RELATOS DE LA VILLA de Alfonso Toribio
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EL FUMADOR EMPEDERNIDO
   Ahora que se me aproxima el final, quisiera hacer recuento de mi vida. Recuento de un tiempo que me perteneció porque me tocó vivirlo, y del que, en último extremo, sólo quedan los recuerdos, único bagaje que se lleva el hombre a la tumba. Para que eso no ocurra del todo, he decidido escribir algunos episodios como buenamente pueda, sin embargo, lo haré en tercera persona, como si fuera otro, de esa manera, inocente de mí, pienso que ciertos pasajes serán menos dolorosos si no me los atribuyo directamente, puesto que hay momentos de nuestra existencia que quisiéramos borrar de un plumazo, pero que, por el contrario, están ahí, como una espina eterna que con el paso de los años puede doler tanto como el primer día.

   Así pues, empiezo este relato diciendo que Créspito Sevillano Almazán vio la luz de este mundo en “La villa de El Maderal” un ocho de julio del 1878. Fue un parto trágico, ya que la llegada de su vida se llevó la de su madre. Desde entonces, su padre ya nunca volvió a ser el mismo, y dicen que tal era su dolor, que no deseaba seguir viviendo con tal sufrimiento en su interior, pues quería a su esposa con locura y no soportaba su ausencia. Como Orfeo, el padre de Créspito también se hubiera aventurado en “El Hades” para devolver a su amada de nuevo a la vida.

   Ya desde niño se asentaron en Créspito una inteligencia evidente y un ansia de saber infinita, de tal modo que Don Celedonio, cura de La Villa, se tomó al crío muy en serio y decidió impartirle una formación complementaria, muy superior a la recibida en la escuela. Don Celedonio era un prelado atípico, ferviente admirador y seguidor de las ideas ilustradas, tanto de las de dentro del país, como de las de fuera. Le dolía ver el subdesarrollo de España y cómo tuviera mucho que ver en ello la institución de la cual él formaba parte.

   Se puede decir que Créspito, a los catorce años, sabía más que leer y escribir únicamente; pero no lo dejaron ahí, puesto que alumno y párroco continuaron las clases algunos años más. Como es natural Don Celedonio arrimaba el agua a su molino, y aunque Créspito, a medida que descubría la verdadera entraña de su país menos le gustaba todo lo relacionado con La Iglesia, todos los domingos asistía a misa. Más que como ferviente creyente, iba por escuchar, igual que un buen número de feligreses, la voz tranquila pero convincente de los sermones de Don Celedonio, quien desde el púlpito producía una verdadera catarsis en los asistentes.

   A los dieciocho años Créspito fue tocado certeramente por Cupido, quien le asignó a Lidia como novia, haciendo nacer en ambos un cariño y pasión infinitos. Pero un año y medio después todo ese creciente e impetuoso amor se truncó por “La Guerra de Las Filipinas”, pues Créspito fue reclutado para defender aquel lejano bastión de un entonces más que “imperio decrépito”.

   Mucho antes de su dolorosa partida, Créspito ya fumaba como una coracha, hasta el punto que se podía adivinar donde estaba por la humareda que lo rodeaba a cualquier hora del día. Sólo dejó de fumar tabaco por fuerza mayor, pero incluso entonces se las arreglaba para fumar lo infumable, como raíces de negrillo u hojas secas de patata que machacaba con el muñón de la azuela de la enrejada. Liaba los cigarrillos con tal maestría y perfección como quien conoce su oficio al detalle y no se le escapa un cabo. Encendía esas insólitas obras de arte con un chisquero de mecha al que apodamos cariñosamente “Chaschas”, sobrenombre que por metonimia pasó a designar también a su dueño sólo durante algún tiempo, pues terminada la contienda colonial el gobierno lo dio por desaparecido, y su hermano Blas se propuso que en el pueblo se lo borrara de la lista de los vivos. El mismo Blas se encargaba de mandarle decir a Don Celedonio misas de réquiem por el hermano fallecido, cosa que el cura-tutor aceptaba de muy mala gana:

   - Te recuerdo, Blas, que a Créspito se lo ha dado por desaparecido, no por muerto.

   - Después de tanto tiempo, padre, desaparecido o muerto qué más da, si las dos cosas son lo mismo.

   - No hijo, no son lo mismo. Tú sabrás lo que haces.

   Y así, pasados tres años desde que finalizase la guerra, Lidia, a quien le hacían perder día a día las esperanzas, y sobre todo presionada por su madre, acabó aceptando las proposiciones de matrimonio de Blas. “La señora Isidora”, la madre de Lidia, decía muy a menudo santiguándose:

   - ¡Pobre Créspito! ¡Que Dios lo tenga en su Gloria! ¡Amén!

    Un día frío de invierno de 1904, día frío como sólo los sabe producir Castilla, se presentó en La Villa un soldado de un anacrónico país vestido con anacrónico uniforme descolorido por el paso nefasto del tiempo, el que, a su vez, había derruido los muros de la patria ayudado por la incompetencia:

            Muros si ayer fuertes,
            hoy corroídos
            por el verdín
            que los consume.

   Lo primero que hizo Créspito al llegar fue hacer sonar la aldaba de la puerta de la casa de Lidia. Salió a abrir la matriarca Isidora, quien no podía creer lo que veía, y para cerciorarse de que no estaba delante de un fantasma, abrazaba y besaba insistentemente al soldado, hasta que él se la pudo quitar de encima mientras le decía, también con insistencia, que le dijese a Lidia que saliera para saludarla, a lo que ella por fin le respondió que Lidia se había casado con su hermano Blas dado que a él lo habían dado por muerto. La cara de Créspito se quedó como petrificada y sintió un dolor profundo, desgarrador, como si mil agujas le hubiesen atravesado el corazón. La mujer, al ver la reacción que había provocado la noticia, dijo sin más, pero con voz firme:

   - ¡Pero hijo, hijo, tú no te preocupes, que tengo más hijas para que elijas otra! Yo te aconsejo que te inclines por Isidora, que es limpia, hacendosa y honrada como ninguna.

   Créspito, que no daba crédito a lo que escuchaba, le respondió que Isidora era una niña cuando él se fue a la guerra.

   - Ya, ya, ya… aunque tienes que entender -le replicó ella- que las niñas se hacen mujeres, y las mujeres viejas piltrafas como yo.

   La proposición de la señora Isidora no cayó en saco roto, y el domingo, en el baile del Tío Emilio, Créspito e Isidora Hija se hicieron novios, y es más, Isidora Madre computó como noviazgo de la recién nacida pareja, junto al tiempo que Créspito fue novio de Lidia, el que estuvo desaparecido y preso en Filipinas. Las cosas no podían ir mejor. “Esto me huele a boda”, le decía Blas a su hermano a menudo. “No te equivocas”, le respondía Créspito, si no entusiasmado, sí contento… Y añadía: “Estoy esperando una indemnización del gobierno… y me caso. Y tú y Lidia tenéis que ser los padrinos”. “Eso dalo por 'descontao'”, afirmaba categóricamente Blas.

   El caso fue que Créspito, cosa rarísima, aunque cierta, aproximadamente al año de su retorno fue indemnizado por el estado… “Por los servicios prestados a “La Madre Patria””, decía literalmente el escrito oficial que daba fe del hecho.

   Con ese dinero, Créspito le compró las tierras, la pareja de mulas y los aperos de labranza al Tío Francisco, apodado “El Nieva” porque cuando vino de la mili se trajo un calendario zaragozano, el cual casi todos los días del invierno pronosticaba nieve. “Hoy nieva ¿Qué te juegas a que hoy nieva?” Se tiró aseverando y porfiando un día sí y otro también El Tío Francisco”. “El Nieva” vendía las tierras y utensilios porque sus 78 años ya no lo dejaban inclinarse hacia la tierra para sacarle a ésta sus frutos dignamente. “Y como sé que te vas a casar muy pronto, Créspito, te doy en el lote, como regalo de bodas, los dos quiñones que roturé con gran esfuerzo en “La Rigera”, para que te sirvan de huerta. Sólo te pido una cosa, que me des algún tomate o pimiento”. “Eso está hecho, “Nieva””.

   La boda de Créspito se celebró por todo lo alto. Los festejos duraron una semana, todos los días con verbenas de orquesta, cohetes y pasacalles. Se comió la carne de dos terneros añojos; también se dio buena cuenta de veinte corderos e infinidad de pollos y conejos. Quizá no haya existido otra boda como esa en El Maderal, donde la alegría y el vino corrían a chorros y parecía tocarse el cielo en el desmadre de esos días, en los que Don Celedonio parecía ser el más feliz de todos si exceptuamos a Créspito e Isidora.

   Sin embargo, no hay luna sin cara oculta, ni moneda que no tenga dos caras. Créspito ya era padre de dos de los ocho hijos que tendría en total. Una tarde de primavera viniendo de la huerta envuelto en su peculiar nube de humo y azadón al hombro, fue reconocido de lejos por el cartero, quien cuando lo tuvo a su altura le entregó una carta diciéndole:

   - Creo que esta carta le pertenece, porque tiene su remite, y como viene dirigida a su padre, se la doy a usted. Las otras se las daba a su hermano, pues su padre, que en paz descanse, murió al poco tiempo de irse usted a la guerra.

   Fue así como Créspito descubrió que su hermano Blas y el cartero eran los únicos que sabían que él estaba vivo. Lo del cartero no le importaba, pues venía al pueblo a repartir la correspondencia desde Villamor una vez cada quince días y no estaba al corriente de las historias de El Maderal, pero la idea de que su propio hermano estaba engañando a todo el mundo, y en especial a Lidia, lo cargó de un odio repentino que no había sentido nunca, como nunca hubiera querido que esa carta retornara a las manos que la habían escrito, después de casi tres años, y dar la vuelta al mundo sin dueño varias veces. Pesada carga la que le tocaba ahora. Frenético se encaminó a la casa del hermano traidor, cuya puerta empujó con tal violencia que casi la destartala, y allí en la cocina se encontró a Blas soplando a la lumbre con el fuelle, “Te faltaba ésta, canalla”, le dijo arrojándole la carta a la cara, y levantando el azadón, fuera de sí, lo encaminó al cráneo de Blas, quien instintivamente lo protegió con el fuelle, pero el golpetazo fue tan terrible que quedó medio mareado sobre el suelo. Ahora estaba a merced de Créspito, que ya se disponía a darle el golpe de gracia cuando la voz de Lidia portadora de un cántaro de agua sobre el costado le gritó desde la puerta de la cocina:

   - ¡No lo hagas, Créspito, por el amor de Dios! Mira que dejas huérfanos a tus hijos, pues te llevarán al presidio ¡Detente por tus hijos y tu mujer, por favor!

   - Tienes razón, Lidia.- le respondió él desistiendo de su intención- No merecen las tropelías de éste ser pagadas por inocentes. Estuve loco, ya estoy cuerdo.

   - ¿Pero qué ocurre?- Repuso ella.

   - Pregúntale a esta alimaña.

   Créspito se marchó, aún hirviéndole la sangre. Blas, de rodillas, se abalanzó sobre Lidia, y abrazándola fuertemente a la altura de las nalgas con la cabeza apoyada sobre su vientre, le suplicaba perdón. Ella perdió el equilibrio y dejó caer el cántaro, que se hizo añicos contra el suelo de cantos rodados mientras le preguntaba que qué le tenía que perdonar. El le fue contando paso a paso todo, pero sobre todo cómo el amor lo había cegado hasta hacer la barbaridad que había hecho. Ella nunca lo perdonó.

   Créspito tampoco lo perdonó, pero la vida siguió hasta estos días de mil novecientos cincuenta y ocho en que alguien ha querido que esta historia y su protagonista no queden en el olvido.
 
Nota del autor: Todos somos un poco producto de la casualidad, aunque unos más que otros.

 
Alfonso Toribio
Colección "Relatos de La Villa"

 
 
 

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