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relatos de la villa   de  Alfonso Toribio
   
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EL GARBANZAL MARIANO (1ª parte)

    “Que sepan los que heredaron nobles estados...” (El Lazarillo de Tormes)

   El obispo fue informado demasiado tarde de que se le aparecía La Virgen a dos niñas en un garbanzal del término de Casaseca de las Chanas.
   Según algunos, poco informados, se aparecía en las estribaciones de “El Teso del Monruelo”, teso que era famoso en La Villa por sus “nícalos” exquisitos, y sobre todo, porque servía para indicar las doce del mediodía cuando la sombra humana, en verano, cual aguja de reloj, apuntaba directamente a su cumbre, lo que resultaba muy útil si se estaba faenando en ciertas zonas del término y no se disponía de un Roskopf Patent.
   Cuando el obispo quiso imponer su autoridad pastoral en los hechos prodigiosos, estos ya se le habían escapado de las manos y el garbanzal era un hervidero de creyentes, pateadores de parras de garbanzos en flor, a los que una pareja de la guardia civil, a caballo, protegía por orden del gobernador, desde que el propietario del garbanzal se presentó “in situ” armado con una escopeta de un caño, tirando tiros al aire para disolver la multitudinaria manifestación de fe mariana que se prodigaba en su sudada propiedad a diario:
   -¡Cabrones, más que cabrones!- les gritaba fuera sí a los devotos mientras cargaba y disparaba su escopeta una y otra vez- ¡Que me estáis quitando el pan de mis hijos y arruinando mi casa!

   Luego se supo que el gobernador era pariente del cura, y que ambos se repartían al cincuenta por ciento las cuantiosas ofrendas de la aparición, tanto dinerarias como en especie, que los creyentes presentaban a La Virgen en forma de donativos. Aunque era el cura quien, con mucho tacto, dirigía y administraba las colectas de tan singular acontecimiento, para que la gallina siguiera poniendo huevos de oro mientras pudiera ponerlos.
   Lo curioso es que las dos niñas aseguraban continuar viendo a La Virgen. Y eso fue lo que le dijeron al obispo cuando éste las llamó a su presencia. Aunque el prelado decidió terminar con la situación y le ofreció a las infantas, en presencia de sus progenitores, entrar en un convento. Una de las dos familias aceptó la proposición del obispo, la otra emigró a la Argentina y nunca se volvió a saber nada de la niña.
   Los creyentes marianos, de pronto, se quedaron a dos velas, y el garbanzal terminó convertido en un rastrojo prematuro, mientras Cristóforo, su propietario, veía aproximarse con impotencia, desolación, y sin una perra gorda en casa, la fecha en la que tenía que hacer efectiva la letra del contrato que había firmado meses atrás, cuando nunca pensó, ni por asomo, que se cumpliera en él “El cuento de la lechera”, y nada menos que debido a la aparición de La Madre de Dios.

   Las apariciones sí se producían en un garbanzal del término al que pertenece la bodega “Fariña”, pero lo referido a “…, en las estribaciones de 'El Teso del Monruelo', …”, no, y no, porque ese montículo pertenece a El Piñero. Se supone que lo que se quería decir, era que La Virgen se hacía visible a las dos niñas más allá de ese teso, o sea, como si acontecieran los hechos extraordinarios “al di là” de Las Columnas de Hércules, tomando El Monruelo en el mismo sentido que los griegos tomaban la frontera entre el final del Mediterráneo y el comienzo del Atlántico.

   Ese mismo año mariano, Dioscólides, en “La Pega”, andaba mal de salud. Había probado suerte en “Las Candelas” de La Villa mandando hasta doce celemines, pero la puja se puso fuera de su alcance y tuvo que ceder en su propósito. En la comida familiar de la fiesta en honor de “Nuestra Señora de Candelaria”, dando cuenta de un hermoso pollo de corral guisado en pepitoria, su madre lo encontró tan abatido y triste que le dijo:
   -Hijo mío, alegra esa cara, que me da pena verte así. En “La Pega” manda sin límite por un brazo de La Virgen.

   ... Y en efecto, en la misa solemne del día nueve de febrero, como un feligrés más de Argujillo, allí estaba Dioscólides, escuchando el sermón que el cura daba desde el púlpito, antes de sacar en procesión a La Santísima Virgen:
   “Queridísimos hermanos en Nuestra señora de la Pega, y en El Señor que vive y reina por los siglos de los siglos, no penséis que por venir a misa los domingos, y demás fiestas de guardar, las tierras van a dar más trigo; lo que le hace falta a la tierra es que se le haga una buena labor. No penséis tampoco que por rezarle a éste o a aquél santo, más o menos, vais a tener una salud de hierro; no le deis un trato de perros al cuerpo y éste os responderá con entusiasmo…”

   Dioscólides pensó que vaya unos ánimos que me da a mí este cura para el lumbago y la ciática, sin embargo, no cedió ni un ápice en su intención de mandar lo que fuese necesario por una “anda”, ya que tenía carta blanca, y su fe, a pesar de las palabras materialistas del oficiante, estaba por encima de cualquier evento.
   Así pues, concluida la procesión, antes de meter la imagen de La Santa Mayor para la iglesia hasta la próxima “Pega”, nuestro devoto, aunque pujó por los tres primeros brazos para hacerse notar, estaba firmemente decidido a quedarse con el cuarto.
   Llegó un momento en que ya sólo pujaban, él, y un falangista rancio de proceder, traicionero, ladrón y malo como él solo, pero más listo que los ratones “coloraos” y diplomático como pocos. La polio le había dejado las piernas como palillos y casi inválidas. Don Vital Comemoros Cuco, que así se llamaba y apellidaba este sujeto zorruno, conocía muy bien a su rival, y el rival a él.
   Viendo el fascista que el otro, terco en su objetivo, no iba a ceder, le voceo, con esa autoridad despótica que caracterizaba a este tipo de personajes. En el gélido aire de febrero sonó su voz de rancio tolón-tolón ante una concurrencia expectante y en silencio:
   -Dioscólides, eres más bruto que uno que se puso a retejar un día de lluvia inverniza e hizo más goteras que agujeros tiene una zaranda. Anda, quédate con el brazo y no me jodas más.

   Una semana después, Dioscólides, que continuaba con los dolores, se encontró por la calle con el cura de La Villa, Don Alfrezo Lineal:
   -Me he enterado que has dado una barbaridad por un brazo. ¡ Ay tonto, más que tonto! Si me hubieras dado a mí los mismos celemines que le has dado al cura de Argujillo, te habría dicho para ti solo una misa solemne en honor de la virgen que tú eligieras. Habrías quedado igual, o mejor, ya que no tendrías que haber cargado con el peso de “la anda”, pues la enfermedad que tienes tú es precisamente por cargar con peso.
   -Tiene usted razón, señor cura, ¿qué quiere que le diga?- le contestó Dioscólides- Estos dolores me vienen desde que una vez en la era intenté echar al carro un costal de dos fanegas de trigo yo solo. Entonces sentí como si se me hubiese roto la columna, y todo lo que sea andar con pesos es peor que si me dieran una patada en el culo bien dada.
   -¡Lo ves, tonto, lo ves! Más te digo: “Donde haya un buen médico, no manda curandero”. Ni curandera, si me apuras, tampoco manda.

   Entre estas, y otras aseveraciones y consejas de Don Alfrezo, Dioscólides se fue “Calle Larga” arriba pensando si era tonto de verdad, un ignorante, o algo peor, dado que hasta los que debían velar por “La Fe” y “El Más Allá”, lo desengañaban incomprensiblemente. Por eso, cuando comenzaron a desestabilizarse y a encenderse las beatas del pueblo con los primeros rumores de aparición de la virgen de Casaseca a dos niñas, él, a pesar de que en primavera aún tenía dolores que le recorrían la pierna derecha desde la nalga hasta los dedos del pie, se hizo el remolón, y adoptó la postura de Santo Tomás, pero sin muchas intenciones de ir a comprobar si era verdad o mentira la aparición de La Señora.

   -Este año teníamos que sembrar la tierra de regadío de garbanzos. De esa manera sólo tendremos que comprar la ración para el cocido con el resto de garbanzos que vendamos, y aún nos quedará para hacer los mondongos, tapar algún hueco, y hasta para darnos algún capricho ¿Cuánto tiempo hace que no te compras un vestido elegante? Además, como el agua no le va a faltar, la cosecha será segura- le comentó Cristóforo a su mujer por la noche en la cama, el día treinta de septiembre, después de cumplir conyugalmente a demanda de ella, a pesar de haber tenido un día de azadón y huerta… duro como él solo, y estar por eso, más bien para el arrastre, que para el juego del deseo.
   -Piénsatelo bien, porque la simiente de trigo está más barata que la de garbanzos, y la primera nos la puede prestar mi hermano Miguel a devolver después de la limpia, pero la de garbanzos la hemos de comprar y pagar a tocateja con el dinero que nos sobra - le respondió ella, aún acezando, sin tratar de quitarle la idea de la cabeza, ya que ésta no le parecía descabellada, sino viable.
   -Tú, lo del dinero, déjalo de mi cuenta, que a lo mejor no tenemos que soltar una perra para hacernos con la simiente.

   Por la mañana, lo primero que hizo Cristóforo fue ir a hablar con el apodado “Judío el Cainita”, quien era una especie de rico de pueblo al que caracterizaba la avaricia, como no podía ser de otro modo tratándose de un prestamista a la usanza. El Tío Judío le cedió los garbanzos de siembra a condición de que Cristóforo pusiera por escrito, como garantía de pago, la propia tierra donde los iba a sembrar. En un trozo de papel de estraza ambos negociantes estamparon sus firmas. No era la primera vez que El Judío se quedaba, por ese procedimiento, con una propiedad ajena, al no poder hacer frente a la deuda el prestatario.
   Pero el apodo de “Judío Cainita” no le venía del oficio de prestamista, como puede pensar algún avispado lector, ya que se lo pusieron porque la misma noche del día del entierro de su suegra, se fue al cementerio, pala en ristre, a desenterrarla, con el fin de rescatar las joyas de oro y diamantes que la engalanaban en su tumba. Corrió el rumor, al parecer bastante fundado, de que había cometido ese acto necrófilo porque fue animado por su mujer, de quien se decía que era aún más egoísta que él, y es que… “Dios los cría, y ellos solos se juntan”.
   La conyugue del “Cainita” tenía siete hermanos, y se descubrió todo el pastel porque uno de ellos tuvo la misma idea que ella, y como su cuñado se le había adelantado, prefirió ver los toros desde la barrera de un hermoso tronco de ciprés, parloteándolo todo por el pueblo posteriormente, al negarse su hermana a compartir el botín. Lo que no dijo el segundo desenterrador es que él iba hacer la misma operación que había consumado su cuñado, cosa que se dedujo por sentido común, pues a las tres de la madrugada de una noche gélida del invierno castellano, no parece normal ir a pasearse por el cementerio, a deshoras, con ese frío que convierte en pinganillo de carne tiritona al más pintado.
   Tanto quería a su recién fallecida madre el hijo paseador, que le dedicaba en vida lindezas como que “¡ Ojalá no me hubieras parido, bruja!”; por eso parece normal que se dijera esto:
   -Me voy a dar un paseo al cementerio de tu oro, madre, con cinco grados bajo cero en las costillas, para que me quites el frío y me des, con tus baratijas, el calor que no me diste cuando vivías.

   Dioscólides, que había titubeado dando mil vueltas en la cama la noche del trece de abril, el día catorce por la mañana, no pudiendo reprimir su ya diezmada fe interior, contaminado por el creciente fervor mariano que corría como pólvora entre beatas y creyentes de La Villa, se unió a un grupo de peregrinación organizado por Don Alfrezo. El pintoresco conjunto de peregrinos estaba formado por tres subgrupos: uno de a pie, otro de a caballo en burro, y un tercero de dos bicicletas. En este tercer subgrupo iba Dioscólides, que llevaba a su tía Beatriz en el manillar y dos celemines de trigo para La Señora atados en el sillín de atrás.
   Salieron a las siete de la mañana, y a las doce del mediodía, corrían en desbandada, ellos, y el resto de fervientes adoradores, que eran incontables… corrían por el garbanzal mariano y aledaños… que perdían el culo, aterrorizados por los disparos de la escopeta de un Cristóforo defensor de su hacienda terrenal. Tanto cundió el pánico en los interiores de algunos y algunas, que se hicieron encima aquello que según le dijo Don Quijote a Sancho, es mejor no “meneallo”.
   Las otras experiencias milagreras de Dioscólides no le habían dado ningún resultado, pero en esta última, se dio cuenta, oyendo los tiros a pocos metros, que cuando se trata de la vida, las piernas vuelan indoloras aunque estén pinchadas, no ya por el nervio ciático, sino por el mismísimo diablo.

   Ese mismo día catorce de abril, a las tres de la tarde, se presentó en La Villa Lonjinos, después de una de sus habituales ausencias para atender “los negocios”. Venía conduciendo un ternero añojo camino de Argujillo abajo dirección del matadero, cuando se encontró con los dos ciclistas. Dioscólides que portaba en la bicicleta la misma viajera y el mismo trigo que había llevado al garbanzal, paró el vehiculo de pedales para saludar a su amigo Lonjinos, a quien todo el mundo consideraba un santo vivo, que La Providencia había enviado.
   A las ocho de la tarde, de aquel día catorce de abril, ya no quedaba carne del añojo, para mejor que vender, casi regalar, porque cuando Longinos mataba una res, primero se llevaban carne gratis los enfermos, y el resto de ella (incluidas las vísceras) la vendía a un precio más que asequible a los más necesitados, que eran la mayoría. Dioscólides, que se había incluido a sí mismo en el grupo de los enfermos, ya que en el de los más necesitados no le daba el baremo, fue a recoger su parte y cruzó unas palabras con su amigo Longinos, quien supervisaba el despacho de la vianda fresca, levantando la mano donde a él le parecía que debía levantarla:

   -Lonjinos, si te digo la verdad, si fuera por los curas ya habría dejado de creer. Encima mi amigo del alma Cristóforo, que hizo la mili conmigo, no me reconoció y casi me manda a criar malvas- le dijo al carnicero esporádico después de contarle sus últimas experiencias religiosas, incluida, claro está, la de los tiros ahuyentadores de la mañana:
   -¿Quién es ese Cristóforo?- Le preguntó Lonjinos.
   -Resulta que es el dueño del garbanzal donde supuestamente se aparece La Virgen encima de un nogalito. Yo no sabía, hasta hoy, que él era el dueño. Cristóforo y yo somos amigos desde que hicimos la mili juntos en “Montelareina”, pero hoy no me conocía. Bueno, creo que hoy no habría reconocido ni a su madre. Paraba, antes de casarse, cuando venía a las fiestas de La Magdalena, en mi casa, y yo he ido a la suya, por San Juan Bautista, muchas veces.
   -No me extraña nada, que no te conociera, ni a ti, ni a nadie. Yo habría hecho lo mismo, pues con tanta miseria como hay suelta, un garbanzal es un tesoro.
   -Puedes decir mejor que el garbanzal era un tesoro, porque lo malo es que no se puede defender ni lo de uno mismo, pues oí comentar, antes de regresar, que lo había llevado detenido La Guardia Civil por orden del gobernador. Sí, sí, ese mismo gobernador que ha venido aquí al pueblo a merendar en la bodega contigo y conmigo en más de una ocasión; sí, sí ese mismo de quien tú dices, que más que un amigo, es un hermano. ¡Pobre Cristóforo!: “Al perro flaco, todo son pulgas”.

   El gobernador pertenecía a una de las familias más ricas de la ciudad que defendió Doña Urraca del asedio de su hermano, y paradójicamente, aunque él había tenido en sus años jóvenes una veta republicana defensora de las libertades y democrática, al término de La Guerra Civil, se había enfundado una camisa azul con flechas y yugo, había alzado la mano como un franquista más mientras cantaba “Cara al sol con…”, y se había dedicado a perseguir y a dar sonoras palizas a sus antiguos camaradas, a los que además conocía muy bien y sabía dónde encontrar. Total, “Donde dije digo, doy palo y digo Diego”. Sólo se podía decir una cosa a favor de este traidor, y es que, palizas, lo que son palizas, mandaba dar hasta quedar molidos los huesos, pero siempre evitó, aun teniendo poder suficiente para ser una de ellas, el convertirse en una rata asesina de cuneta. El sobrenombre de “Don Judas Iscariote” no era fortuito, pues por el mismo nombre que el que traicionó a Jesús de Nazaret, y luego se ahorcó, era conocido en los reducidos núcleos republicanos que quedaban.
   La ficha de su pertenencia a “UGT” y todo su pasado socialista, alguien de los nacionales, con mucho poder en Castilla, los borró de un plumazo, y toda su historia revolucionaria pasó a mejor vida con dicho plumazo. Se llegó a decir que fue un destacado seguidor de la mediocre obra de Onésimo Redondo y amigo íntimo del padre de “Don Judas Iscariote”, quien usó la goma de borrar tinta sin que nadie le rechistara, y que fue también este falangista el que, posteriormente, desde Madrid, lo nombraría gobernador de Zamora.

   Fue en Salamanca, durante sus años de estudiante (cuando comenzaba a tener amoríos con Marx, e incluso con Bakunin), una noche de juerga desbocada, donde más que amigo, el futuro gobernador provincial se hizo hermano de Lonjinos, pues éste, en una pelea navajera que se formó en una taberna de “Peña Celestina”, le salvó la vida, interponiendo su chaqueta, enrollada en el brazo izquierdo, entre el cuello y la navaja gitana que le iba a rebanar las gorgas. Tan afilada estaba la navaja, que atravesando la chaqueta, todavía le hizo una buena cortadura en el brazo a Lonjinos. Aquella navaja gitana tenía un corte tan fino, que las navajas barberas, a su lado, no cortaban.
   Aunque la pelea, en absoluto iba con él, Lonjinos, apoyado con la espalda sobre la barra de la taberna, se enrolló la chaqueta en defensa propia, por si las moscas, pero viendo por tierra a sus pies al estudiante, rendido y vahído debido a un golpe que se había dado en la cabeza al salir despedido de un forcejeo, intervino evitando la sangría mortal, la cual sin remisión se iba a producir si no actuaba. Y actuó, aunque no tuviera papel en la tragedia, poniendo la chaqueta, y rompiendo, en la cabeza del gitano, la botella de aguardiente de la que bebía.
   Cuando el estudiante volvió en sí, y le contaron la escena, no tuvo palabras de agradecimiento suficientes mientras se abrazada a su ángel de la guarda como un náufrago a un tronco:
   -Tú, desde ahora y para siempre, conmigo, lo que quieras, hermano- le repetía una y otra vez a su salvador con la voz aún temblorosa.

   Y así fue, pues ya gobernador fascista el antes estudiante socialista, le sacó en más de una ocasión las castañas del fuego a Lonjinos, quien andaba por la casa de su excelencia como Pedro por la suya. Se cuenta que, incluso una vez, el mandatario civil mandó cortar el escaso tráfico de Zamora para que pasara un rebaño trashumante de Lonjinos procedente de Extremadura, rebaño que por cierto nunca pasó, mas la orden se cumplió a rajatabla y el tráfico se cortó.
   Se llegó a afirmar que el gobernador estaba involucrado en muchos de los trapicheos que se traían entre manos Lonjinos y el dueño de la finca salmantina “Vallehermoso”, consistentes, sobre todo, en el negocio de reses robadas, que distribuían a las ferias de ganado desde una bodega de dimensiones descomunales que el socio de Lonjinos poseía en su finca. Algunas de estas reses acababan, de vez en cuando, en el matadero de La Villa. A la gente no le importaba de donde procediera la carne mientras le matara un poco el hambre en aquellos años de bazofia y posguerra. Es más, Lonjinos era para los habitantes del pueblo una especie de santo terrenal que no subían a los altares… porque no podían hacerlo, pero sí lo encumbraban, con su amistad sincera, a lo más alto del agradecimiento humano, que el bien nacido le debe a quien le hace un favor grande desinteresadamente.

   Cristóforo había conocido a su mujer en las fiestas patronales del Maderal, que se celebraban el veintiuno, veintidós y veintitrés de Julio. Llevaba ya yendo a “La Magdalena” diez años. De soltero siempre se hospedaba, a pensión completa y gratuita, en casa de su amigo Dioscólides. Luego, de casado, lo haría en casa de Miguel, su cuñado. Fue novio de María, antes de casarse, tres años, y todos los domingos, menos los de verano cuando las faenas del campo no se lo permitían, se acercaba a La Villa en la yegua de su padre, porque era tal su cariño hacia María, que no verla, era un martirio insoportable.
   El cuñado de Cristofóro, Miguel, además del parentesco que lo unía a él, era uno de sus dos amigos íntimos. El propio Miguel fue quien le presentó a María.

   Cuando Miguel se casó, no tenía más que un catre y una casa de cuatro paredes de adobe, donde convivía con su mujer, con las gallinas, con una pareja de vacas, y con un burro llamado Nogales, que tiraba más pedos en un día, que hormigas tiene un hormiguero:
   -Yo creo que este burro rompe los pedos en trozos para tirar más-comentaba con ironía un Miguel desesperado.
   A base de trabajo e ingenio Miguel iba haciendo cuatro perras, hasta que se decidió a tirar la casa vieja de adobe y a construir una nueva de tierra batida, con fachada ornamentada y pavimento artístico, la cual era el “Rien ne va plus” de su tiempo. En su casa ya no faltaba de nada, los animales estaban en la cuadra, y las personas en las alcobas. Miguel era padre de dos infantes, una niña y un niño. Nadie podía tirar un pedo en la cocina reunida la familia, quien tuviera ganas de hacerlo debía ir a la cuadra y volver desocupado. Incluso los pedos insonorizados, que eran los peores, estaban prohibidos en público. “Nogales”, a pesar de su incontinencia, era un burro muy querido por toda la familia, que además, aguadera tras aguadera, había transportado sobre sus lomos toda la agua que hizo falta para la construcción de la casa. A noble no lo ganaba ningún otro equino de La Villa. Era tratado, ahora ya en la cuadra, como otro miembro más de la familia.

   Cristóforo era el menor de tres hermanos varones. Cuando murió su padre, muy joven, no se sabe bien de qué enfermedad, a él le tocó en herencia la tierra del pozo donde había sembrado los garbanzos (hacía hectárea y media), la casa familiar, y otras nueve tierras que sumaban en total alrededor de siete hectáreas. De esas siete hectáreas había decidido sembrar una de algarrobas, dos de trigo, otra de cebada, y el resto dejarlo barbecho.
   La tierra del garbanzal cogía un terreno dócil y muy bueno, era la perla de la casa, pues con abundante agua, como daba su pozo, se tenía agarrado el toro por los cuernos aunque no lloviera. Y eso fue lo que hizo ese año, no llover. En el pueblo sí sacaron en procesión a San Isidro y a San Juan Bautista, suplicándole la tan deseada lluvia, y aunque los campos sí espigaron, tenían más paja que grano.
   La desesperación no podía ser mayor en casa de Cristóforo, pues a mediados de Julio, cuando las cosas ya estaban más que negras, “El Cainita” le recordó que estaba dispuesto a cumplir la letra del contrato que había firmado con él, salvo que hiciera efectiva, si no en garbanzos, sí en dinero, la deuda.

Alfonso Toribio  
Colección "Relatos de La Villa"