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relatos de la villa   de  Alfonso Toribio
   
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LOS ABOFETEADORES

            Dedicado a los
            que eran niños
            en aquella España,
            cuando yo lo era,
            y a Don José María
            Bollo Codesal,
            un gran maestro.


   El maestro le cruzó la cara. El recordaría aquella tarde de las bofetadas en la escuela toda su vida. Siempre le pareció que no había hecho nada punible, puesto que sólo había escupido la goma de borrar del compañero de atrás, y no orinado, como juzgó Don Lotario, el maestro.

- Don Lotario, Don Lotario, Lisardo me ha orinado la goma- se quejó el alumno ultrajado.

- Lisardo, acércate a mi mesa- le ordenó el maestro.

   Y sin más, le propinó esas terribles bofetadas. Luego le dijo al crío que recogiera sus cosas, que estaba expulsado dos días de la escuela.

   En casa, su padre, le impuso las manos en forma de una buena panadera. Lisardo se fue a la cama muy calentito. Se durmió tarde porque el odio, la rabia y la resignación no lo dejaban pegar ojo, pero al final se quedó dormido.

   El progenitor de Lisardo también le puso un castigo durante los dos días de la expulsión, el cual consistía en que el crío no podía separarse, en sus juegos, de la puerta de casa, pero sí podía ser mandado a un recado por la madre: “Ve a buscar el pan donde la panadería de la señora Cristina, Lisardito”, o ser mandado por alguna persona mayor: “Lisardito, majo, vete a comprarme un paquete de “Celtas Cortos” al estanco de Agapita”. Y él acataba las órdenes sin rechistar, pues no obedecer a una persona mayor era una falta de respeto grande que se castigaba severamente.

   La verdad es que ese castigo que le inmovilizaba cuerpo e imaginación, le fastidiaba bastante más que el no ir a la escuela, porque eso de ver cómo jugaban y gritaban a su libre albedrío los otros niños después del cole, donde quisieran, mientras él estaba acotado en una pequeña franja, le hizo probar una especie de sabor a pájaro enjaulado que tampoco olvidaría nunca.

   La segunda y última tarde de castigo, ensimismado jugando, detrás de su nuca, escuchó la voz de su compañero de pupitre:

-Hola, Lisardo ¿Qué haces?

-¿No ves? Estoy jugando- le contestó secamente Lisardo.

-Yo sí sé de verdad que tú no hiciste eso, y que sólo untaste la goma con saliva. Ese Gerardito es un chivato- soltó de repente Estebita, su compañero, como si tuviera muchas ganas de que Lisardo supiera cómo pensaba.

-¡Ni que lo digas!

   Ambos amigos continuaron jugando y hablando hasta que se hizo de noche, pero lo que más le gustó a Lisardo fue cuando Estebita le contó que la tarde anterior había encontrado en la alameda un nido de jilguero con los pajaritos recién salidos del huevo. Lisardo sólo deseaba que llegara el día siguiente por la tarde para que su amigo le enseñara el nido.

   Dos episodios verdaderamente traumáticos, a lo largo de su vida, tuvo Lisardo, dependientes del recuerdo incrustado de aquellas legendarias bofetadas, brutales e irracionales como la propia violencia de la época que las engendró.

   Uno de estos dos episodios fue la angustia que sintió durante todo el día anterior al de su confirmación, volviendo a revivir aquellos bofetones de Don Lotario, pues los muchachos mayores le habían contado a los pequeños para asustarlos, que el obispo, para confirmar, soltaba un tortazo tan terrible… que te hacía dar más vueltas que una peonza.

   El otro episodio fue la asociación patológica de ideas que estableció Lisardo en el instante en que el cura que lo casaba le iba a dar la comunión el día de su boda. Lisardo, en una especie de estado catatónico, no veía la simple ostia que le ofrecía el cura, sino a un hombre con extraña vestimenta, y blancas manos, las cuales, le parecía a él, iban a abofetearlo. Lisardo sudaba la gota gorda, su rostro era, literalmente, un manantial. Menos mal que el padrino, percibiendo que algo extraño le ocurría al novio, le dio una pequeña patada en el tobillo que lo hizo regresar al mundo real, pues según nos contó después el propio contrayente, su intención era la de atacar, a puñetazo limpio, a quien consideraba un agresor, del que ahora, adulto, sí podía defenderse.

   Siempre le pareció a Lisardo que sólo Don Alfrezo sabía abofetear, aunque desgraciadamente, había percibido que también existía, entre otras, la modalidad anárquica que practicó en su cara Don Lotario.

   El monopolio de cruzar la cara angelical de los niños con arte, era, por tanto, propiedad eclesial en “La Villa”, y Don Alfrezo, dueño de dicha exclusiva, la llevaba a término con resultados más que satisfactorios.

   El cura te llamaba, te situaba de frente a su sotana raída a una distancia que él consideraba adecuada, y con sus manos blanquecinas ¡Oh aquellas manos níveas! te preparaba la carita para recibir tortazos, en un ceremonial rápido, pero rico en matices.

   Con los dedos índice y corazón de la mano derecha, suavemente, te presionaba la parte inferior del mentón y te obligaba a alzar la cabeza, haciéndote mirar con pavor y nerviosismo, pero sin ver nada, hacia el techo blanco de la sacristía, ayudado, en ese trance estelar, por las yemas de los mismos dedos de su otra mano puestas sobre el carrillo derecho. Luego, una vez en posición idónea, comenzaba el concierto de rostro tierno, se daba inicio al éxtasis horroroso de sentirte vejado por el repicoteo acompasado de las yemas de los dedos de esas dos manos narcisistas, que pretendían, poco menos que ser el puño de Dios sobre La Tierra. El cura abofeteaba con un estilo y estética tales, que a veces, cuando terminaba la función, algunos niños llegaban a sentir una especie de masoquismo inconsciente que los llevaba a desear otra ración de lo mismo.

   El rostro del crío terminaba rojo, como la sangre de los mártires, pero lo peor era la cabeza, porque ésta, además de permanecer atolondrada un buen rato, sobre todo sentía la desolación de la humillación de la impotencia más absoluta erigida donde no debía. Tampoco podías decírselo a tus padres, ya que estos acostumbraban a responderte…:

- Algo habrás hecho.- Y ahí terminaba todo.

   En aquellos tiempos de tiniebla histórica, nadie quería enfrentarse a la hegemonía terrenal de un cura, porque mandaba más y tenía más poder que los propios esbirros del régimen. Sin embargo, a Don Alfrezo, antes de ser tirado al pilón por un pueblo enfurecido, se le enfrentó un hombre de temple pacífico, mas de amor propio firme y cabal, y aunque no llegó del todo a las manos, sí le quedó claro al cura que como volviera a tocarle un pelo a uno de los suyos, esa vez no se libraría… “Así que no le pego yo a mis hijos, y le va a pegar otro. La próxima vez le doy a usted tal ensalada de ostias que lo pongo más firme que los cimientos del Vaticano. Que le quede claro como el agua que a mi familia no le toca usted más un pelo. Haberse casado y haber tenido hijos para pegarle a los suyos y no a los de otro. Es usted una bestia, que me ha dejado al crío poco menos que reventado.”

   Dicen algunas beatas que presenciaron la escena a la puerta de la iglesia, que el cura agachó las orejas y se quedó mudo, como si le hubiera comido la lengua el gato.

   Fue un acto feroz, bestial, propio de fieras, algo que nadie hubiera esperado de un Don Alfrezo a veces desalmado, pero siempre sutil, tenue y delicado en la ejecución de sus castigos. El mismo reconoció que se le había ido la mano hasta el punto de sentirse culpable, porque aquella tarde-noche de invierno había roto los cánones de su especial arte de sacudirle a los niños:

   “Momentos antes de que diera comienzo el rezo del rosario de todos los días del diario, un monaguillo se encargaba de encender las velas de los altares que se encontraban a derecha e izquierda de la cruceta. Juanillo, encargado aquel día de la iluminación, chiscó, sin darse cuenta, la tela pingante del mantel del altar derecho, y ya de vuelta en la sacristía…de pronto… se oyeron los chillidos de alarma de las asistentas al rosario que gritaban enloquecidas… ¡Fuego, fuego en el altar de Nuestra Señora María Magdalena!

   Don Alfrezo salió como una centella de la sacristía, se llegó al altar incendiado y tirando con energía del mantel ardiente, lo echó a tierra rápidamente, con candelabros y demás contenido, para que no prendiera la madera preciosa labrada ricamente, y allí en el suelo, a pisotones, lo terminó de apagar. Luego, cura y monaguillos, volvieron a entrar en la sacristía.

   Don Alfrezo preguntó con iracundia insólita que quién ha sido, Juanillo medio levantó la mano poniendo un gesto de cara encriptado, pero esperándose sólo el tradicional repicoteo en su cara como castigo, sin embargo, el párroco se cebó con él directamente. Empezó a tortazo limpio y descontrolado, y enseguida pasó a puñetazos, después, una vez el crío por el suelo, eran patadas, y manotazos que no lo dejaban incorporarse, ya que lo obligaban a vagar, rodando entre un infierno de golpes, por toda la sacristía, mientras, los otros monaguillos se retiraban de la terrible escena en movimiento como podían, haciendo hueco aquí y allá; hasta que en un manotazo fallido del cura enfrente de la puerta, el niño pudo casi ponerse en píe, enfilar la salida de la sacristía a trompicones, y por toda la iglesia, ante la mirada atónita de las feligresas, correr como un gamo herido que huyera del mismísimo diablo a fin de ponerse a salvo en la calle.”

   El crío, sacando fuerzas de flaqueza, llegó a su casa en unas condiciones tan extremas, que la madre lo acostó enseguida, no sin que antes alcanzara a balbucear, a la pregunta de su padre de que quién le había hecho eso, el nombre del cura. El progenitor, al oír “Don Alfrezo”, se fue de casa como una bala y esperó a la puerta de la iglesia. Cuando salió el párroco, le echó mano de la sotana por las pecheras y le puso los puntos sobre las íes.

   Ese habría de ser el último día que Juanillo pisara la iglesia en años. El fue el padrino de la boda de Lisardo. Don Alfrezo, por aquel entonces, ya había abandonado la parroquia hacía mucho. Eran otros tiempos muy diferentes en que los abofeteadores profesionales iban cayendo en desuso.

Nota del autor:

   Es éste un cuento que escribí hace muchos años, cuando estudiaba COU en el instituto Fray Luis de León de Salamanca, y que ahora he retocado un poco mucho, por ejemplo, lo de “…ensalada de ostias…cimientos del Vaticano.”, no aparecía en el relato original, que se titulaba “El castigo”. Hay más detalles que omito para no alargarme.

   Me trae muy buenos recuerdos, este relato, porque lo presenté a un concurso literario del propio instituto y me dieron el primer premio, que consistía en 2500 pts de entonces, pero lo mejor fue la fiesta bohemia que nos corrimos con ellas para celebrarlo, el que se llevó el premio de poesía(chico barbudo y valleinclanesco), yo, y otros amigos y amigas, por los entonces entrañables bares y pubs de Salamanca, como “El Bogart”, “El Santabárbara”, “El Puerto de Chus”, y etc.

   Recuerdo como anécdota curiosa, que en el tribunal que concedía los premios se hallaba el cura del instituto, quien me felicitó, a pesar de que yo era de los que elegían ética en lugar de religión. Era un buen tipo aquel cura, que siempre me saludaba, incluso años después, cuando nos encontrábamos, alguna vez, por las calles de Salamanca.

Alfonso Toribio  
Colección "Relatos de La Villa"