de angelitos?”. Luego pasaron a la vera del pozo, donde yo intentaba arrancar el motor sin éxito, y me quedaron “helao” cuando me dijeron: “¡Aleluya, Señor Cristóforo! No tema usted nada, pues la Reina de los Cielos ha tenido a bien aparecerse en su garbanzal”.
A la mañana siguiente, desesperado por el motor, yo ya había olvidado aquellas palabras de las niñas, pero cuando vi aparecer al cura vestido de liturgia, al sacristán, que portaba calderín e hisopo, y a las dos niñas con sus padres, hermanos, tíos, primos…aquello me dio muy mala espina:
-¿Pero qué hacen ustedes? ¿No ven que esto es una propiedad privada y encima está sembrada de garbanzos?
-Hijo mío- me respondió el cura- los caminos del Señor son inescrutables.
-Inescrutable va a ser lo que voy yo a hacer, si me siguen pateando el garbanzal- le respondí.
...Y me fui a Zamora en busca de los que me habían vendido el motor. “Bueno, bueno, no se preocupe usted. Un día de estos vamos”, me respondieron allí. Al día siguiente, cuando fui al garbanzal, había más de doscientos pisoteándolo. Y día tras día la bola de nieve se hacía tan grande, que no me quedaron más cojones que tomar medidas drásticas, pero fue peor, porque me metieron en la cárcel como si de un malhechor se tratara, y encima me prohibieron acercarme a menos de un kilómetro a mi propia finca, arrancándome como ya me arrancaba el motor y viendo que las parras de garbanzos que quedaban pedían agua a gritos.
Al final, cuando el obispo cortó la situación, no se podía decir que aquello fuera un garbanzal, sino un solar, donde ya sólo se podía llorar de impotencia y pena. Sí le pedí al cura que me indemnizara, pero me respondió que el Altísimo no indemniza a nadie, sino que hay que darle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios, y además, no sólo de pan vive el hombre. Esto me contestó el listillo del cura con otra sarta de gilipolleces parecidas.
-De hambre se va a morir mi familia por culpa de su avaricia y la de su pariente zamorano.
-Hijo mío…
-Yo no soy su hijo, ni usted es padre que se sepa- lo interrumpí de mala leche.- Si supiera lo es ser padre, y dejaran a su hijo sin pan, quizá no hablara usted tan rimbombante.
-Te pongo en aviso, feligrés de mi parroquia (si prefieres que te llame así). Mira, no me busques las cosquillas, porque ya probaste lo que es la cárcel, y con tres hijos como tienes, no querrás volver allí y dejarlos desamparados ¿sí o no?
Tuve que cortar la conversación y marcharme, porque el muy cabrón habría sido capaz de meterme otra vez en la cárcel, además tenía poder para hacerlo si seguía por ese camino y…”
-...Y, y, y... y ahora olvídate de todo eso, que es el Día de la Magdalena- lo interrumpió Dioscólides dándole un abrazo.- Venga, dile a Miguel, si no tiene miedo, si queréis echar una partida de dominó, antes de los toros, contra Lonjinos y contra mí.
-Eso está hecho.- le respondió Miguel- Pide un dominó, Cristóforo, que ya tenemos quienes nos inviten a café.
-No, hoy vamos a jugar café, copa y faria, y el que se niegue es un cagón- añadió Lonjinos tirando con una no disimulada chulería sana de la faria que mantenía entre los dedos de la mano izquierda y bebía sorbitos provocadoramente encantadores de la copa de “conac” que mantenía en su mano derecha.
Antes de comenzar la partida, y aunque luego la perdiera, Lonjinos había encargado a Emilio, el dueño de la taberna, que todo lo que tomaran los acompañantes de Miguel y lo que se tomara durante la partida, se lo cobrara a él, y que si Miguel o Dioscólides se ponían pesados, les dijera que ya estaba todo pagado, que lo había dicho Lonjinos y que sus palabras por sí solas bastaban para ir a Roma.
-Bueno, bueno, fanfarrón… el día que quieras me dejas pagar algo.- Esto le dijo Miguel a Lonjinos ya en la barra del bar, una vez terminada la partida, mientras metía la cartera en el bolsillo de donde la acababa de sacar.- Por lo menos- añadió- a ver si aprendes a jugar algo al dominó.
-Sólo habéis tenido una poca de suerte, Miguel. Pero recuerda, no siempre suena la flauta.
Y entre estas y otras bromas, toda la cuadrilla en armonía se fue dirección de la plaza de toros, a cuya puerta las mujeres y los críos esperaban impacientes.
Ya en los tendidos, Lonjinos buscó sentarse a la vera de Cristóforo:
-Así que tú eres amigo y cuñado de Miguel, y además mantienes una amistad entrañable con Dioscólides.
-Eso es.
-Pues yo también soy amigo de esas dos fieras, y los amigos de mis amigos son amigos míos, si ellos quieren ¿Tú quieres ser amigo mío?
-Aunque los amigos no se hacen de un día para otro, veo que tú eres una excepción que confirma la regla.
-Entonces, amigos ¿No?
-Dalo por hecho- ratificó Cristóforo.
Ambos sellaron la recién nacida amistad con un apretón de manos.
-Tú eres ése al que según Dioscólides- prosiguió Lonjinos- ha quedado la Virgen a dos velas…
-No,- interrumpió bruscamente Cristóforo- te equivocas, a dos velas me han dejado el gobernador, y su pariente, el cura de mi pueblo, que se han llenado los bolsillos y han permitido que el garbanzal mío se vaya al garete.
-Ahí quería yo llegar, pues me pareces una persona íntegra. Según me ha contado hoy Dioscólides, tienes una deuda que no puedes pagar y que te puede costar media hacienda.
-También ahí te equivocas, porque me puede costar la ruina.
-Pero nos vamos entendiendo ¿No?
- “Ma” o “Meno”.
-Mira, no me voy a andar con más rodeos. Tú tienes firmado un contrato al que si no les has hecho frente antes del uno de octubre, la tierra donde tenías sembrados los garbanzos, que vale mil veces más que lo que debes, mejor dicho, que no tiene precio, pasará a manos de un cacique avariento ¿Cierto?
-Cierto como que el sol sale y se pone todos los días.
-Pues bueno, yo voy a hacer que eso cambie.
-¿Cómo? ¿Tienes una varita mágica?
-No, no me hacen falta varitas mágicas. Tengo poder, que es mejor que todas las varitas mágicas juntas. En realidad, en ocasiones, cuando yo quiero, el gobernador de Zamora soy yo.
-¿Y eso lo sabe el gobernador de Zamora, que el gobernador eres tú y no él?- le respondió Cristóforo con un poco de sorna.
-Por supuesto que lo sabe. Yo soy para él más que un padre, una madre y un hermano juntos, desde que una vez, hace muchos años, le salvé la vida en el preciso momento en que un gitano le iba a rebanar el cuello. Lo curioso es que, cuando le salvé la vida, yo no sabía de quien se trataba y mucho menos sabía que iba a ser el mandamás de Zamora…
De pronto, ambos se quedaron callados, uniéndose al silencio de toda la plaza, y mirando, como todos, el salto del toro que un jovencito, al que llamaban “El Peque”, iba a realizar. El salto fue ejecutado con valentía, pero su autor se pegó un gran barrigazo contra el suelo, si bien al momento ya estaba en pie pidiendo con su muleta de trapo rojo a la concurrencia por la hazaña realizada. Al pasar enfrente del tendido de Lonjinos, éste le tiró una moneda de diez duros. Al “Peque” le brillaban los ojos mientras la veía venir dando vueltas en el aire, reluciendo entre los rayos del sol e imaginándose lo que sí era. Cristóforo no podía creer lo que había visto, pues con poco más casi mantenía él a la familia un mes. “El Peque” no pudo resistir la tentación de morder la moneda para cerciorarse de que era auténtica.
Después de cruzar unas palabras con el alcalde, Lonjinos reanudó su conversación con Cristóforo:
-Ya he hablado con Miguel del tema- prosiguió Lonjinos- y esto es lo que va a pasar: Tú, el día treinta de este mes, te vas a casa del “Cainita”, que tendrá preparado un nuevo contrato, el cual sólo variará…
Esto estaba diciendo Lonjinos cuando se calló de sopetón y cogió, apresuradamente, la bota de vino que le acababa de tirar “El Peque” desde la parte interior de un burladero.
-Ahí va, caballero.- le había gritado el torerillo desde abajo- Eche una buena pinta, y que también beba su compañero, y quien quiera usted más, que es un vino fresquito y de primera.
-El vino será de primera, pero tú eres de segunda, porque si me descuido, me das en los morros con la bota ¡Vaya tino que tienes! A ver si afinas igual cuando saltes otro toro… y procura caer de pie esa vez.
-Todo se andará, compadre, ¡y perdone… perdone! pero beba, ¡ya verá usted qué vino!
-No está nada mal este vino. Gracias majete…y lo dicho- le respondió Lonjinos después de echar un buen trago pasándole la bota al resto de su cuadrilla de tendido.
-Como te iba diciendo antes de esta interrupción- prosiguió Lonjinos-el contrato sólo variará en la fecha de su ejecución, que se trasladará al uno de noviembre, cuando tu cuñado Miguel ya haya cobrado la venta de la uva. Según él, con la cantidad de cepas que tiene y la calidad que presenta este año la uva, con algo más de la mitad de la recolección y la venta de la lana de las ovejas, será más que suficiente para pagarle a ese prestamista zampón y necrófilo. Ahora, toma, acéptame estas doscientas pesetas. Yo también quiero contribuir, con mi granito de arena, a la colecta de la Virgen. Quiero contribuir en donde el demonio metió la mano, o sea, en tu bolsillo.
-No, de verdad, Lonjinos. No podré devolvértelas en mucho tiempo.
-Conmigo no hace falta que firmes un papel, que tu cuñado Miguel ya me ha devuelto con creces más de doscientas pesetas. Yo vine con lo puesto a este pueblo, y él, nos mató el hambre, a mí, y a mi mujer, dándonos trabajo y cobijo. Si yo soy un hermano para el gobernador, tu cuñado Miguel es para mí… la Virgen.
Cristóforo se quedó mirando fijamente a Miguel, que también lo miraba a él. Miguel le guiñó un ojo al cuñado y asintió con la cabeza. Entonces Cristóforo le barrió las doscientas pesetas de las manos a Lonjinos.
El veinte de agosto, una pareja de la Guardia Civil llamó a la puerta de Cristóforo sobre las once de la mañana:
-No está- le respondió María temiéndose lo peor.
-¿Dónde podemos localizarlo?
-Creo que está en la tierra donde se le aparecía Nuestra Señora a las dos niñas-les indicó María con la voz temblorosa-¿Para qué lo buscan? El no ha hecho nada malo, tiene bocas que alimentar y encima casi lo arruinan y lo matan del disgusto.
-No se preocupe usted, señora María, que ahora la Virgen se le ha aparecido a él. Le traemos muy buenas noticias.
-Estos me vienen a detener por no pagar la multa de la escopeta cuando la emprendí a tiros- pensaba Cristóforo viendo acercarse la pareja al pozo, donde estitaba unas vainas de fréjoles pintos que se habían salvado de la quema de la hordas devotas, de milagro.
-¡Buenos días!
-¡Buenos días tengan ustedes!
-¿Es usted Don Cristóforo Gómez Alierta?
-Lo acaban de nombrar, yo soy. Pero ustedes me conocen bien, porque ya me han llevado detenido en otra ocasión ¿Qué pasa? ¿Acaso se le han calentado las pelotas al cura? ¿O es que vienen a que le haga efectiva la multa de trescientas pesetas que me impuso el gobernador? Ni una perra suelto. Yo no le quito la comida a mi familia para dársela a quien le sobra a costa de mis garbanzos, y, por si fuera poco, casi me lleva a la quiebra.
-¡Tranquilo, tranquilo! Venimos, por orden del gobernador, eso sí, pero a indemnizarle el garbanzal. “No hay derecho que a un hombre honrado y trabajador como es usted, y amigo de Don Lonjinos, le destrocen la cosecha de esa manera”, nos ha dicho que también le digamos.
-También han dicho ustedes que vienen a indemnizarme ¿O he oído mal?
-Tal y como suena. Ha oído usted perfectamente. ¡Ah! Y además venimos a devolverle la escopeta, con todos los permisos en regla, para que las liebres y las perdices no campen a sus anchas.
Aquí tiene usted las cuatro mil ochocientas pesetas en las cuales se ha tasado el garbanzal, y otras quinientas para subsanar gastos extras, y disgustos extremos, que seguro también ha tenido usted. De todas formas, y estas ya son palabras de Don Lonjinos, de esas quinientas, doscientas le abonará a Don Miguel, conocido también como El Potaje, habitante de la insigne Villa del Maderal. Usted debe conocer muy bien a ese señor Miguel. Nosotros somos meros trasmisores. También nos ha dicho su amigo Lonjinos que le comuniquemos que el día veintiuno de septiembre, San Mateo, están usted y su esposa invitados a comer, a las doce en punto, en El Novelty, y por la tarde están igualmente invitados, en la Glorieta, a la corrida de toros cuyo cartel encabeza Manolete. Sólo tiene que firmar este “Recibí” y le haremos entrega del dinero.
-Pues no se hable más, firmo e informado quedo. ¡Viva la Virgen! ¡Y que viva Lonjinos!
-¡Que vivan!- contestaron los guardias, que se fueron por donde habían venido.
“¡Aleluya, Señor Cristóforo! No tema usted nada, pues la Reina de los Cielos ha tenido a bien aparecerse en su garbanzal”. Como si de un nuevo San Pablo camino de Damasco se tratara, de pronto, le pareció a Cristóforo entender el verdadero sentido de las palabras que en su momento le sonaron a chino, pero que se habían quedado grabadas en su cabeza como una lapa, y ahora resultaban ser portadoras de iluminación divina.
Cristóforo, que hasta ese día de la indemnización había inclinado su balanza a la no creencia más contundente, se hizo ferviente devoto de la Virgen y cofrade del Hijo de Dios. Por supuesto, dejó de blasfemar, cosa que hacía a cada momento, convirtiéndose en uno de los feligreses más asiduos a la iglesia, en donde antes sólo pisaba por obligación en los entierros, y eso, si llovía fuera.
Dioscólides, por el contrario, estaba recorriendo el camino inverso al de su amigo, encontrándose ya en las proximidades del ateísmo. La blasfemia, si no la había usado nunca, no la usaría jamás en su vida. “Me parece de gilipollas usar el nombre de quien que no existe para desahogarse”, decía a menudo cuando escuchaba a alguien blasfemar. “Lo que hay es que cagarse en un sistema, basado en el amiguismo, que no te deja ni respirar”, diría tres años después con el carné del Partido Comunista en el bolsillo, cuando ya llevaba viviendo dos años en Salamanca, donde trasladó su residencia y abrió un negocio gracias a un préstamo que le hizo su amigo Lonjinos. Dioscólides moriría comunista cerrado, y ateo hasta la médula, aunque rico. Fue incinerado, y por expreso deseo suyo, sus cenizas fueron arrojadas a orillas del Tormes en el mismo sitio donde un día, de joven, había sido feliz, y al que regresaría de nuevo ya convertido en polvo, pero según él y haciendo suyas las palabras del poeta: “Polvo, sí, mas polvo enamorado”.
La noche del día en que fue indemnizado, Cristóforo se pasó por la casa del “Cainita” y le hizo efectiva la deuda de la simiente de garbanzos. “El Cainita” puso “Pagado” en el nuevo contrato que habían renovado a la fuerza. No resultó nada fácil que accediera a cambiar lo más importante del contrato, la fecha, pues ya veía la tierra de Cristóforo en su inventario de propiedades.
-¡Qué ostias! Esto ya no vale “pa” nada- dijo de pronto, y arrojó el contrato a la lumbre muy contrariado, donde ardió consumido entre las llamas.
¡Ver torear a Manolete! Ese sueño lo hizo realidad en barrera de sombra el veintiuno de septiembre, San Mateo, acompañado por María, (el gobernador de Zamora disculpó su asistencia a los toros, aunque estuvo en la comida) Lonjinos, su cuñado Miguel, Dioscólides y, la novia de éste, con la que su amigo hacía poco que había empezado a tontear.
-Yo soy virgen, y así seguiré. No insistas, que hasta que no nos casemos, no hay nada que hacer- le había oído decir por enésima vez Dioscólides a su novia Terencia…
Sin embargo, la noche de aquel día taurino, la pareja se habría de perder llamada por una agradable brisa nocturna que subía del Tormes, a cuyas orillas se debieron oír, entre unos matojos, los gritillos consentidores de Terencia diciendo que “no… no, no, así no, sí, sí, así, así, amor mío…”, y los gemidos de Dioscólides, ambos mezclados con el murmullo del agua y el canturreo de fastidio de una manada de patos, la cual huyó espantada de ese matorral nupcial debido a las urgencias de dos amantes.
Un hombre y una mujer enamorados, la noche, la luna, el Tormes, la brisa, los patos…No se podía pedir más. O quizá sí…
A los tres meses de la corrida… de toros, Cristóforo se acercó a la Villa para ser el padrino de boda de su amigo Dioscólides, visto que Terencia se hallaba en estado de buena esperanza, es decir, preñada, quien, a su vez, habría de convertirse en una longeva mujer que llegaría a cantarle nanas a dos tataranietos:
-No insistas, amor mío, que te he dicho que no- fueron las últimas palabras de Terencia, quizá ya dichas inconscientemente.
Sus cenizas serían esparcidas en el mismo lugar que las del único hombre que amó con pasión y ternura y que la hizo sentir, persona y mujer, tal y como había soñado desde que era una “arrumiácala”*.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Fueron, digamos, más o menos felices, y nos dieron con los huesos en las narices.
(*) Arrumiácalo: Localismo maderalino. Se dice de algo que es muy pequeño. Se dice también de niño avispado.
Alfonso Toribio Colección "Relatos de La Villa"
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